Por Jorge Sosa, Especial Mendocinos Famosos

Fue el 18 de setiembre de 1913 cuando vino a este planeta Antonio Tormo, en una de las casas de la Bodega Giol que ocupaba su familia. Su padre, tonelero de la bodega, no lo vio nacer, murió tres meses antes de tifus, enfermedad vastamente asesina de la época. Su madre casa más tarde con el tío de Antonio, Ramón Tormo, quien lleva a la familia a San Juan.

Allí estudia la Escuela de Artes y Oficios, donde aprende la profesión de tonelero, algo que siempre lo acompañó, que añoró aun en sus años de fama. Al poco tiempo de recibido debe volver a Mendoza porque en San Juan no se permitía que los menores trabajaran en las bodegas. Otra vez Mendoza, otra vez Giol, ocupando la plaza que alguna vez tuvo su padre. Entonces conoce a Diego Manuel Benítez o Diego Canale, según su pseudónimo artístico y como buenos cantores se juntan.

El dúo Tormo – Canale comienza a poblar los cielos de Mendoza. La radio los reconoce y los suma, LV 10 pone a disposición sus micrófonos como lo hizo con tantos artistas mendocinos. Pero el destino se nutre de regresos y ya mayorcito vuelve a San Juan a trabajar en la bodega El Globo. Canale va con él y entonces es otra radio cuyana la que los alberga: LV1 Radio Graffigna. Un día se preguntan: ¿Por qué no Buenos Aires? Tres días sobre un camión transportador de vino los instala en la capital. La historia iba a escribir un gran capítulo para Antonio. Allí Eusebio de Jesús Dojorti, el recordado Buenaventura Luna, figura fundacional del nuevo canto folklórico, lo invita a participar en la legendaria Tropilla de Huachi Pampa. El grupo logra un contrato con los cigarrillos Caravana y participan del programa radial “El fogón de los arrieros”, de trascendencia masiva por entonces. Allí cantan, pero también incursionan en el radioteatro con los libretos de Don Buenaventura.

En 1942 Antonio se separa de la Tropilla y con otros músicos forman “Los arrieros cantores”. No dura mucho. Decide abandonar el canto y regresar a San Juan, donde instala con sus hermanos un taller para arreglar bicicletas. Dos amigos y una mujer, Elena Casella, lo llevan a cantar nuevamente en LV1. Otra vez el éxito.

Con Elena surge algo más que una relación artística, eso que llaman amor. En 1945 se casan en San Juan, en la iglesia de los Desamparados, todavía herida por el terremoto de 1944. Deciden probar otra vez fortuna en Buenos Aires. Actúa en Radio Splendid y luego Radio Belgrano. Recordamos que en esa época las radios de Buenos Aires transmitían en cadena para el país, entonces Tormo empieza a ser familiar en la Argentina toda. Año 1947 graba varios simples en RCA Víctor. El primero con los temas “El jarillero” (Ver Hilario Cuadros de esta misma colección) y “Ay, que se va”. Uno de los simples incluyó el tema “Cuando no me quieras” que llegó a Colombia y se transformó en éxito. La RCA manda a Colombia discos de cantantes de tangos y el de Tormo. De Colombia contestan: “Gardel hay uno solo. No nos interesan los imitadores. Manden discos del gran Tormo”.

La convocatoria de Tormo era tal que las emisoras debían colocar policías de custodia porque el público reunido pugnaba por entrar aunque no hubiera lugar y rompía todo por lograrlo. En esta nueva incursión por Buenos Aires lo acompañan destacados guitarristas cuyanos: Aurelio y Martín Ochoa, y los inolvidables Santiago Bertiz y Tito Francia.

Antonio estaba adornado por un definido registro de tenor, una hermosa voz melodiosa y una perfecta técnica vocal, a lo que debemos sumar, un repertorio bien elegido, que generaba éxitos en forma permanente.

