“Apocalypsis now”, titulamos hace tres semanas. Se veía venir: el aislamiento era necesario. Argentina está en el peor sitio de todo el mundo, no en total pero sí en los números de los últimos días. La situación es extrema en cuanto a contagios y muertes

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

  La sociedad no se daba por enterada. Entre la negación del peligro que es propia de la mente humana, el cansancio, cierta irresponsabilidad, se pretendía que todo estaba medianamente normal.  Algún infectado conocido, por aquí y por allá, muertes sabidas desde cerca y desde los medios de comunicación, encendían las alarmas. Pero muchos pretendían ignorar la situación.

  La actitud del gobierno de Rguez. Larreta, con una obtuso ocultamiento de la gravedad de las cosas, colaboraba a la negación, a la cual aportaban muchos medios de comunicación alineados con la oposición política nacional. Bullrich seguía diciendo cualquier cosa, que hay que mantener la escuela pero que estamos mal porque no hay vacunas (si estamos mal, no se puede ir a la escuela), tan luego de decir que esas mismas vacunas eran veneno. La Corte Suprema de la Nación, en un acto de pérdida vertiginosa de la escasa legitimidad que pudiera quedarle, mandó a seguir la fiesta de papás esperando en la puerta de los colegios, y chicos tomando transportes públicos para concurrir. Ahora hay 44 niños en terapia intensiva del Garrahan. ¿Se hará responsable el quinteto judicial que en su momento prohijara el 2×1 para perdonar genocidas, y que fuera arrasado por la respuesta social?

  No hay mucho por discutir. El tema no es si comercio sí o comercio no, o escuelas sí o escuelas no (estas últimas pueden pasar a la virtualidad). Es como discutir, cuando se está incendiando la casa, si tenemos que salvar un inmenso ropero que es muy valioso. Es valioso, pero insalvable: hay que salir urgente para no morir quemados. Acá es igual: o aislamiento tal cual lo sostienen todos los expertos en sanidad, o hundimiento en una serie inacabable de contagios y muertes. Ya ha habido casos, en muchos sitios del territorio nacional, de personas muertas por no haber encontrado camas disponibles: a más negación por parte de ciertos gobiernos provinciales, más casos de este tipo. En Córdoba murió un hombre en su casa por esta razón, el jueves de esta última semana.

  Es de lamentar que se haya mezclado con cuestiones electorales las decisiones contra la pandemia. Este breve retorno a fase 1 –que quizá sea insuficiente por esa brevedad- el gobierno nacional debió decretarlo hace tres o cuatro semanas. Hubo cierta lentitud en la resolución. Al margen del error que pueda caber en alguna de las autoridades competentes, no cuesta advertir que la actitud irresponsable de buena parte de la oposición nacional, colaboró a ello. Las actitudes negacionistas en la televisión –dentro de las cuales las de Viviana Canosa alcanzan el paroxismo de la teatralidad y el absurdo-, más el encono de la cúpula de Juntos por el Cambio, han llevado a que hubiera miedo de tomar decisiones drásticas. Pero a éstas, ya no se las pudo postergar.

  Cierto que la atención pública también está en que la inflación que dejó Macri no cede, en la situación difícil de un “Pepín” Rodríguez Simón fugado al Uruguay porque su teléfono muestra llamadas muy curiosas (al jefe de la Corte 50, a un periodista del diario más leído alrededor de 150), en proteger a la propia familia de la peste. La sociedad se preocupa poco de las cosas que dice la TV: incluso muchos sectores de clase media que comparten cualquier afirmación –aunque sea sin ton ni son- en contra del gobierno nacional, a la hora de la hora se vacuna, y a la hora de dejar de pagar el impuesto a las ganancias, agradece que ya no le toque hacerlo.

  En todas partes del mundo hubo quien quemaba barbijos, y quien se oponía a las medidas sanitarias en nombre de la sagrada libertad de ir a tomar cerveza. Pero en ninguna parte ocurrió que la persona que dirige el principal partido opositor, convoque y participe de esos encuentros demenciales. La Argentina ha tenido ese amargo privilegio, del cual cosecha el amargo fruto de decisiones que, si se hubieran tomado antes, hubieran evitado no pocos contagios.

  Estamos a tiempo de salvar otras vidas, y de impedir nuevos casos de enfermos. Hagámoslo. La hora exige seriedad y responsabilidad. Sin ello, cualquier desastre sanitario es posible.-

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