“No es lo que parece”, dicen ciertas películas yanquis. Y ciertamente, bajo las condiciones del poder imperial, difícilmente alguna vez conozcamos la verdad

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

  Assange preso, habiendo sido violado su asilo diplomático. Snowden, viviendo en algún escondrijo en Rusia, porque donde se lo encuentre es hombre muerto. Manning siempre expuesta en los Estados Unidos, tras haber sufrido cárcel varios años. [email protected] quienes desafiaron al secreto  que pretende Estados Unidos en cuanto a su expansiva política exterior, sufren hoy persecución encarnizada. Y no es en vano: seguro hay mucho por ocultar.

  Ahora que se cumplieron 20 años del horrendo atentado a las Torres Gemelas, siguen existiendo interrogantes sobre lo que efectivamente sucedió. Por qué las Torres cayeron sobre sí mismas, en una especie de “caída ordenada”: por qué se derrumbó una tercera, de la que poco se ha hablado; qué ocurrió en el Pentágono, con ese tercer avión que habría golpeado a una construcción tan baja que cuesta imaginar haya ocurrido. Qué fue eso de “guardar” al equipo gobernante como en situación de ataque nuclear, de modo que los organismos de seguridad fueron el gobierno efectivo de EE.UU. por varias horas. Más las preguntas sobre quién organizó la acción, dado la sospechosa ausencia de grandes empresarios en las Torres aquel día, y el bastante conocido romance financiero entre las familias Bush y Bin Laden.

  Difícilmente sabremos la verdad, pero hay indicios suficientes de que el relato oficial es incompleto, cuando no mayoritariamente falso. Lo cierto es que de los atentados surgió la Ley Patriótica con la que puede espiarse impunemente a todo ciudadano estadounidense, y que justificó avances fuera del propio territorio como los de Irak, Siria, Libia y Afganistán. Avances que han sido mayoritariamente fracasados como acciones militares, pero que pueden haber llevado propósitos secundarios. Veamos lo de Afganistán.

  Estados Unidos ha soportado una gran humillación al salir de ese país. La estrategia militar había sido la de quedarse lo más posible, ya no la de ganar una guerra. Manejar el comercio del opio y dominar un área geoestratégica desde Occidente hacia China y la India. Eso se cumplió. Entonces, ¿por qué se retiró Estados Unidos?

 Empresarios fabricantes de armas, militares y burócratas participaron del enorme negocio de la guerra, más el de la heroína que algunos seguramente manejaron. Para el Estado fue un gasto, pero para las elites fue enorme ganancia. No en vano EE.UU. estuvo en el origen de todos los monstruos contra los que luego justifica sus guerras: los talibanes son parte de los muyaidines entrenados para enfrentar a la URSS cuando su invasión; Bin Laden fue parte de esa lucha inicial donde iba junto al gigante del Norte. El fantasmal ISIS (Estado islámico) surgió como de un repollo, manejando de pronto armamento de alta sofisticación, capacidad de administración estatal, y amplia expansión territorial: fue un invento de Estados Unidos para sus incursiones en Irak y en Siria, que se le fue luego de las manos.

  Estados Unidos se retiró de Siria, se fue ahora de Afganistán. En este último sitio las tropas locales, sus aliadas, no movieron un dedo contra el avance talibán. Es evidente que no tenían convicción alguna, que todos estaban hartos de la ocupación extranjera inútil, como es también evidente que tampoco existía decisión estadounidense de resistir.

 Para el Estado era guerra cara, y quedarse indefinidamente no tenía sentido. La modernización del país no se había dado, y ya no iba a darse. Con la vergonzosa connivencia europea, Estados Unidos había mostrado que no podía conformar una democracia al estilo occidental en Afganistán, ni mejorar sensiblemente el nivel de vida de la población.

  Había que irse. Pero nadie crea que se fueron sólo para humillarse en la derrota. No sólo agitan a los grupos locales enemigos de los talibanes (en este momento asediados, pero que seguro continuarán luchando): se han “colgado” de la necesaria protesta occidental sobre el rol de las mujeres con el gobierno talibán, para hacer la farsa de lo bien que se estaba antes con ellos. La ingenuidad de algunas protestas del progresismo europeo y latinoamericano ha llevado a no advertir que exigir derechos humanos a los talibanes, no debiera presentar a la pasada ocupación como un turístico período de albedrío para los locales, incluso sus mujeres. Cincuenta mil civiles fueron asesinados en bombardeos, esperablemente mujeres cerca del 50%. Más los  casos de prostitución inducida y de abusos; las tropas de ocupación nunca son un paraíso.

  Estados Unidos deja un país cercado por la prensa internacional, en enfrentamiento armado interno, dividido en diversas tribus, económicamente desastrado. Un país inestable, que seguramente Estados Unidos buscará desestabilizar más. ¿Para qué? Para que algunos digan que cuando ellos estaban se vivía mejor, pero sobre todo para crear un espacio de violencia y conflicto cerca de China, de Pakistán y de la India, países hiperpoblados y de insegura geopolítica (o de segura geopolítica contraria a EE.UU., como la de una China en constante crecimiento económico).

 No todo es el helicóptero huyendo y el aeropuerto asestado. El huevo de la serpiente ha quedado anidando. La gran potencia no se ha retirado de su presencia efectiva –si bien ahora más indirecta- en este eje asiático de acceso hacia el Lejano Oriente.-

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