¿El agua o las aguas? ¿El mar o la mar? El agua merece respeto siempre: es  sagrada. Sea la que colma un vaso, sea la que se extiende en vastos océanos. Es tiempo de hablar de las aguas infectadas mortalmente por el cianuro y por los agroquímicos, y de hablar de las aguas ahora condenadas a la obscena cotización de la Bolsa de Wall Street

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Hace casi cinco años, en este espacio, escribí una columna que sonaba pesimista y delirante: me refería al “impuesto al sol”, en España. Aquella reflexión, a partir de una información, desgraciadamente ha sido superada por la novedad de que ahora el agua se somete a cotización en los funestos templos neoyorquinos de las finanzas mundiales.

   Para seguir avanzando, retrocedamos; y vayamos por partes: reanudemos la reflexión de hace media década. Retomemos la pregunta: ¿En qué cabeza cabe un “impuesto al Sol”? En la cabeza de los buitres que manejan las economías (burbujas) del mundo con la careta bondadosa del (neo)liberalismo (que simula ser “republicano y democrático”).

   Estoy refiriéndome al Partido Popular que por aquel entonces gobernaba una España sembrada de más de 5 (cinco) millones de desempleados. El dulce Mariano Rajoy, tras una batalla de años enarboló la tremenda bandera del Impuesto al Sol. Lo hizo en pulseada contra todos los partidos de la oposición. Hasta que en octubre del año 2015 se dio el gusto del gran zarpazo. Consiguió un impuesto para asfixiar a los nobles ciudadanos que se manejan con los paneles domiciliarios de la energía solar fotovoltaica y mini eólica, es decir, contra quienes generan su electricidad propia de cada día y de cada noche a través de energías renovables. Inconcebible, ¡un impuesto al Sol!

   Este insólito tributo sancionaba la iniciativa de quienes sanamente intentaban producir su electricidad casera. Precisamente a ellos se los acogotó con un alevoso peaje; esto, increíble, para desalentar a los ejemplares hacedores de “energía limpia”. Recordemos que los paneles domiciliarios constituyen un servicio esencial para la salud de este planeta que insiste en suicidarse al compás del (neo)liberalismo. El caso es que los paneles en las casas alarmaron al voraz gobierno conservador del señor Rajoy. ¿Por qué? Porque Rajoy y su banda consideraron que esto afectaba a los intereses de las grandes compañías productoras y administradoras del suministro eléctrico.

    Tengamos presente que el autoconsumo eléctrico, la minienergía eólica conseguida domiciliariamente con paneles solares viene siendo muy recomendada por los organismos europeos preocupados por el “destino ecológico del planeta”. Con el novedoso impuestazo de Rajoy se coartaba esa preciosa siembra de electricidad manual, conseguida a pulso. Es decir, que con el impuesto se volvió mucho más caro el autoconsumo que el suministro de electricidad habitual. El insólito impuestazo defendía, sin pudor, los intereses de las (privatizadas) mega compañías hacedoras de electricidad.

   Dicho de otro modo: al PP español le importa, ante todo y después de todo, aumentar la recaudación de impuestos. Que el planeta se las arregle y, llegado el caso, ¡que reviente!

   Bajemos, hagamos pie ahora en nuestro presente cuando, de repente, el acceso al agua empieza a cotizar en Bolsa. No es un rumor, es una noticia comprobable. La semana pasada empezaron a evaluarse en las bolsas de Wall Street los “derivados de futuro de agua”Es decir que cotizarán junto a los del oro, a los de la devastadora soja y a los de la mismísimo petróleo. El subtexto evidencia que ya mismo hay que alarmarse por la escasez de recursos naturales en años muy cercanos.

   El detonante: Los incendios forestales y una sequía de ocho años que afectaron la franja de la costa oeste de los Estados Unidos. El estado de California convertido en la zona crucial. A partir de esta situación es que se recurre a la Bolsa como prevención y como apuesta, referida a “la disponibilidad y al precio futuro del agua”… “Los fondos financieros perciben que una de las grandes dificultades para la economía global en los próximos años tendrá que ver conla falta de disponibilidad, con la creciente carencia de agua potable en varias partes del planeta.”

    Recordemos cuando el presidente Donald Trump abandonó la cumbre sobre el Cambio Climático realizada en 2015. No sólo la abandonó, se mofó del Acuerdo de París. Puro matonismo histriónico, al estilo Mussolini. De algún modo, la primera potencia del mundo se está haciendo gárgaras con el suicidio planetario.

