El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Sergio Levinsky Desde Buenos Aires Lunes, 24 de Setiembre de 2018

La abismal diferencia entre un equipo y la suma de once jugadores

River Plate se acostumbró, en estos tiempos de Marcelo Gallardo como director técnico, a ganarle a Boca Juniors, y otra vez lo consiguió ayer en la Bombonera y con mucha claridad más allá de polémicas que siempre surgen, un cabezazo de Carlos Izquierdoz que terminó con la pelota en el travesaño o la gran actuación de Franco Armani.

En el balance final, aunque el director técnico de Boca, Guillermo Barros Schelotto, pueda declarar, de forma tribunera, que “no nos superaron tácticamente”, es claro que ocurrió todo lo contrario por una sencilla razón: River es un equipo. Tiene un funcionamiento colectivo que puede tener una mejor o peor tarde, pero hay una base, una estructura que sostiene a cada una de las individualidades. El de Gallardo es un conjunto.

En cambio, Boca son momentos. Es de un rendimiento espasmódico que obedece a cómo se encuentren sus individualidades. Depende de que Cristian Pavón desborde, que Darío Benedetto recupere, por fin, su racha goleadora luego de meses de ausencia por lesión, o que el colombiano Wilmar Barrios quite pero encuentre a alguien libre (esto significa que alguien se acuerde de colocarse cerca) para poder pasar la pelota, o que los defensores emboquen su rechazo hacia un compañero y no al rival o, directamente, no le acierten al terreno de juego.
Boca, pese al bicampeonato nacional, sigue sin ser un equipo. Es la suma de individualidades, que acaso compongan el plantel más completo ya no sólo de la Argentina sino, acaso, de Sudamérica, pero si suele ocurrir que en los partidos importantes no ingresan los once adecuados de acuerdo con las circunstancias, los rivales y los rendimientos de los últimos tiempos, siempre acabará complicándose sin responsabilidad de lo que ocurra con su rival de turno.
Y vaya si River lo sabe y por eso, porque ya lo eliminó de las últimas copas internacionales y le ganó la final de la Supercopa argentina, volvió a encarar el Superclásico en la Bombonera, con todo el público en contra, como si fuera un partido de Copa, de esos en los que hay que jugarse el todo por el todo, con un invicto que ahora llega a los 29 partidos consecutivos.
Si se toman en cuenta las alineaciones, podría concluirse que ambos salieron con planteos similares (4-3-1-2). River, con Gonzalo Martínez, en un gran momento, detrás de Lucas Pratto y de Rafael Borré. Boca, con Carlos Tévez, apenas en una mínima levantada luego de meses de muy bajo rendimiento, por detrás de Darío Benedetto, con las limitaciones ya señaladas, y de Pavón.
La enorme diferencia no sólo estaba en los enlaces entre la línea de tres volantes y los delanteros de cada lado, sino también en los que jugaron detrás de los encargados de los ataques. Porque  no es para nada lo mismo que a Barrios lo acompañen un metedor pero confuso con la pelota Nahitán Nández, y un novato Agustín Almendra, que necesita muchos partidos para consolidarse y que por momentos hace recordar a la obsesión de los mellizos Barros Schelotto con Rodrigo Bentancur, ahora suplente en la Juventus, que los que acompañan a Leonardo Ponzio en el medio de River, Exequiel Palacios y Enzo Pérez, con otro peso específico y con mucho más juego.
Y menos que menos resisten, hoy, una comparación Leonardo Jara y Gonzalo Montiel, y acaso un poco más Emmanuel Mas y Milton Casco.
Entonces, pese a que la disposición inicial de los dos era parecida, y a que Boca salió con todo impulsado por su gente, ese dominio territorial duró exactamente cuatro minutos hasta que River se fue acomodando, desplegando a sus jugadores, y entonces lo del local pasó a depender exclusivamente de dos remates de media distancia de Benedetto (uno, sacado magistralmente por Armani) y algún desborde de Pavón, en la punta de Montiel, aunque sus centros no tenían consecuencias porque nunca tuvo coordinación con el resto.
En cambio, River siempre llevó más peligro a partir de su coherencia colectiva, al mucho mejor juego de Martínez que de un ausente Tévez, y así fue que a los 15 minutos, el Pity remató, de primera, un error defensivo de Boca de derecha a izquierda, y colocó la pelota abajo, lejos de Agustín Rossi, con un golazo digno de las mejores ligas.
Ni siquiera la inmediata lesión de Martínez cambió el partido porque Gallardo hizo ingresar al colombiano Juan Fernando Quinteros para la misma función.
Recién cerca del final del primer tiempo, Barros Schelotto se dio cuenta de que necesitaba un conductor como Edwin Cardona, pero al salir Jara, Nández tuvo que hacerse cargo absoluto de la banda derecha y Boca quedó con una línea de tres en el fondo, lo que parecía muy arriesgado, y pese a otro dominio parecido del inicio del complemento, todo se desvaneció por no tener demasiado sustento, mientras River decidía replegarse primero con Bruno Zuculini ingresando como “doble cinco” al lado de Ponzio, aunque luego, al ver que Boca no lograba llegar, Gallardo volvió a leer bien el partido y refrescó su ataque con Ignacio Scocco por Pratto.
Ya sólo con esto, al ex jugador de Newell’s Old Boys le bastó para matar con otro tremendo bombazo y ya el 0-2 pareció inapelable. Boca fue más con vergüenza a buscar decididamente el descuento en los minutos finales, cuando Carlos Izquierdoz ganó de arriba y su cabezazo acabó con la pelota en el travesaño, y enseguida Armani sacó otra, monumental, cuando otro remate de cabeza de Mas tenía destino de gol.
Todo esto ocurrió cuando, por fin, Barros Schelotto hizo ingresar a un inexplicable suplente Mauro Zárate por Tévez, y al colombiano Villa por Benedetto, es decir que cuando por fin el nueve encontró la compañía de los dos extremos, el DT decidió sacarlo para quedarse con otro más retrasado que no siente la función (Zárate).
Quedan para resaltar dos aspectos. El árbitro Mauro Vigliano se equivocó dos veces, al no conceder penal para Boca en el primer tiempo por clara mano de Ponzio, y otra vez, al no expulsar a Cardona por un alevoso codazo a Enzo Pérez, que pareció una venganza de aquella injusta expulsión del colombiano en un anterior Superclásico en el Monumental por una situación casi calcada.
Pero nada cambia el concepto general. River ganó bien y fue superior a Boca, otra vez, porque es un equipo y se encontró con una suma de individualidades, no siempre bien elegidas para la ocasión, y que no tienen una idea madre.

Seguí leyendo en Sergio Levinsky