Permiso, reanudaré reflexiones vertidas en esta columna en otros marzo. Por empezar: el 24 de marzo de 1976 parece mentira, pero fue real. Tanto horror resulta inverosímil. Quedan miles de muertos sin sepultura conocida y más de trescientos nietos que fueron robados desde la placenta siguen con identidad secuestrada.

   Pasaron 44 años desde que la Argentina comenzó a escribir el capítulo más horroroso de su historia. Capítulo que ya ingresó en la historia universal del espanto. Frente a aquel apogeo de la asesinación debemos reconocer que nuestro país es, en el mundo, el que llevó más a fondo la necesidad de memoria, verdad y justicia. Y esto por lo que hicieron, a partir de 1983, los gobiernos de Raúl Alfonsín (pese a las la leyes de Obediencia debida y de Punto final) y de Néstor Kischner y Cristina Fernández.

   En el rotulado de aquellos años hemos evolucionado. Al principio al siniestro 24 de marzo se lo caratuló “golpe militar”. Después se corrigió definiéndolo como “golpe cívico militar”. Pero esta generalización seguía licuando otras responsabilidades, gravísimas. Para definir mejor la tenebrosa realidad de aquel 24 de marzo hoy decimos: fue un golpe militar. Y cívico, y ruralista, y empresarial, y judicial, y eclesiástico. Ah, y mediático. Porque el periodismo estelar, más allá de la real censura, participó con entusiasmo. El sumun de ese entusiasmo fue el eufórico anuncio de la (des)guerra de Malvinas.

   Pero ojo al piojo: no caigamos en la comodidad de creer que las culpas se fraccionan y disminuyen al haber tan diversos responsables. La culpa por la tortura y la asesinación y la negación de sepultura y el robo de criaturas es total y única para todos los que directa o indirectamente participaron de aquel aquelarre de violaciones de vidas y de violaciones de muertes. Un infierno en el limbo, avalado por la indiferencia activa.

    La palabra “memoria” tiene mala prensa, pero la convocamos. En este río revuelto se quiere hacer creer que “memoria” es sinónimo de venganza, de retroceso. Salgamos al cruce: la memoria no es retroceso, todo lo contrario, es semilla. Y semilla es sinónimo de futuro.

   Revisemos: aquel 24 de marzo no sucedió de la noche a la mañana. Ya los años del general Onganía fueron un precalentamiento. Después, en la década del ’70 asomó la Triple A, y con ella afloró la metodología de los siguientes criminales años. Debemos reiterarlo: aquel Golpe contó con el apoyo explícito de una considerable parte de la sociedad y a esto se sumó la indiferencia activa de tantos y tantas. ¿Y el periodismo estelar? Osciló entre la obsecuencia y la vista gorda. Vayamos sumando: aquí se violaron, por miles, las vidas, y se violaron, por miles, las muertes. Y además, como propina, se afanaron criaturas. Mientas la condición humana era desnucada, el país era entregado con un plan pensado por un civil, Martínez de Hoz, pedazo de hijo de esa Sociedad Rural que aún hoy insiste en creerse dueña de la patria.

  En este 2020 sigue merodeando el negacionismo, y la distracción por la cifra de los 30 mil. Muchos hoy hacen trampa enarbolando la “reconciliación”. Es una coartada para conseguir el borrón y cuenta nueva que garantiza la impunidad. Pregunta: ¿puede haber reconciliación con quienes siguen haciéndose gárgaras con aquella desnucación de la condición humana? Botón de muestra: en su declaración del 2010, en el juicio oral por la ESMA, el tristemente famoso Tigre Acosta sintetizó el pensamiento de tantos y tantas: “El gran problema fue haber dejado gente viva”.

   Ante esto, hacer memoria no es necesario, es imprescindible. Con la memoria se podrá semillar un futuro diferente. Es una triste picardía atribuir a la memoria la culpa de la grieta. Quienes más contribuyen a la grieta son los que la critican disfrazándose de “republicanos”.

   Vamos para 37 años de sucesiva democracia. Pregunta urgente: ¿Está consolidada? No nos engañemos, a la democracia la tenemos que hacer cada día con su noche. Se la culpa de nuestras corrupciones; pero la democracia no es ni perversa ni virtuosa. Es como somos: el exacto espejo que nos reproduce. A la vista está: cunde el racismo, la xenofobia, la admiración por el método bolsonaro. Fijémonos lo que viene pasando en Brasil, en Bolivia. Los  tipos amigos del gatillo fácil y de la picana y de la pena de muerte están en carrera. ¿Qué esperamos para despabilarnos? ¿Qué? La democracia y la política serán mejores cuando nuestra sociedad deje de convertir a la paranoia en ideología.

   La democracia, aparte de cumplir años, crecerá; si es que la sembramos. Y para sembrarla hay que estar bien despiertos, porque al fin de cuentas la democracia es un prodigioso insomnio.

   Afrontemos preguntas incómodas: si hubiese persistido el orden asesinador de aquel 24 de marzo del 76, ¿qué seríamos como sociedad?, ¿estaríamos de pie?, ¿estaríamos en cuatro patas?, ¿estaríamos?

  Sin la porfiadez de las Madres Abuelas –parteras de la memoria– esta olvidadiza patria idolatrada sería un definitivo agujero con forma de mapa. Y los puntos cardinales no serían cuatro ni tres ni dos ni uno; ni nada.

  No nos distraigamos: sin democracia, de tanto tocar y tocar y tocar fondo, hubiéramos desfondado el abismo.

  Que el optimismo de la memoria alumbre el futuro de nuestros hijos, y de los hijos de nuestros hijos. Y así sucesivamente. No dejemos que el Fondo Monetario nos desanime el ánimo. Para afrontar a los buitres usureros de afuera tenemos que desactivar a los obscenos buitres de adentro. Que siguen vivitos y coleando, y piqueteando, y matoneando con sus insolidarios y fanfarrones tractores.

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