Supe de vos sin conocerte alguna tarde en ciudad de México, ese sitio que nos recibió sin dejar de ser ajeno, en tiempos de exilio. Allá por fines de los años setenta, una prima –que también ya se fue– quiso acercarme Mendoza, y lo hizo a través de un libro tuyo de poemas

Por Roberto Follari para Jornada 

Costumbristas, lugareños, sin dudas que cumplieron el propósito: me acercaban a la vida provinciana, a los afectos extrañados, a los paisajes queridos. Ella se había cuidado de pedirte que autografiaras el libro, de modo que contaba con dedicatoria, y pudiste interpretarme: dijiste de la tristeza de la distancia, y de la esperanza del retorno.

También envió ella algún caset –ese añejo mecanismo hoy desconocido– donde grabó parte del programa “Hola, país!”. Se desgranaba allí la crítica a la dictadura, valiente sin dudas, porque los tiempos eran de desapariciones y torturas. Lo hacías dosificando, cuidando límites en las palabras, no podía ser de otro modo. Pero con claridad: los censores no han de haber estado contentos.

Después pude retornar, pudimos volver. Y asistí a alguno de tus espectáculos, escuché muchas de tus alocuciones radiales, leí varias de tus páginas escritas en diferentes medios.

Y mientras, tuvimos “Otoño en Mendoza”, tu mayor legado. Un fresco de lo que somos como provincia, de nuestros gustos, paisajes y pareceres. No naciste en Mendoza, pero pudiste decirla como pocos. Otros Sosa (Pocho, Mercedes) la harían inolvidable.

Nos pasó de todo: los levantamientos carapintada, el neoliberalismo menemista con los Alsogaray, la devastación del 2001, la deuda externa ilevantable. Y, como toda nuestra generación, perdiste parte de la esperanza y de la radicalidad, te hiciste un poco escéptico. No del todo, es cierto. Pero dibujaste el gesto que nos marca como generación: tristeza de haber soñado lo imposible, certeza de que la realidad es mezquina en lo que ofrece.

Te veía a veces en la facultad: en la carrera de Comunicación contabas desde tu experiencia: eras no un teórico sino un práctico del espectáculo, la radio y la TV.  Y me hiciste la confidencia de que te sorprendía que desde los lugares más inesperados (Estonia, la India) te pudieran llegar cheques por regalías del “Otoño en Mendoza”: no siempre abultados, pero cada vez promotores de sorpresa y orgullo.

No estarás ya en alguna vereda del centro, donde tantas veces te encontré y tantos otros te han encontrado. Allí mismo te alcanzó el final, caminando una de esas esquinas que eran tuyas. Pedazo que has sido de nuestros días y nuestro paisaje, seguramente sentiremos tu falta. Pero no nos faltarán, en cambio, aquella tonada entrañable, y el dejo triste de la generación que fuiste, ésa de los que no nos resignamos a la penuria de la realidad.


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