De pronto RCA Víctor pierde interés por los solistas y le sugiere a Antonio que forme un dúo. Antonio se opone y pide que la compañía le auspicie un disco de prueba. Graba entonces “Los ejes de mi carreta” y “Amémonos”. No se equivocó, la versión de “Amémonos” vende un millón de placas. Ya la radio lo convoca a los horarios centrales. La gente formaba colas de cuadras para escuchar sus actuaciones en los auditorios de las emisoras de la época de oro.

Es justo recordar que uno de los grandes temas de Antonio fue la canción “Primero la Patria”, del queridísimo Santiago Bertiz.

Comienzan a reclamarlo del exterior, Chile lo pide a puro aplauso. En un mes su nombre acapara todos los comentarios. Pero el estallido llega en 1950 con la grabación de “El Rancho de la Cambicha” (letra al final del cuadernillo). Vende cinco millones de placas y se transforma en el cantor argentino de mayor aceptación en toda la historia. Comienzan las giras por el país, numerosas, y las incursiones por países vecinos.

Algunos historiadores y periodistas dan como cifra exacta: tres millones de placas con el “Rancho ‘e la Cambicha”. Aceptamos ambas cifras.

En 1955 se produce el golpe militar que derroca a Perón, la llamada “Revolución libertadora”. Aparecen las listas negras. Tormo no era peronista, pero era popular, tremendamente popular. Cayó en la desgracia de los autoritarios de factos. Fue abruptamente silenciado. Comenzaban largos años de exilio en su propio país. Sin embargo, como un mensaje clandestino, el pueblo, el pueblo de los “cabecitas negras” seguía escuchándolo.

Fueron treinta años de ostracismo artístico. Recién con el gobierno de Raúl Alfonsín, en 1893 volvió a ser libre, volvió a poblar los vientos del país como un pájaro de todos. Entonces “El cantor de las cosas nuestras” recuperó el sitial que le pertenecía por olor de pueblo. Se mezcló entre los músicos folklóricos de vanguardia y también los del Rock Nacional. Pero esos treinta años de censura le quitaron a los argentinos la posibilidad de disfrutar plenamente de esa voz de todos.

Si bien nunca dejó de cantar –lo hizo en el extranjero y varios puntos del país– no tuvo repercusión en los medios. No obstante participó en 1976 de la película “El canto cuenta su historia”, de Fernando Ayala y Héctor Olivera, una excusa para exhibir a las máximas estrellas del folklore y el tango.El 15 de noviembre de 2003, Antonio dejó de cantar en vivo, pero su voz, su modo de decir, sus canciones han de vivir mientras dure una semilla de pueblo en el granero del mundo.

Premios, reconocimientos y homenajes

Entre los cientos de galardones y premios obtenidos, mencionaremos los más recientes:

• En Julio de 1993, el Concejo Deliberante de la Ciudad de San Juan lo declara Ciudadano Ilustre.

• En Agosto de 1993, la Cámara de Diputados de la Provincia de San Juan lo designa Benefactor de la Cultura y Tradición Sanjuanina.

• El 20 de Junio de 1993 se le da su nombre a una calle de la Ciudad de Panquehua en el Depto. de Las Heras, Mendoza.

• A.C.E. (La Asociación de Cronistas del Espectáculo) le entrega en Noviembre de 1993, una distinción por su vigencia.

• El 14 de Diciembre, el Honorable Senado de la Nación resuelve entregarle una Medalla y Diploma de Honor en homenaje a su vasta trayectoria.

• El 13 de Diciembre de 1995, SADAIC le otorga la distinción especial “Francisco Canaro”.

• En 1996, el Hon. Concejo Deliberante de Maipú le hace entrega de la distinción Ejército de los Andes por su trayectoria.

• El 18 de Septiembre de 1996, recibe el premio “Raíces”, instituido por LV10 Radio de Cuyo de Mendoza para aquellas personalidades destacadas de la Cultura de esa Provincia.

