Por Diego Barovero

Se cumplen noventa años del acontecimiento que marcó la tónica de la segunda mitad del siglo XX en la República Argentina: el primer golpe de Estado, que el 6 de septiembre de 1930 derrocó el gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen, quien había asumido por segunda vez el gobierno con una mayoría abrumadora: casi 60% de los sufragios, el doble de votos que sus adversarios.


La nota característica de la segunda presidencia yrigoyenista fue la lucha por la igualación de derechos sociales (descanso dominical, jornada laboral de 8 hs.) y por la nacionalización del petróleo y la acción de YPF, bajo la dirección del general Enrique Mosconi.

El país necesitaba la ley de nacionalización del petróleo, y de esta manera se aseguraba la propiedad de su riqueza, el monopolio de su explotación, transporte y comercialización.


La ley de nacionalización del petróleo -como otras de Yrigoyen- había sido aprobada en diputados pero sufrió la obstrucción de los conservadores en el Senado. Un testigo calificado contaba que allá por el año 1928, antes de las elecciones le preguntaron a don Hipólito por qué quería ser nuevamente presidente, a lo que éste habría respondido: “Vuelvo por mi ley de petróleo”.


La campaña de desestabilización y desprestigio de Yrigoyen y su administración se basó en el uso abusivo de la absoluta libertad de expresión y de prensa imperantes y adjudicó al presidente radical debilidad y falta de actividad. Sin embargo, en el bienio 1928/1930 el Boletín Oficial acusa la producción de 2.918 actos -Decretos- del Poder Ejecutivo y 8.529 resoluciones ministeriales, sobre diversos temas de administración.

El domingo 7 de septiembre debían realizarse elecciones en Mendoza y San Juan para normalizar la situación de ambas provincias que estaban bajo la intervención federal, de las cuales surgirían gobernadores radicales y cuatro senadores que colocarían a la UCR yrigoyenista a sólo un voto de la mayoría en la Cámara alta. Pero un sonido metálico y siluetas marciales asomaron en Buenos Aires en la madrugada del sábado 6, sonido que puso fin a una época y cambió para siempre la historia argentina. Para peor.