Ya asoma otro 25 de Mayo. Celebremos con reflexión. Pregunta: la soja, los glifosatos ¿pueden confundirse con la patria?

   Una vez puesta la pregunta en remojo, reanudo conceptos vertidos en esta columna hace cinco, hace diez y hace más de quince años. Cuando la realidad se reitera las preguntas también.

   Este año el sol del 25 alumbrará un día martes atravesado por una pandemia ecuménica. Los negacionistas, los que chicanean tratando de conseguir rédito político no se detienen ni ante centenares de muertes diarias. Pero con o sin pandemia la fecha trae a nuestro paladar la palabra patria.

Patria, palabra deshilachada y desteñida por el uso y el abuso.

Patria, palabra vaciada por tanto y tanto discurso incoloro, insípido, inodoro.

Patria, palabra ultrajada a rajacincha por los violadores de la Constitución, por los violadores de la Vida y de la Muerte; por los ladrones de identidades, por los secuestradores de criaturas en el umbral de los vientres.

Patria, palabra que siguen enarbolando con desvergüenza, amparados por la      la impunidad, los responsables hacedores de la (des)guerra de Malvinas.

Patria, palabra ofendida todo el tiempo por los mafiosos, por los dueños de la única verdad, por los que confunde impunidad con heroísmo, por los nostálgicos de la Mano Dura.

Patria, palabra ensuciada, extenuada, gastada, torturada.

   Hay modos de decir “viva la patria”. Y un modo necesario es tratando de que, al gritar “¡viva la patria!”, no escondamos un “¡viva la Pepa!” O el Pepe.

   Suspendamos nuestras urgencias, salgamos del barullo. Busquemos un espejo que no nos deje mentir. La verdad del milaneso y de la milanesa es que la patria, la nuestra, fue loteada, entregada, regalada, rifatizada al peor postor. No nos saquearon, nos saqueamos muy campantes desde adentro. No sólo vendimos las joyas de la abuela: vendimos a la abuela también.

   Así terminamos el siglo pasado convertidos en un “inexplicable” agujero con forma de mapa. Durante la mismísima democracia hubo tramos en los que el neoliberalismo nos endeudó sin pudor, sin asco, como en los tiempos de la dictadura más atroz.

   Damas y caballeros, no nos hagamos los distraídos, aquí sólo somos dueños de una deuda. Esa deuda la deberán pagar nuestros hijos, nuestros nietos, con buena fortuna los hijos de nuestros nietos… No, aquí no quedaron ni los mástiles, madremía, madre tuya, madrenuestra. Desgracia con suerte la ausencia de mástiles, porque ¿qué bandera íbamos a izar después del saqueo desde afuera y desde adentro.

La patria tiene paciencia, hasta que pierde la paciencia.

La patria, no lo podemos negar, aquí está pendiente.

   En la semana de Mayo que nos toca, transcurridos once años del bicentenario, nos haría bien recordar a los tan mentados próceres (congelados en el bronce y en el mármol). Aquellos próceres de Mayo eran tipos que se jugaban el pellejo, es decir la vida. No nos engañemos, aquellos personajes no estaban actuando para la crónica del  Billiken. Eran tipos que buscaban lecturas arriesgadas y asumían acciones temerarias. Estaban dispuestos a todo. Por allí andaban Castelli, Julián Álvarez, French, Paso, Berutti, Monteagudo, Belgrano, Moreno…  Eran jóvenes inteligentes, lúcidos, arriesgados, visionarios. Por distintos motivos los más brillantes de entre ellos no llegaron a viejos.

   Recordemos: un año antes otros jóvenes intentaron la misma revolución en Bolivia. Pagaron el intento con sus vidas. Vidas jóvenes, vidas treinteañeras. Recordemos: los revolucionarios del Cabildo de Buenos Aires eran curiosos y muy leídos, eran de libros tomar pero, ojo al piojo, en llegado el caso eran de armas tomar. Uno de ellos, Mariano Moreno, fue tal vez nuestro primer desaparecido. Al parecer a Mariano le ahorraron el trabajo de morirse, lo murieron con un tecito, una especie de purgante exagerado; esto cuando iba en barco a la Gran Bretaña. Y al mar entregaron el misterio de su cuerpo joven. Moreno, con el tiempo elegido patrono de nosotros, los periodistas, dijo algo que tendrá vigencia mientras tengamos dignidad: “Es preferible una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila”.