• El 13 de Febrero de 1997 el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires le entrega un reconocimiento por su aporte al desarrollo de la cultura nacional.

• El 14 de Marzo de 1998 es declarado Ciudadano Ilustre de Maipú, su Ciudad natal.

• En 1998 es distinguido con una medalla por los legisladores nacionales sanjuaninos en mérito a su aporte a la cultura de esa Provincia.

• El 9 de Noviembre de 1998 recibe el premio “Ser Nacional”.

• El 20 de Agosto de 1999, la H. Cámara de Diputados de la Nación lo distingue como “Mayor Notable Argentino”.

• El 19 de Abril de 1999 la Secretaría de Cultura de la Nación por medio de su Resolución Nro. 1600 resuelve designarlo “Personalidad Emérita de la Cultura Nacional”. La ceremonia oficial se lleva a cabo el lunes 30 de Agosto en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno.

Tormerías

Comentarios de distintos autores que incluimos con el fin de respaldar la afirmación de que Tormo ha sido el inventor del folklore de masas y el comunicador de los provincianos identificados como “cabecitas”:

…“Entonces tenía algo que decirnos a todos nosotros, por eso lo llamaron “El cantor de las cosas nuestras”.

“La voz del poeta fue en la ocasión la voz del pueblo que creció a la par de Antonio y clavaba el dial en radio Belgrano para escuchar esa campana terrestre que se llamaba Antonio Tormo, de oficio tonelero, hombre de trabajo pesado al que un día allá en los valles se le instaló el sueño del canto y comenzó a cantar entre la gente y fue la gente la que hizo un tormo. Porque Tormo es un amasijo popular, una escultura hecha por su propio pueblo al que respondió sin dar jamás un paso atrás. Cantó todo lo que tenía que cantar. Cantó al niño desvalido, cantó a los pobres, cantó a la alegría de los vinos jocundos de nuestros valles, cantó al amor y cómo…”

Armando Tejada Gómez – 1991

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“Entre Mendoza y San Juan cimentó su triunfo “El cantor de las cosas nuestras”, aquel tonelero que llegó a vender más discos que Gardel”.

“Para los argentinos nacidos en la segunda mitad de la década del’40 la figura de Antonio Tormo se liga estrechamente a los recuerdos de la infancia”.

“Para mi forma infantil de entender el mundo de aquel tiempo, Tormo era tan importante como Chaplin, Laurel y Hardy, Los Tres Chiflados, Luis Sandrini o Perón…”

Diario “LOS ANDES”. Cultura – Gregorio Torcetta. 24 de Septiembre del 2000

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“… quedó identificado Tormo con los “cabecitas”, que a estos los llamaban “20 y 20”: veinte centavos para una porción de pizza y veinte centavos para escuchar un disco de Tormo en las moviolas que ilustraban algunos comederos sin pretensiones, con una amplia gama de opciones en tango, música melódica y folklore”.

Félix Luna – Historia Argentina  I. La Argentina era una fiesta.
Año 1946 – 1949. Pag. 467/468

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“Fui vocero de los cabecitas”

Resumen de una nota de Cristian Vitale

En 1955, cuando la autodenominada Revolución Libertadora asumió el poder, improvisó una larga lista negra. Incluyó en ella a peronistas intelectuales, dirigentes políticos, sindicalistas, militares no liberales y artistas populares. Un grupo importante de hombres a los que unió un mismo estigma: eran los depuestos. Antonio Tormo, que no era un peronista genuino pero representaba muchos de sus ideales, estaba entre ellos. Pagó muy caro haber sido el portavoz de los cabecitas negras, esa otra Argentina que emergía. “Lo vi a Perón una sola vez, sabe, fue en un recital en el Luna Park. El me pidió una canción; canté ‘La jota cordobesa’ y Perón acompañó desde la platea. Nunca más. No necesitaba tener amistad con ningún político, ni siquiera tengo fotos con ellos”.

