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Sergio Levinsky Desde Buenos Aires Lunes, 17 de Setiembre de 2018

Mientras espera a Messi, la Selección busca un modelo para armar

En el fútbol del siglo XXI no parece haber tiempo para perder. Las múltiples competencias y los ciclos que marcan los mundiales así lo indican.

Los europeos ya comenzaron a jugar la nueva Copa de las Naciones (armada para que los clubes poderosos puedan proteger a sus jugadores ante lo que llaman “el virus FIFA” que los cansa y los puede lesionar en viajes largos en amistosos “sin sentido” y entonces tengan que enfrentarse entre sí sin salir del Viejo Continente), y la Copa América de Brasil ya asoma para dentro de nueve meses.

Todo esto, sumado al rotundo fracaso del equipo nacional en el pasado Mundial de Rusia, parecía apurar la decisión de la contratación de un nuevo director técnico, aunque tratando, esta vez, de no cometer los errores de tantos años anteriores, cuando nunca se supo el criterio de la elección y siempre se trató de una determinación espasmódica, basada en modas, en el último campeón del torneo local, o el simple gusto del presidente de la AFA de turno.
Ahora, en cambio, Claudio Tapia, el actual presidente de la AFA, parecería estar curado de espanto y prefirió designar un director técnico interino como Lionel Scaloni, y en principio, éste parece haberse tomado muy en serio su función desde el punto de vista de su primera convocatoria para jugar dos amistosos en los Estados Unidos ante Guatemala y Colombia.
Más allá de los resultados, es claro que Scaloni apunta a dos ejes: dejar a su sucesor en el cargo (si bien podría comenzar a leerse que podría pretender continuar en el cargo hasta el Mundial 2022) una estructura armada con miras al futuro, y esperar, en lo posible, a un puñado de jugadores de la generación pasada, como Sergio Agüero, Sergio Romero, Nicolás Otamendi y a lo sumo, Ángel Di María.
Lionel Messi no está en discusión pero es evidente que el crack del Barcelona prefiere esperar un tiempo antes de decidir si regresa o no al equipo argentino, aunque no parece la mejor estrategia la de impedir que otro jugador utilice la camiseta número diez, porque todo termina transitando por el mismo carril que en el pasado: una cosa es sostener y reivindicar al mejor jugador del mundo y otra distinta, hacerle ver que es el dueño de todo, cuando ya esto lo perjudicó mucho en el pasado, y tampoco parece caerle simpática la situación.
Más allá de alguna elección discutible (siempre las habrá), no hay dudas de que Scaloni optó por caras nuevas que por lo general tuvieron un aceptable rendimiento, aunque Mauro Icardi no pudo demostrar todavía sus condiciones, y Paulo Dybala sigue sin encontrar las oportunidades para jugar, y lo mismo sucedió con Ángel Correa, con una inoportuna lesión.
En cuanto al sistema táctico utilizado, todo indica que si bien la selección argentina se encuentra en una fase de prueba, hay dos o tres elementos por señalar: la necesidad de establecer con claridad (juegue quien juegue) una medular, como en los viejos tiempos del fútbol argentino, que pase por el arquero, un zaguero central firme y con buena salida (los que jugaron, conformaron bastante), un volante central con recuperación, distribución y ubicación (creemos que Santiago Ascacíbar es el más parecido a Javier Mascherano en esta función), un organizador del juego (en este punto, no es fácil porque esa posición se fue perdiendo, pero Dybala parece el más indicado cuando Messi no juega), y un nueve goleador, que con Icardi y Giovani Simeone, y con Lautaro Martínez, ausente en las primeras pruebas, resulta suficiente.
Sin embargo, no pareció que esto fuera tan claro. De hecho, Scaloni optó por tres jugadores de buen pie (Exequiel Palacios, Gonzalo Martínez y Maximiliano Meza) por detrás del “nueve” (Icardi o Simeone), y a lo sumo en algunos momentos colocó un extremo algo retrasado (Cristian Pavón), lo que determinó escasa profundidad aunque buena administración.
Lo importante, en este momento, no son los resultados sino encontrar un esquema, una personalidad, una generación que apunte a los próximos cuatro años a partir de algunas premisas básicas, como volver a las fuentes, no copiar modelos que pueden ser buenos para otros pero que no suelen responder a la idiosincrasia nacional, y darse la oportunidad de que, en el caso de que dos o tres estrellas puedan regresar, en ese caso, sea para integrarse a un colectivo y aportar su calidad, pero que no todo dependa de lo que puedan generar.
De todos modos, un punto aclaratorio: no se le puede pedir todo a la selección nacional si el fútbol argentino, desde su interior, no genera otras condiciones. Los cambios no llegan por el uso de la varita mágica. Si se juega con pocos delanteros, si el promedio de gol de la actual Superliga apenas si llega a los dos por partido con un veinte por ciento del torneo ya jugado, si todos se cuidan para no perder, y si se usan poco los extremos y la mayoría sale con dos líneas de cuatro, no se le puede pedir al equipo nacional que sea la excepción y que haya tanta distancia con los equipos.
Por eso, mientras se acerca la Copa América de junio, y las chances de enfrentarse a los europeos, metidos en su propio mundo, son casi nulas, la selección argentina tiene que ir armando su propio modelo mientras espera para que se acoplen sus máximas estrellas y su dirigencia debe tomar una decisión sobre lo que pretende para el futuro mediato: un estilo, una forma de jugar, una filosofía de juego, y un proyecto, si es posible, para los próximos diez años.
¿Estarán capacitados estos dirigentes para tomar estas decisiones?

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