   Para muchos compatriotas esta ecuación es irritante, y debe ser “aniquilada”. Consideran que “la libertad lleva al libertinaje”, y la democracia también. Entonces, según ellos, mejor invocar al papito de Mano fuerte. Entonces mejor la servidumbre tranquila. En nosotros está la elección: elegimos la incomodidad de tener conciencia, o elegimos la comodidad de convertir a la digestión en nuestra única actividad cívica.

   A propósito de “libertades”: últimamente ha vuelto a asomar, con sus odios, una especie de “libertarios” que usan las palabras “libertad” y “república” y “democracia” para cantarse en la libertad, en la república y en la democracia. Por ejemplo, apuestan en favor de la pandemia para ganar en las urnas y, otra vez en el gobierno, a continuación, seguir loteando por tres chirolas lo que queda de “patria”. Por ejemplo el agua, que empieza a cotizarse más alto que el oro. Esto en un mundo que avanza hacia la sed ecuménica.

   En los 25 de Mayo se acostumbraba a concelebrar tedeum en la catedral porteña. Ya que tanto presumimos de la “libertad de culto” y de ser federales, el tedeum de nuestro credo oficial debiera ser pluralista. Ya basta de concelebrar en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La Capital Federal, aunque tenga el presupuesto más alto de la Argentina y de gran parte de la Patria Grande, ya es tiempo que sea una “provincia más”. Y en esos futuros tedeum no debieran omitirse los cultos de nuestros pueblos originarios, tan saqueados, tan señalados, tan exterminados en nombre de la “civilización”. Y hablando de cultos: no menospreciemos el culto a ella. ¿Quién es ella? La madre primera, la mama Pacha, la Pachamama.  

    Algo más: antes de que se nos vaya la Semana de Mayo, espejémonos en un espejo querido. Frente al entrañable espejo y su intensa memoria formulémonos una pregunta más: ¿Por qué esta patria nuestra está tan vaciada, deshilachada, empobrecida, hambreada y analfabetizada?

   La respuesta más fácil y frecuente es: “Lo que pasa es que hoy no tenemos ejemplos”. Algunos proponen el ejemplo de los próceres patrios. Eso no nos ha dado resultado, por lo visto. Ocurre que los próceres están lejos y congelados en la perfección del bronce. Los “ejemplos” los tenemos, realmente, más acá de nuestras narices, en los hombres y mujeres primordiales que trabajan, pese a todo, y que sueñan, pese a todo.

   Recordemos, por otra parte, que aquellos tan mentados próceres de Mayo no tenían próceres para tomar ellos como “ejemplos”. Ellos se hacían, eran en sí mismos el “ejemplo” que no tenían. Ellos se inventaban, ellos eran atrevidos, ellos preferían la incomodidad y los riesgos de una “libertad peligrosa” por sobre la comodidad y seguridad de una “servidumbre tranquila”.

   En nuestros corazones, en nuestros cerebros, en nuestros riñones, en nuestros güevos y güevas está la decisión. Elegimos los riesgos de la libertad o seguimos eligiendo la comodidad de la servidumbre.

Posdata.   Que no se nos traspapele el 25 patrio sin advertir que hay una parte (desgraciadamente cuantiosa) de nuestra sociedad que, encantada, confunde los tantos, celebrando la calamidad y las noticias penosas, siempre al compás del periodismo estelar.

   Se trata de los altos señores y señoras que suelen copar anualmente la rancia  Sociedad Rural. Estas gentes se consideran los dueños de la escarapela. Están convencidos de que la república se sostiene por ellos. Proclaman que son el sustento de la patria. Alevosamente, confunden glifosato con patria. Confunden la arrasadora soja transgénica con la patria. Fanfarronean mientras extenúan la tierra.. Siguen mirando más allá de la pampa húmeda, al país interior, como si fuese un baldío hediondo.   

   Esta es una de nuestras cuestiones a resolver, y pronto. Si es que no queremos quedarnos sin democracia. Y sin patria esencial.

   No olvidemos que la confusión es la madre (y el padre) de este conato de república. No le aflojemos. No nos aflojemos. Y no caigamos en la desesperanza. Puede haber patria sin que la arrasadora soja nos tenga agarrados de los güevos y de las güevas. Puede haber patria si es que nos damos cuenta que estamos en estado de pulseada. Y la pulseada siempre recién empieza. Viva el insomnio. Viva la patria. La patria es un insomnio. Y el insomnio –como la pulseada– recién empieza.

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