Capitulo XXII. Exclusivo Jornada

Del libro Crónicas de Guantes de Roberto Suárez





DOLOR DE INFANCIA

Como escribí en mí libro Crónicas de Guantes, recordar a Alejandro Lavorante me lleva a un hecho muy doloroso de mi adolescencia, porque me tocó asistir al velatorio del malogrado boxeador mendocino. Con mi padre y mi hermano mayor, habíamos venido de La Consulta a Mendoza para ver a River Plate, que con sus grandes figuras (Carrizo, Onega, Artime, Delem, Pando, el juvenil Gatti) se presentaban para jugar un amistoso ante Godoy Cruz, justo cuando expiraba la vida del sufrido Lavorante. Miles de aficionados concurrimos a despedirlo.

 Fue el 1 de abril de 1964. Los propios jugadores de River, conmovidos por la noticia, también asistieron al funeral. Los millonarios paraban en el Hotel Ariosto, detrás del correo y se acercaron hasta la calle San Juan al 155 donde se despedía a Alejandro, antes de dejarlo descansar en paz definitivamente en el cementerio de la capital.

LAS ENSEÑANZAS DE UN GRANDE

Años después Carlitos Suárez me recreaba la increíble historia de este boxeador, que mantengo en mi memoria y con algunas anotaciones de aquella época. La imagen de Alejandro Lavorante Ugarte se conserva intacta entre los viejos aficionados argentinos, quienes en su momento vieron en él a un potencial campeón del mundo de los pesos completos, que sucediera y ocupara el espacio abierto por Luis Angel Firpo.

De espigada y atlética contextura física, además de un rostro que siempre atrajo la presencia de la mujer a los cuadriláteros, apareció en el panorama pugilístico a finales de la década del cincuenta. Por su tremenda pinta, en los Estados Unidos, se lo vinculó sentimentalmente con la actriz mexicana Sonia Furió, con la cantante de la misma nacionalidad Analía Mendoza y con las “Sister Lennon”, unas trillizas muy bellas y de gran éxito.

La historia de este Mendocino Famoso, dice que, como aficionado en la división pesado, empezó a entrenar en 1952 con 16 años de edad bajo la dirección de Diego Corrientes (Diego Rodríguez) en el Club Justo Suárez. En 1953, con 17 años, medía 1,94 metros y pesaba 98 kilos, se inició como amateur donde completó 35 peleas de las que ganó 31 (19 por KO) con 4 derrotas.

Fue campeón del Torneo Vendimia de Novicios que se había desarrollado en el desaparecido estadio Babilonia. En esa época como en Mendoza no tenía adversarios de su categoría su familia – que constituían su papá Alejandro, su mamá Lidia Ugarte y sus 4 hermanos – se radicó en Rosario para estar más cerca de Buenos Aires lo que posibilitaría que tuviera más chances para combatir.

Alejandro a quién su familia le decía “Gringo” ( luego a Locche también su familia lo apodaba de esa manera), se adjudicó el Campeonato Argentino Amateur.

A los 21 años

En 1957, le toco cumplir con el servicio militar obligatorio. En este caso se tuvo que trasladar a la Capital federal para incorporarse al Regimiento de Granaderos a Caballo en el barrio porteño de Palermo. Entonces le tocó ser custodio en la Casa Rosada, cuando la Revolución Libertadora gobernaba con la presidencia de Pedro Eugenio Arámburu. Lavorante salió en la tapa de la revista Leoplan en esa condición y estuvo bajo bandera 14 meses, sin dejar de practicar boxeo, fue campeón del torneo militar.

RUMBO AL NORTE

Un año después se fue a Caracas Venezuela con su comprovinciano el gran Pascual Pérez. Luego, Lázaro Kozci, manager de Pascualito, se encargó de él durante su etapa. Sin adversarios en ese país, solo se mostraba en el gimnasio haciendo guantes y conservando su figura.

Estaba el boxeador con el ánimo por el suelo, por no conseguir rivales, se había empleado en un taller mecánico, cuando viajó a Caracas, a oficiar como referí en un programa de lucha libre. Jack Dempsey lo conoció y quedó impresionado con la apariencia del joven. El recordado rival de Firpo, le aconsejó a su amigo Pinky George que lo contratara y lo apadrinara, y el llamado “Zar del Pancrasio” en Texas oyó la sugerencia, y se hizo cargo del mendocino. George le ofreció un contrato a Lavorante por $500, de aquella época.