“Yo me transformé en el vocero del cabecita; del chico provinciano que venía a Buenos Aires a trabajar; pero la primera vez que canté políticamente lo hice para los radicales. Me contrató Suárez Lastra”, recuerda Tormo y prosigue Teresa, su segunda mujer: “Por eso, lo que prohíben los militares del ‘55 no es a él en sí sino a su público. Inclusive, es lícito recordar que también lo quisieron censurar durante el gobierno de Perón”.

La anécdota que refiere su mujer tiene que ver con “La limosna”, otro de sus éxitos. La letra decía “En la puerta de un convento, un pobre niño mendigaba; tengo hambre, tengo frío; tenga usted de mí piedad”, y motivó un llamado personal de Juan Duarte, el hermano de Evita, para “aconsejarle” a Tormo que quitara esa canción del repertorio porque en esa Argentina todos eran felices…

…Con el retorno a la democracia, en 1983, la obra de Tormo fue finalmente reconocida. Aunque su público pertenece al pasado, le hicieron 14 homenajes; León Gieco lo llevó a sus estudios para grabar “20 y 20”; Jorge Marziali recorrió con él numerosos lugares del país y grupos de rock como Los Caballeros de la Quema y sus comprovincianos de Karamelo Santo reconocieron en él a un grande de la cultura popular argentina. Tormo, sin embargo, no acusa recibo de tal notoriedad. Pasa su vida riendo, tarareando viejos temas y añorando los toneles cuyanos…”

El recuerdo de Guillermo Murúa

Otra vez recurrimos a los recuerdos de Guillermo Murúa. Guillermo es uno de los grandes intérpretes del folklore cuyano y tuvo la suerte de conocer a los grandes de esa corriente que fue nacional e internacional. Lo convocamos para el cuadernillo de “Félix Dardo Palorma”. Lo convocamos en este otra vez. Era muy amigo de mi padre, Andrés Murúa, tan cantor como Antonio. Actuaron en los mismos programas de Radio Aconcagua. Yo tenía siete años allá en el 1949. Al terminar la audición en Aconcagua se venían a la casa. Me decía siempre: –Guillermito, ¿qué dice hijo?, ¿qué pasa con el canto? – Y yo me sentía empujado a cantar como ellos, como él. Después, cuando grande, tuve la oportunidad de compartir escenario allá en Lavalle y cantar con él. Era una persona simple, nunca se la reyó, de tan bajo perfil que muchas veces pasaba como si fuera antipático. No era de juntarse con mucha gente, temeroso de quien se le arrimaba. Papá me decía: “No lo vayas a ver con gente que no conozca, no le gusta eso”. Cuando lo prohibieron sintió mucho dolor porque se le cerraron muchas puertas. Los medio de comunicación, la radio sobre todo, le cerraron las puertas, Radio Belgrano, Radio Splendid que lo habían aprovechado muy bien. Pero aceptó ese destino ingrato, prefirió el ostracismo. Siempre reconoció a sus pares cuyanos, Hilario, Palorma, Tito Francia, Santiago Bertiz, Armando Tejada Gómez. Hasta sus últimos días, hablaba de música y de su oficio de tonelero. Una vez en la radio lo escuché dar toda una clase de cómo se armaba un tonel. Amó esa profesión casi tanto como la del canto.

El “Rancho ‘e la cambicha” merecería el análisis de un sociólogo, tal vez sólo ellos puedan explicar el fenómeno.

Fue un fuera de serie. Los mendocinos debieran pagar la deuda que tienen con Tormo. Para los sanjuaninos es de ellos, tal vez los sanjuaninos le agradecieron más.

El recuerdo de Jorge Marziali

Por Jorge Sosa

Jorge Marziali es uno de los grandes creadores de la música argentina. Sería muy largo mencionar sus canciones, lo haremos en un cuadernillo que se merece con holgura. Fue uno de los que impulsaron el resurgimiento de Antonio después de tantos años de alejamiento. Conversamos con él a la distancia.

