Mientras un diputado provincial del Frente de Todos estaba hablando en un acto, se lo baleó. Hubo que trasladarlo decenas de kilómetros por tierra, en estado de gravedad. Se programó luego trasladarlo a Corrientes, la capital provincial, por vía aérea. Se le tiró a matar, y su recuperación aún no es segura

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

  Si el tiro era para él, si iba para algunos de los otros dos oradores que estaban en el estrado o fue lanzado al tuntún para cualquiera de ellos, es lo de menos: los tres en el escenario eran del peronismo que no gobierna esa provincia, una de las más atávicas y conservadoras del país, con cacicazgos regionales y latifundios centenarios.

 El hecho es enormísimo. No tiene antecedentes desde la reasunción de la democracia en 1984: un atentado a tiros en un acto público. A dos días de los hechos, no hay ningún detenido, lo que resulta francamente incomprensible, cuando no sospechoso. A más de algunas declaraciones de ocasión, sobre todo de políticos de la provincia correntina, la situación no parece haber conmovido al país. Se sigue hablando y actuando como si nada hubiera ocurrido.

  En su rol de opositora del gobierno nacional, la tv ha omitido la cuestión de manera ostensible. Un canal ponía la noticia en el zócalo, con pasmosa brevedad, diciendo que “un político fue baleado”, a fines de disimular que es un político del Frente de Todos, afín al gobierno nacional. Ese mismo canal se había desgañitado en detalles sobre la profesora que “se sacó” en su discusión con un alumno que defendía al macrismo: parece que una docente en una de las miles y miles de escuelas que pueblan el país, es más importante políticamente, que un atentado a balazos en un acto público.

  El canal de tv no puso imágenes a la noticia sobre el atentado, como sí las había puesto en el caso de la docente. Y dio aproximadamente el doble de tiempo a esta que al atentado, lo que muestra la evidente voluntad de encubrir la noticia, de no hablar de este hecho de enorme trascendencia, obviamente porque las víctimas de este acto aberrante no son de su preferencia ideológica. No queremos imaginar cuán diferente, amplia y espectacularizada sería la cobertura si el baleado fuera del espacio político macrista.

 Un extraño silencio nos ha acompañado el día viernes, el posterior a la noche del ataque con una bala calibre 22. Del lado de Juntos por el Cambio no podría esperarse otra cosa, dado la incomodidad que les produce hablar de esta situación ocurrida en una provincia que ellos gobiernan. Pero lo más curioso es que en el espacio del Frente de Todos y en el de los organismos de derechos humanos, es poco lo que se ha hecho y escrito sobre la situación. No se sabe si es por lo raro e inesperado de la misma, o porque se dio en un remoto pueblo de sólo 1500 habitantes: parece que el mismo atentado y el mismo balazo no valen igual si el sitio es pequeño, como si la importancia de los hechos tuviera la escala de habitantes de la población en que suceden.

  Lo cierto es que hay que remontarse lejos en la historia para recordar acciones de este tipo: el atentado en el Senado de la Nación contra Lisandro de la Torre o el asesinato de Carlos Washington Lencinas en Mendoza, ambos perpetrados hace alrededor de 90 años atrás. Este atentado atrasa, tiene la forma de la época de caudillos y voto cantado, de “fraudes patrióticos” y matones que te acompañaban ante la urna electoral. Es un hecho de total y absoluta barbarie como acto que lesiona la vida democrática, y el silencio a su respecto disuena y sorprende.

 Está la ministra de Seguridad de la Nación en Corrientes: no puede dejarse la investigación sólo al arbitrio del gobierno provincial, que en la cuestión vacunas está acusado de no pocas irregularidades. Ojalá el diputado Miguel Arias se recupere plenamente, ojalá se descubra en Tabipecuá –o donde se encuentre- al perpetrador directo, y se descubra a los instigadores. El odio desenfrenado que propala un sector de la tv no es del todo inocente respecto a estos efectos: a las palabras violentas no se las lleva el viento, y es en los actos donde terminan las palabras.

 Esperemos que la sociedad política y la sociedad civil reaccionen, pues parece dominar una rara mezcla de anestesia y estupor en relación a la gravedad de lo sucedido. O se acaba con estos hechos de manera franca y terminante desde el unánime repudio social, o se deja el camino libre a  una ley de la selva sin límites ni reglas.-

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