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Tecnología Investigación científica Martes, 8 de Enero de 2019

Un casco magnético contra la migraña y el párkinson

Cuando en el año 2016 le comentaron la posibilidad de colaborar con una investigación científica para tratar enfermedades neurológicas, a Luki Huber le pareció una idea maravillosa. "Mi padre sufría párkinson y demencia, así que cuando me hablaron del proyecto me pareció un regalo", explica.

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A sus 45 años, este diseñador industrial se hizo mundialmente conocido por su trabajo junto al chef Ferrán Adriá creando algunas de las herramientas y utensilios de El Bulli. Ahora, con su propio estudio independiente, se ha embarcado en una investigación pionera que podría ayudar a muchos pacientes a mejorar sus síntomas neurológicos, desde la migraña al dolor crónico, la epilepsia o el párkinson.

Su trabajo ha consistido en diseñar un 'neurocasco' que permite sujetar potentes imanes en diferentes regiones de la cabeza, con el objetivo de permitir la investigación con campos magnéticos estáticos. El dispositivo debía ser ligero, permitir la introducción de potentes imanes de neodimio en diferentes posiciones y tener un coste reducido. "Lo primero que hicimos fue un estudio sobre el tamaño de las cabezas", explica. "Como lo que manda en el diseño son las dianas sobre las que se quiere actuar, el resultado final es como una copia del cerebro pero en el exterior, y nos ha quedado una forma bastante bonita". Y aunque no tiene que ver nada con la cocina, reconoce que en alguno de los prototipos los receptáculos donde se insertan los imanes "recuerdan a un pimentero".


Experimentos con imanes
El proyecto principal nació de la mente del investigador Antonio Oliviero, uno de los neurocientíficos con más experiencia en el uso de la estimulación magnética transcraneal (TMS), un sistema muy consolidado y ampliamente probado que consiste en aplicar pulsos magnéticos en zonas específicas de la corteza cerebral para excitar o inhibir la actividad de las neuronas de manera no invasiva. Esta técnica, junto con la de corriente directa transcraneal (tDCS), se utiliza desde hace años en pacientes con distintas dolencias que van desde la depresión hasta el dolor de origen neurológico. En el hospital de Parapléjicos de Toledo, Oliviero aplica esta técnica regularmente a pacientes con "dolor crónico farmacorresistente", a menudo producto de lesiones medulares. "La respuesta es buena en al menos la mitad de los pacientes", explica. "En otro 30 por ciento la respuesta es parcial, lo que significa que mejoran ligeramente del dolor, pero se tienen que tomar menos dosis de morfina". Y solo en un 20 por ciento no tiene ningún efecto, lo que quiere decir que en la mayoría ofrece como mínimo la posibilidad de reducir la medicación, algo que en determinados pacientes con múltiples problemas resulta un gran alivio.


Pero el hecho de requerir grandes aparatos limita la forma en que se puede aplicar esta terapia. La idea de utilizar imanes se le ocurrió a Oliviero mientras investigaba sobre los mecanismos fisiológicos por los que los campos magnéticos actúan sobre las neuronas. "Quería saber si hay algo que un campo magnético estático pueda hacer sobre la corteza", recuerda. Corría el año 2009 y apenas había algo de literatura en modelos animales, así que aprovechó su experiencia para medir los efectos en humanos. "Me di cuenta de que los imanes de neodimio son baratos y potentes y que se podía fabricar un placebo fácilmente, mediante un cilindro de acero niquelado con el mismo color". Y en los primeros experimentos con pacientes, publicados en 2011, él y su equipo observaron que si colocaban el imán durante 10 minutos en determinada zona de la corteza, la excitabilidad de las neuronas se reducía y el efecto se mantenía durante un tiempo.
Comenzó entonces un trabajo que ha desembocado por ahora en dos interesantes ensayos clínicos que están en fase de desarrollo para probar los efectos de esta técnica no invasiva en personas con migraña y en pacientes con párkinson. El primer ensayo, dirigido por el propio Oliviero, consiste en colocar los imanes en la zona occipital (la parte trasera del cráneo, donde se encuentra la corteza visual) y comprobar si el campo magnético contribuye a reducir los episodios de migraña con fotofobia. El principio por el que actúa es sencillo, aunque aún no se comprenden del todo los mecanismos. El imán hace que las neuronas estén más "lentas" y, según los experimentos realizados por el equipo de Juan Aguilar en su laboratorio, algunas dejan de disparar. Al ser la migraña un problema de hiperexcitabilidad de la corteza visual, la aplicación continuada del imán ayudaría a frenar estos episodios.


En una primera fase preliminar el equipo de Oliviero ya ha visto que en personas sin migraña la aversión a la luz intensa se reduce después de aplicar la terapia. "Si te pongo una luz muy fuerte en un ojo te resulta muy molesta, pero si te la pongo después de aplicar el imán hemos visto que te molesta menos", explica. Con estos datos, en los primeros meses de 2019 se pondrá en marcha el ensayo clínico controlado, mediante doble ciego (algunos pacientes llevarán imanes y otros no y ni ellos ni el investigador sabrán quién porta el placebo) para ver si la aplicación de estos campos durante 20 minutos al día reducen los dolores de cabeza en las personas en las que es la luz la que desata las crisis.
"El escenario ideal, si esto funciona, sería conseguir reducir mucho la severidad y el número de ataques de migraña", explica Oliviero. "Una persona con este problema podría ponerse el casco durante media hora al día mientras ve la tele o escucha música y reducir sus crisis". "Esto supondría reducir el número de fármacos, que aparte de tener efectos adversos, es un problema en mujeres en fase de lactancia, mujeres embarazadas y en pacientes de otras patologías que ya toman una grandísima cantidad de fármacos", añade. "No es una solución definitiva, pero podría ser una alternativa barata, segura y portátil para una gran cantidad de gente".

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