Se llamaba Aylan Kurdi. Ya no se llama. Tenía 3 años. Ya ni edad tiene. Hace casi 6 años, arrastrado por las olas, apareció quieto, boca abajo…

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

…Boca abajo, de semiperfil, sobre la arena de una playa turca. El niño sirio con las puntas de sus pies para abajo, de espaldas al cielo, parecía estar durmiendo sobre el lecho indiferente del planeta entero. Una fotógrafa turca vio eso, respiró hondo y apretó nomás el disparador. La foto, de belleza insoportable, se mundializó en horas. Escandalizó a medio mundo y a la otra mitad también. ¡A buena hora escandalizó! Hace tiempo que los medios gráficos y visuales nos entregan imágenes en las que los seres humanos huyentes (por el terror de las guerras y por las mordeduras del hambre) asoman como racimos. Son pedazos de carne humana, carne portadora de rostros y de corazones desesperados.

    Por estos días otra foto llama la atención de nuestra distraída humanidad. Un migrante marroquí extenuado, desesperado, llega a la ciudad de Ceuta, enclave español en Marruecos. La foto muestra al muchacho negro, a punto de derrumbarse. Es abrazado por una rescatista, rubia ella. El hombrecito llora sin disimulo sobre su hombro. Él es uno más de la tanda de ocho mil que por estos días busca un sitio para comer, dormir, trabajar, es decir para vivir. Es uno más de los 55 millones que escaparon de guerras, de conflictos, de hambruna, de catástrofes naturales en el aciago 2020.

    Mientras la foto circula, los dirigentes de la derecha y ultraderecha española ponen el grito en la tierra y en el cielo. Se sienten “invadidos” por los migrantes. Piden, exigen, airadamente que se los expulse, a como sea. Con ese reclamo consolidan su caudal de votos, democracia mediante. Vaya paradoja.

    A los migrantes ahora se los rotula con un cínico eufemismo: “desplazados”. Hay cifras para todo. Se calcula que en este, nuestro mundo, hay un “desplazado” por segundo. Nada menos.

   Hace seis años, cuando estalló la foto del niño muerto en la playa, como título central de la tapa del diario de papel de JORNADA, aparecía esto: “Argentina abre sus puertas a refugiados sirios”. En eso de abrir sus puertas hace seis años nuestro país era un ejemplo para mundo. Por aquellos años aquí tenía vigencia la Ley Patria Grande. A esa humanísima Ley la Argentina la venía aplicando para facilitar el cobijo a los migrantes de otros países, sobre todo suramericanos. Aquella apertura, noble y hospitalaria, se convirtió en una preciosa hazaña en tiempos del mundo en los que se persigue a los migrantes, a los humanos de piel oscura, a los que vienen huyendo del hambre y de las guerras. Pero ocurrió que esa hospitalidad se convirtió en hostilidad apenas se implantó el gobierno del señor Macri. El señor Mauricio olvidó que su padre, Franco, como millones, alguna vez fueron migrantes, fueron desplazados.

     Desgraciadamente la xenofobia es una práctica legitimada en países que se dicen del Primer Mundo. A la vista está: en las campañas electorales de estos años los candidatos centrales compiten proponiendo muros, y severos controles, y mano dura con los migrantes, con los desguarnecidos infelices de la tierra.

   Ahí tenemos a la Francia de los Le Pen y Sarkozy, ahí tenemos el desenfrenado show preelectoral de los norteamericanos con Donald Trump a la cabeza. Ahí tenemos, en fin, a los países potencia, enarbolando el egoísmo más obsceno, mostrando la hilacha, insensibles a esos desesperados que sólo vienen por pan y trabajo y cobijo.