¿Cómo fue tomada por Antonio tu idea de transitar juntos los escenarios?

– Él estaba muy deprimido por la muerte de su esposa Elena que, además, era su productora, organizadora y asesora en el repertorio. Así es que lo llevé a un Americanto. Le fue muy bien. Al final cantamos juntos “Los 60 granaderos”. Luego pedí apoyo de Cultura para recorrer Cuyo. Hicimos durante unos meses un espectáculo llamado “Tormo-Marziali, las dos puntas”. Nos facilitaron el transporte y unos afiches grandes. Acompañaban sus músicos y Gonzalo de Borbón. Terminamos en Córdoba en el parque Sarmiento cantando para 3.000 personas. El estaba feliz porque creía que no iba a volver a cantar por el bajón.

¿Cuantas actuaciones hicieron y dónde?

-Hicimos dos o tres en Mendoza, el teatro Plaza entre ellas y luego San Rafael, Alvear, Malargüe y alguna más. Después San Luis en un estadio de básquet y dos en Córdoba.

¿Cómo recordaba él su larga época de proscripción?

-Nunca entendió nada de eso. En realidad le costaba comprender que lo proscribieran por lo que representaba. Era un tipo sin militancia y sin una ideología racional. Un laburante que no quería hacer otra cosa. Enamorado de su voz y muy fachón. El pueblo lo abrazó cariñosamente y eso era indigesto para los milicos.

¿Cómo explicás, Jorge, tantos años de ausencia aun en períodos de gobiernos democráticos?

-Estuvo ausente de la difusión, pero no del trabajo. Cantaba en el Gran Buenos Aires y llenaba. Ganaba mucho dinero y el nombre ya lo tenía. No necesitaba estar en los medios.

¿Se daba cuenta, Antonio, de lo que significó para el pueblo argentino? ¿Valoraba su trascendencia?

-No, no sabía. Sabía que lo querían pero no supo nunca el efecto unificador que tenía su nombre. Jamás él se habría definido como un fenómeno social. Era como un niño que jugaba y todo le salía bien. No tenía ninguna formación intelectual ni mucho menos política. Vivió los ultimos 20 años cantando sus viejos exitos. No es una crítica: era un elegido y no nercesitaba agregar más nada.

¿Qué canción, de su extenso repertorio valoraba más o disfrutaba al cantar?

-Yo creo que “Amémonos” y “El Rancho de la Cambicha” eran finalmente sus caballitos de batalla. Lo que ocurría es que había metido tantos éxitos que cualquiera de los temas era coreado por el público, desde “Los 60 granaderos” hasta “Canción del linyera”.

¿Cómo lo catalogarías vos, como cantante primero y como ser humano en definitiva?

-Como cantante un gran intuitivo con una voz muy personal, siempre asesorado por su mujer que sabía de negocios y tenía un ojo comercial increíble. Como ser humano era elemental, mañoso, un diamante en bruto, correcto, manso y de pocas luces. Un hombre común.

¿Qué papel ocupaban Mendoza y San Juan en sus recuerdos?

-Hablaba mucho de su pasado, de su niñez casi campesina. Se sentía mendocino a pesar de haberse ido muy joven de Cuyo. Y tenía mucho cariño por San Juan donde estaban sus parientes.

¿Podés contar alguna anécdota que él te transmitiera?

 -Sí. Contaba como una gracia que, estando viudo, se juntaba mucho con su gran amigo el Sarco Alejo, que había integrado la Tropilla de Huachi Pampa. En ese momento el Sarco se estaba por casar con un mujer mucho más joven y muy linda. Salían los tres juntos a comer. Pero su amigo no llegó a casarse porque se murió. Y él, ahí nomás, le propuso casamiento a la novia de su amigo. Ella aceptó y se convirtió en su nueva productora y compañera hasta el último día. Contaba esto con gran naturalidad. A mí me producía una gran ternura porque son cosas que suceden entre gente sencilla y sin muchos mambos formales.

