Nos sentimos “buenos” por unos instantes. Mientras los relojes marcan el fin de cada año –en el caso del 2020, singularmente problemático para la humanidad- viene la hora de los brindis y los deseos de felicidad. “Que tengas un muy buen año”, “que se te cumplan todas las expectativas”, “que logres todo lo que te proponés”, y parecidas frases de ocasión, que en ese instante pronunciamos convencidos, aunque minutos después recordemos que este pariente que saludamos suele ser un pesado irremediable, o que aquella otra es a menudo huraña o agresiva. El éxtasis de los buenos sentimientos dura poco.

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

  Y es que además –bien lo decía Freud- “desear no cuesta nada”. ¿Qué esfuerzo pongo, a qué me comprometo diciendo “que sea un año excelente para vos”? A nada, aun cuando mi propuesta sea totalmente sincera y leal. Formular buenos deseos a los otros, no cuesta. Lo hacen los que están dispuestos a los compromisos que el afecto exige, y aquellos a los que nada les importa que no sea ellos mismos.

  Pero es verdad que algo del desear viene a cuento en Año Nuevo, porque es el momento de re-pensarse. De hacer proyectos, de realizar balance de lo logrado y no logrado en el año que se va. Y de ordenarse hacia el futuro, por lo menos el de los 365 días que se avecinan.

  En ese sentido, desear sí cuesta, y es la misma teoría freudiana la que nos lo ha enseñado. En cuanto a que la precaria felicidad que la vida puede ofrecer (con destellos de momentáneas satisfacciones y una búsqueda permanente de llenar vacíos irrevocables) sólo se da si podemos ser leales a nuestro deseo. Si podemos ordenar la vida descubriendo cuál es el mismo, y poniendo proa a seguirlo decididamente.

  ¿Qué es nuestro deseo? ¿Comer empanadas, viajar a Miami, comprar la última ropa de moda, acercarnos a la persona que nos promueve las ganas? No. No es eso. Esas son “demandas”, semblantes momentáneos de ese gran deseo ordenador. Pueden satisfacernos momentáneamente, pero de inmediato reaparece luego el vacío, y una nueva demanda que exige cumplimiento.

  El deseo, entonces, es aquello que dirige estratégicamente el sentido de nuestra vida: dedicarnos al deporte, a la academia, a la vida en la montaña o en el mar, hacer solidaridad activa con los otros. Alguna de estos grandes principios ordenadores, o una combinación de los mismos (u otros parecidos). Lo que implica proveer de sentido la existencia en torno de un proyecto, el cual debiera responder a los vericuetos más íntimos de nuestra personal existencia y trayectoria vital.

  La frustración de las demandas concretas hace mal: necesitamos márgenes de placer. Pero el placer sin el sentido, nos deja absortos en la nada. Ni placer sin sentido de la propia vida, ni exigencia de sentido que obture todo placer. Delicada tensión sin posible equilibrio, difícil sabiduría con la cual ordenar la existencia propia.

  Si a estas complejidades se añaden los padecimientos de los cuerpos alejados y los afectos no expresados, se entiende las dificultades con que llegamos a este inicio de año. Con la esperanza de las vacunas, que bienvenidas sean si sirven para prevenir, vengan de Estados Unidos, Rusia, Inglaterra o China. Esperanza del final del tedio y la distancia. Ojalá podamos.

  Porque ser fieles al propio deseo, sí cuesta. Se requiere paciencia, perseverancia en la lealtad a los propios fines y no perderse en el espejismo de las sirenas y sus cánticos, de las desordenadas demandas de cada día. 

  Y eso es difícil siempre. Bastante más, claro, cuando sólo la pantalla es nuestra principal compañía cotidiana.-