    Es evidente: no tenemos que mirar muy lejos para advertir que en nuestra Argentina no todos quieren ser hospitalarios con los desesperados hambrientos de países cercanos o lejanos. Con asquerosa frecuencia se saca a relucir el canallesco argumento de que los migrantes de países suramericanos vienen para quedarse con nuestras fuentes de trabajo. Este razonamiento, típicamente neoliberal, muestra las garras de la buitredad. Como si el mundo tuviera dueños. Damas y caballeros: el mundo es una casa única y esa casa pertenece a todos. Esto es negado por la prédica alarmista y denunciadora de ejemplares como el señor Miguel Pichetto y la señora Patricia Pato Bullrich. Entre otros.

    La preguntas se nos cruzan crispadas: –Y entonces los mapas, ¿qué sentido tienen? Los mapas son una perversión inventada por los hacedores de la más floreciente de las industrias, la armamentista: la industria de la asesinación. La que se sostiene con las guerras preventivas que en realidad son genocidios preventivos. La que se esconde detrás de la careta de eufemismos como “racionalización laboral” (para convalidar el desempleo que tritura millones de familias). O de eufemismos como “interrogatorios exigentes” (para convalidar la cobarde y atroz tortura.) 

    Aquella foto del niño ahogado parece ajena, y lejana. Pero ojo al piojo, recordemos fotos que nos incumben. Entre ellas las (escasamente difundidas) de dos hermanitos de 10 y de 6 años, que en la Ciudad Autónoma de los Buenos Aires murieron calcinados en un taller textil clandestino que, como cientos de tallercitos clandestinos, estaba más acá de nuestras narices. O las fotos de los niños desfigurados por los agroquímicos de la devastadora Soja. O las fotos de niños atravesados por la desnutrición en nuestro norte profundo (como periodista pude registrarlo ya en 1970, para la revista Gente). El ninguneo de esas fotos y el veloz traspapelado de las noticias ¿se debió a que, por ejemplo, los niños calcinados, Rolando y Rodrigo, eran bolivianos y los argentinitos, morochos? Para los periodistas estelares, serviles voceros del neoliberalismo y de la buitredad, hay noticias que venden y noticias que no. Manejan la ética, repugnante, del: “ojos que no ven corazón que no siente”. O la del oportunismo del eventual rédito político. Por ejemplo: observemos el chicaneo que se hace con la pandemia, con la presencialidad escolar. Todo esto está alentado por sectores racistas y xenófobos. El impiadoso neoliberalismo no le hace asco a nada.  

    Volviendo al niño Aylan Kurdi. Por ahí sigue estando su foto, espejándonos. Esa foto nos mira. ¿Hubo necesidad de ver el drama en una foto así, para recién tomar conciencia de nuestra inconsciencia? ¿conciencia de que el promedio de la sociedad mundial más próspera y “civilizada” está vertebrada por el cretinismo del egoísmo, por un individualismo carnicero que piensa y siente que el mundo termina en el umbral de nuestras confortables casitas enrejadas?

   El caso es que la foto de niño lamido por las olas, por aquellos años provocó espasmos de conciencia. Espasmos de ética. Espasmos de solidaridad. Uno se pregunta, a esta altura de los tiempos, en qué consiste la civilización y en qué consiste la barbarie. Hoy por hoy la civilización, cabalgando sobre el neoliberalismo, es desatada barbarie con corbata.

   Y se pregunta uno ¿cómo harán personajes como David Cameron y Donald Trump y Mariano Rajoy y Bolsonaro y también tantos monicacos de esta patria nuestra que se autodenominan “libertarios” y que hoy claman por vacunas cuando ayer nomás proclamaban que eran “venenosas”? ¿Cómo harán para, cada noche, conciliar un sueño sin monstruos, sin vómitos? ¿Cómo harán para besar la frente de sus hijos, para besar la mollera de sus nietos? ¿Cómo harán para seguir sumergidos en la hipocresía individualista carnicera? ¿Cómo harán para sobreponerse a la hediondez de sus inmaculadas conciencias?

   Madretuya, madremía, madrenuestra, ¿cómo harán?

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