Uno de los estados más felices de la mujer y del hombre es estar enamorados. Ocurre cuando el sentimiento se afirma en el otro como una enredadera y dependemos del influjo del otro para hacer cualquier cosa

Por Jorge Sosa, Redacción Jornada

Las grandes conquistas de la humanidad se han hecho por amor desde las grandes obras de arte hasta las religiones. El amor manda y uno se siente gustoso de hacerse cargo.

No es lo mismo el amor en las distintas edades del ser humano. Cuando niños nos enamoramos de personas que pululan en nuestro alrededor, la maestra, por ejemplo. Después, en la adolescencia le descubrimos el cuerpo al amor y en edad adulta lo ejercemos con toda intensidad y considerable frecuencia. En la edad de los adultos mayores es más bien una compañía que ayuda a evitar los momentos de soledad.

Cuando uno está enamorado, cuando le vibran mariposas en el estómago, es capaz de realizar acciones de las más llamativas para demostrar lo que se siente. Estamos como embobados y dependemos totalmente del otro, del destinatario de nuestro cariño.

Por  amor se han escrito las mejores poesías de la humanidad, género que está en paulatino desuso y no es bueno, porque esos versos impulsan el amor que tenemos y lo hace más puro, más tangible.

Es el amor el que supera ciertas incomodidades de la convivencia, el que nos impulsa a seguir adelante aunque el cálculo de posibilidades sea negativo.

Por supuesto que el amor más notorio es el amor en la pareja, dos tortolitos que pasan por los deleites del noviazgo, el casorio, y la vida juntos. ¿Cómo mantener el amor por siempre o para siempre? Bueno, es sencillo: se trata de enamorarse de la misma persona todos los días. A veces cuesta, y mucho, pero es la única manera de que las llamas no se apaguen y que queden las cenizas, aunque dicen que dicen que donde hay cenizas puede quedar una brasita de fuego.

Pero hay otra clase de amor, por ejemplo el amor a nuestros hijos, nuestra permanente preocupación porque estén bien y alcancen ese asunto a veces tan esquivo como es la felicidad.

El amor a nuestra profesión suele convencernos de que hay que seguir por el camino trazado porque nos puede llevar a paisajes realmente atrayentes. Cumplir con la vocación es un amor por la vocación.

Está el amor por la patria, que no sé si todos sentimos, pero que se hace notable cuando vemos que el país ha triunfado en algo. Hace mucho que no se da el caso pero cuando se da salimos con banderas celestes y blancas a la calle a gritar nuestro amor.

Y está el amor propio, o sea el sentimiento de bondad que sentimos con nosotros mismos y nos hace actuar en su dirección, aunque puedan tildarnos de narcisistas. Dicen que los argentinos nos excedemos en este asunto del amor propio y nos transformamos en vanidosos. Por eso se ríen de nosotros de alguna manera: “¿Cómo hace para suicidarse un argentino? Se sube a la punta de su ego y se tira“.

Pero más allá de deformaciones sigue siendo el amor lo más importante de nuestras vidas. El origen de la familia que, definitivamente, lo es todo.


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