¿Y alguna anécdota compartida con él?

-La más graciosa para mí sucedió en San Luis. Estábamos en el camarín por comenzar el espectáculo y se presentó una viejita como de 80 años diciendo que quería saludar al “hijo” de Antonio Tormo. La hicieron pasar y ella sacó de su cartera una foto firmada en 1950 por Antonio Tormo. Y le dijo: su padre me firmó esta foto. Yo lo adoraba y tenía todos sus discos. Y vengo ahora a escuchar a ver si usted, que es el hijo, canta tan bonito como cantaba él.

¿Tenía posición política o era un prisionero de su fama?

-No. Se comportaba como un peronista pero no creo que entendiera nada de lo que había sucedido ni cómo influyeron las políticas migratorias del peronismo en su éxito. No le interesaba el tema político. Hacía comentarios como los que puede hacer una señora en la verdulería influenciada por los diarios o la televisión.

Me gustaría una conclusión tuyas, palabras que dimensionen esa experiencia.

Para eso les mando esta nota escrita para una revista hace unos años. Y un poema que le escribí mas o menos cuando murió.

Para hablar del fenómeno Tormo es preciso recordar lo que sucedía en la década del 40. Las políticas de Estado habían generado trabajo, sueldos dignos y la posibilidad de viajar desde cualquier provincia a Buenos Aires, ciudad vista desde el interior como la Meca de la diversión, el placer y el progreso personal. La invasión de los “cabecita negra” era, así, inevitable. Y entre ellos llegaba, desde Mendoza, Antonio, paradójicamente rubio y con ojos celestes, pero cabecita al fin.

En la gran ciudad, los hacedores de “éxitos” musicales – gerentes de compañías discográficas con sus centrales en otras tierras – estaban a las órdenes (como hoy) de los gustos y las conveniencias de sus patrones: “fox-trot”, “cha-cha-cha” y románticos boleros caribeños para deleite de los vencedores de la Segunda Guerra que no querían más “pálidas”.

– Usted tiene muy linda voz – le dieron al cabecita, mientras estudiaban cómo “vender” su “facha”: blanco, rubio, de ojos celestes. – Cante cha-cha-cha y fox trox y el éxito está asegurado.

– No señor –respondió el rebelde joven, podrido de viejos vinagres. –Yo soy de Cuyo, canto valses, tonadas y cuecas. O canto lo que yo sé cantar o no vuelvo a grabar ningún disco.

Mientras tanto se conchababa en emisoras de moda, desde las que su voz llegaba hasta los otros “cabecitas” que pululaban por fábricas de lo que luego sería el poderoso conurbano.

Detenían sus labores para oír esa voz dulce y brillante que no venía a contar “la última noche que pasé contigo”, sino a confesar: …”linyera soy / lo que tengo lo presto o lo doy / no tengo norte / no tengo guía / para mí todo es igual”…

Cantaba en criollo y, aunque seducía con trovas amorosas muy bien seleccionadas (“Buscaba mi alma con afán tu alma”), reflejaba (hoy sabemos que intuitivamente) el proceso de inmigración interna con su carga de nostalgia, desarraigo y lejanía: “Cuando salí del pago / le dije adiós con la mano/ y se quedó mama vieja / muy triste en la puerta el rancho”…

–Quiero grabar un chamamé – dijo el rebelde cabecita intuyendo la principal tendencia inmigratoria, la del orbe guaranítico, con los paraguayos a la cabeza: “Esta noche que hay baile / en el rancho ‘e la Cambicha / chamamé de sobrepaso / tangueadito bailaré”…

Tres millones de placas vendidas en un país con diez millones de habitantes; un disco cada tres personas. El mito estaba instalado. El joven adolescente había logrado “cambiar algo”. Era un “rockero” (para decirlo en el idioma facilista de estos días), admirado por sus pares y adorado por un pueblo, que, con cuarenta centavos, podía resolver todas sus humildes inquietudes de oxigenación cultural. Félix Luna lo cuenta así: “A tal punto quedó identificado Tormo con los cabecita que a estos los llamaban “20 y 20”: 20 centavos para una porción de pizza y 20 centavos para escuchar un disco de Tormo en las máquinas tragamonedas de algunos comedores populares”.