ASCENSO FULMINANTE

Luego de una meteórica carrera, cumplida en la costa occidental de los Estados Unidos, se ubicó en el cuarto escalón del ranking mundial, precedido únicamente por Sony Liston, Eddie Machen y Henry Cooper en su aspiración de combatir frente al campeón de todos los pesos, el norteamericano Floyd Patterson.

En 1960 fue contratado por el promotor cubano Cuco Conde para enfrentar en La Habana al ídolo local, Reinerio Rey López, quien se encontraba invicto tras 8 peleas, al que envió a la lona por toda la cuenta apenas al minuto y medio del primer round. Entre los asistentes a aquella pelea se encontraba Fidel Castro. Los cubanos lo bautizaron como “Che Argentino”.

El 11 de mayo de 1961 produjo la más espectacular de todas sus victorias al poner KO en el 7mo. asalto al invicto Zora Folley que comenzaba a sobresalir entre los pesados.

En las postrimerías de 1961 ya contabilizaba 21 combates, 19 de ellos ganados y solamente dos perdidos, frente a Roy Harris y George Logan. Al retornar a los tinglados, repuesto de las dolencias que en ambas manos le causaron la derrota frente a Logan, doblegó en el segundo asalto a Voy Clay, en pelea celebrada en el Auditorio Olímpico de Los Angeles, ante 6.500 espectadores.

COMIENZO DEL FIN

Entre los asistentes a aquel pleito estaba el veterano boxeador Archie Moore, campeón mundial de los medio pesados, quien, favorablemente impresionado por las condiciones de Lavorante, dejó entrever que le gustaría enfrentarse con él.

La pelea, con George Parnassus como promotor, se concretó para el mes de marzo en Los Ángeles. Se garantizó una bolsa de US$ 30.000 dólares, con opción al 35% de la recaudación para el campeón mundial de los medianos, Moore, y el 25% de la misma recaudación para el peso completo Alejandro Lavorante, quien un mes antes había sido distinguido por la Asociación de Redactores de Boxeo del Sur de California como el Boxeador del Año, con referencia a 1961. En el acto de reconocimiento se hizo presente hasta Joe Louis, legendario campeón mundial de todos los pesos y fervoroso creyente de las capacidades del argentino.

La pelea fue casi un drama. El viejo Archie Moore, como si no pesasen en él los 48 años que por aquel entonces contabilizaba, dominó el combate y doblegó a su adversario de sólo 26. Fue tanto el castigo infligido al mendocino, que por momentos se pensó en un desenlace trágico como el acontecido con Benny “Kid” Paret, pues el norteamericano con un repetido castigo a la línea baja, dejó sin piernas a Lavorante, quien por primera vez fue duramente golpeado en el rostro.

Luego de suspenderse la pelea en el décimo asalto por nocaut técnico, el árbitro y el propio Archie Moore, gran admirador de Lavorante, llevaron a Alejandro hasta su propia esquina. Poco después manifestó Moore: “Si lo tuviese bajo mis órdenes en mi campo de Saly Mines, en dos años haría de Lavorante un campeón del mundo”. El duro contraste frente a Moore, que entorpeció las pretensiones de Lavorante en cuanto a título mundial de los pesados se refiere, le llevó a pensar en dejar definitivamente el boxeo y aceptar la propuesta del famoso cantante Frank Sinatra, quien consideraba que el argentino podía ser una figura de atracción en los centros musicales de Las Vegas, además de personaje en películas cortas para la televisión, dada su enorme ascendencia entre el público femenino de país del norte.