   Innegable: a todo esto, la de las Naciones Unidas es apenas una vocesita traspapelada. Cada vez resulta más angustiante la caída en “la disponibilidad de agua”. Oscilamos entre las inundaciones imparables y las sequías impiadosas. Las cifras ¿golpean nuestras conciencias? Más de “dos mil millones de humanos habitan en países con problemas de acceso al agua y dos tercios del mundo están a un paso de enfrentarse al apremio de la dramática escasez.”      

    ¿Cuándo sucedería esto?  Este futuro horroroso sí que ya nos llegó. Estamos hablando de los próximos cuatro años. Si veinte años no es nada, cuatro años ¡es hoy!

    Y la Argentina, a todo esto ¿qué pito toca? Nuestro país posee la fortuna de una reserva de acuíferos que la ubica en una situación de privilegio en un mundo en el que unos 4.200 millones de personas no tienen ingreso a los sistemas de conversión y saneamientos de aguas. Ya es del dominio público que más del 80 por ciento de las enfermedades (algunas endémicas) se deben al consumo de agua podrida. Sólo el 3 por ciento del agua del planeta es potable. Cálculos razonables nos avisan que en los próximos 30 años la humanidad consumirá casi el 45 por ciento más de agua.

     Pero ojo al piojo con la situación privilegiada de la Argentina. Hace años que estamos malversando, aniquilando este regalo de la madre tierra. Por un lado, estamos envenenando a nuestras aguas pesticidas o minería mediantes. Paralelamente venimos malvendiendo, rifatizando pedazos de mapas que hasta incluyen cuantiosos lagos.

    ¿Qué esperamos para tomar conciencia? La humanidad se acostumbró a guerras usadas para saquear petróleo; próximamente estamos a las puertas de inminentes guerras para saquear el agua, ese sagrado derecho humano.

    No es todo: el agua con cianuro, degenerada con los criminales pesticidas sojeros, mata despacito, trabaja para la muerte de inocentes. Trabaja hasta en los feriados y fiestas de guardar.

   El agua con cianuro y con pesticidas, genocida.

   Damas y caballeros ¿hasta cuándo vamos a hacer la vista gorda?

   Si asistimos a una transversalidad en la perversión tenemos que afrontar una transversalidad en la resistencia.

    No nos podemos distraer ni hacer la vista gorda. ¿Vamos a seguir escondiéndonos en la indiferencia activa?

    Por algo será que los magnates del primer mundo nos vienen “comprando” impunemente pedazos de mapas paradisíacos; justamente los trozos de mapa que anidan las aguas de lagos enteros que ya maravillaban a a una tal Eva y a su compañero, un tal Adán.

    No falta tanto, lo padecerán nuestros nietos: un barril de agua valdrá muchísimo más que un barril de petróleo, y que una barra de oro.

   Y tengamos presente que la sed de los humanos no se puede calmar ni disimular con un vaso de petróleo. Así de simple.

   La sed de los humanos tampoco se puede engañar con un conteiner de oro.

             Pero no nos vayamos tan lejos: aquí nomás podemos ver los estragos del cianuro, el genocidio de los pesticidas. Y podemos ver cómo se rifatizan pedazos de mapas muchos más extensos que varias capitales federales juntas. ¿Tenemos idea acaso de la cantidad de “islas Malvinas” que hemos rifatizado desde la década del noventa a hoy?

              ¿Nos vamos a resignar a seguir en manos de los buitres de afuera y de los buitres entregadores de adentro? No miremos la punta del dedo, miremos lo que el dedo señala. El cianuro no tiene la culpa de sus estragos. El cianuro no tiene la culpa de sus venenos. Es “usado”. Pasa como con la piedra: ¿acaso la piedra tiene la culpa de la pedrada?

    Si hemos de ser intransigentes y hasta arbitrarios, preferible que lo seamos si es para salvaguardar la soberanía, la patria del agua.

   ¿La patria del agua? Hablemos con propiedad. la matria del agua, sumada a la patria del aire,  conforman la mapatria grande. Grande y esencial e irrenunciable. Pedazos de mapa tan extensos como provincias, actualmente pertenecen a supermillonarios que comparten acogedoras reposeras con mandatarios cholulos, pusilánimes e invertebrados.

    Esto sucede más acá de nuestras narices. Y ante eso, caramba, qué curioso: no hubo banderazos de protesta alrededor del obelisco. Y no hubo tampoco cacerolazos en la Recoleta, ni en Puerto Madero, ni en el Barrio Norte de la opulenta ciudad de los Buenos Aires. Sólo hubo silencio indiferente. Y el silencio es complicidad. Qué casualidad: “complicidad” rima con “impunidad”.

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