Llegó el año 1955 con la “intelligentzia” montada en los tanques y en los aviones pagados puntualmente por aquellos cabecita con sus trabajos. La voz del “cantor de las cosas nuestras” se apagó en las radios y en los escenarios. Era necesario terminar con el mito. La compañía discográfica decide romper las matrices de las grabaciones de Tormo. Se pensaba que aquella “patriada purificadora” era un modelo perdurable para estas tierras. ¿Para qué guardar, entonces, grabaciones de alguien que canta para gente que ya nunca volverá a ser protagonista?

Los simulacros de democratización que vinieron luego lo encontraron retirado. Ya entrada la década del 80, Tormo salió a caminar el país con sus canciones para recuperar su espacio.

El mejor homenaje que se le puede rendir hoy -cuando ya nos inquieta un nuevo siglo- es recordarlo como el único cantor representativo de un país que pudo ser…..y no fue; la voz de una comunidad que se debe a sí misma un nuevo viento que venga a cambiar algo con pureza adolescente, con calidad y, sobre todo, con una fuerte conexión al país real.

Gracias Jorge por hacernos partícipe de tanta belleza y tanto cariño.____________________

Tormo (Según el diccionario, “terrón de tierra”)

Lo encontré en mis orejas cuando el niño

Se gastaba en asombros todo el tiempo

Y mi madre bailaba algunos tangos

Abrazada al lampazo y al plumero.

Guaymallén era un rumbo y un regazo

Y la acequia un proyecto marinero

Las guitarras, el único sonido

Y el barrio, San José, el universo.

Era vals con tonada la congoja

Eran cueca con gato los festejos

Eran brevas los postres de diciembre

Y la siesta era un dios, siempre en silencio.

Él, que nada sabía, se filtraba

Con su canto finito y mañanero

A decir que el parral era una casa

Y que los ríos son para vencerlos.

Después vino a contar lo de “Cambicha”

Y el valor de sesenta granaderos

La hidalguía de huérfanos, linyeras

Las ignotas pastoras que se han muerto.

Hombre yo, lo encontré en un escenario

Y nos fuimos cantando Cuyo adentro

Con el abrazo de una cordillera

que cuida, como madre, el canto nuestro.

Los cantores no mueren si han cantado

A la luz de la lámpara del pueblo

Ni Arancibia Laborda allá en Mercedes

Ni el gran Buenaventura, mensajero.

No mueren Don Hilario ni Palorma

Ni Tejada, la voz de los obreros,

Ni Montbrum que esta vivo y a dos puntas

Ni este Antonio, que es tormo y es eterno.

Y es más que tormo, es tormagal, tormera

 Tierra en terrón que nos está volviendo

Con la inocencia virginal del grillo

Y con la fuerza de los toneleros.

Lo encontré en mis orejas y lo nombro

Porque un niño me viene de regreso

Y una acequia y un vino, una guitarra

Y un aro y una madre con plumero.

Poema de Jorge Marziali

Muchos artistas interpretaron la famosa canción de Antonio Tormo, Linyera soy. Acá le dejamos dos versiones que han dado vuelta por varios lugares.

Paté de Fuá, se formó el 18 de abril de 2006 en la Ciudad de México.​ Los líderes del grupo Yayo y Guillermo habían salido de Argentina en diciembre de 2001, y al llegar a México fue donde conocieron a quienes serían los demás músicos.

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