LA TRAGEDIA

Pero el boxeo tiene un rostro cruel. Antes de 100 días, Alejandro Lavorante, ablandado para siempre por Archie Moore, volvió a subir al encordado. Pinky Georges, su promotor, no podía mantenerlo inactivo, ya que los dólares eran el negocio primordial. Con una actitud mafiosa y criminal lo llevó a combatir con quien luego sería el más grande de la historia, Cassius Clay, luego Muhamad Ali, un boxeador invicto, campeón olímpico, que venía de abajo en el profesionalismo, en ascenso vertiginoso, y que no encontró mayores dificultades en su enfrentamiento con Lavorante, a quien le aplicó un feroz castigo en cinco asaltos, para un nuevo y consecutivo nocaut técnico fulminante.

Dos meses después, y manteniendo el concepto de máxima irresponsabilidad por parte del manager y la respectiva comisión para con un hombre que venía de perder dos durísimos pleitos, con características de “paliza”, se le programó una nueva pelea, en esta ocasión frente a Johnny Riggins, un boxeador desconocido pero ambicioso. Una vez más en Los Ángeles, Alejandro Lavorante subió, a lo que podría denominarse para él como un suplicio, un trágico 21 de septiembre de 1962. En el sexto round cayó a la lona, no sólo por 10 segundos, sino por algo más de 10 minutos.

LA OSCURIDAD

Una intervención quirúrgica de cuatro horas, practicada por el doctor Dewit Fox, no mejoró sustancialmente la salud de Lavorante, quien paralizado, mudo y sordo, comenzó a pelear, sin muchas posibilidades, con la muerte.

Después de casi siete meses de incertidumbre y a pesar del concepto de los médicos que se oponían al traslado, Alejandro Lavorante emprendió el retorno a nuestra provincia. Casi sobre la una de la tarde del domingo 5 de mayo de 1963, llegó al aeropuerto internacional de Ezeiza. Una enorme multitud encontró en las flores y los pañuelos blancos, agitados frenéticamente, la forma más emocionada de solidarizarse con sus padres, Alejandro y Lidia, e igualmente con sus hermanos José María, Lidia Juana, Juan Antonio y Félix Alfredo, cuando el insensible cuerpo de Alejandro fue bajado en camilla por la escalerilla del avión.

Era ya un ser inerte, sin razón y sin conciencia, biológicamente vivo e inclusive pudiendo cumplir algunas funciones vitales como comer, levantarse, pero sumido en total oscuridad mental, sin posibilidad de reconocer a ninguna persona, ni aun a sus padres, sin saber al menos quién era él.

FIN DEL SUPLICIO

A los 28 años, aquel primero de abril de 1964, falleció el pugilista, que había nacido el 28 de octubre de 1936. Su récord fue de 24 peleas, 19 ganada por KO y 5 pérdidas, cuatro de ellas por fuera de combate, y las que lo llevaron a ese destino trágico, dramático y cruel, que en aquel entonces nos hacía ver que el boxeo era una de las prácticas deportivas más antiguas de la humanidad, a la vez que controvertida, y con gran cantidad de detractores, que, con serios argumentos, han llegado a exigir a los largo de los años, su abolición, y que hacen que uno, que ha seguido este deporte con pasión mucho tiempo, reconozca la validez de algunas de esas opiniones, fundamentadas en dos aspectos: lo cruel de la práctica, sobre todo cuando se hace fuera de reglamento y técnica, y por el manejo mafioso que de él se ha hecho en varias épocas de la historia, sobre todo en los Estados Unidos, como es el caso de la explotación de la que fue víctima el querido Alejandro Lavorante.

UN POEMA DE SANTORO

En el libro Crónicas de Guantes se rescata una parte del poema que le escribiera ese tremendo poeta popular y gran amigo que fue Roberto Daniel Santoro, uno de los tantos detenidos-desaparecidos por la dictadura militar de 1976, y que dejó como lema de su poesía profunda: “Yo amo. Tú escribes, él sueña, nosotros vivimos, vosotros cantáis, ellos matan”.

Roberto, a la muerte de Lavorante, escribió:

LLEGÓ LA PRIMAVERA

Lavorante sube y baja
y el gringo se cae y cae
y el cerebro no respira
ni respira su nariz
y hasta el fin gringo muchacho
adentro
y fuera del ring
tu nombre como metralla
que te vas
se fue
lo sacaron por la cara
por el dólar
la cabeza la mortaja
si te vas
Alejandro Lavorante
a Dios le tiramos la toalla
chau hermano
no te vayas.

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