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Sergio Levinsky Sergio Levinsky Lunes, 13 de Agosto de 2018

Un fútbol demasiado poco serio para ser creíble

Se suele decir que la Argentina busca que le presten dinero desde la banca internacional pero sus gobernantes no sabrían qué responder si les consultaran cuánto dinero de los propios compatriotas hay en el exterior. Algo así como “¿por qué tendría que creerles yo si no creen ustedes mismos?”.

Algo muy parecido –como no puede ser de otra manera, porque el fútbol es apenas una fotografía de la realidad y no puede estar ausente de ella- ocurre en el balompié nacional cuando se pretende mostrar un cambio de imagen y la pantalla de TV nos devuelve un estadio lleno de pozos y césped desparejo y recauchutado como el del estadio Tomás Ducó, la cancha de Huracán, en la que anoche empataron en un partido difícil de digerir, 0-0.

Si la Superliga, una nueva estructura creada por los clubes más poderosos, seguidos por la clase media, nació con la firma de muchos dirigentes que no saben lo que hicieron -esto, denunciado en su momento por Mario Gianmaría, presidente de la Liga Rosarina-, quiere copiar el modelo de la Liga Española, que castiga a los que no llenan sus espacios en las tribunas centrales para que no haya flancos en la imagen que llega al exterior que compra los derechos televisivos, lo único que hace el fútbol argentino es seguir autoengañándose, creyendo que nada importa.
Gran parte de este engaño se debe a que los clubes fundaron la Superliga comprando los peces de colores que en su momento, allá por 2016, le vendió Javier Tebas Medrano, el presidente de la Liga de Fútbol Profesional (LFP) español, en un contexto totalmente diferente, en un país mucho más federal, que no tiene, generalmente, más de cuatro equipos de una misma región (justo en este momento, excepcionalmente, Madrid tiene cinco), y en el que la mayoría de las entidades no cumple con funciones sociales como en la Argentina.
Se trata de un fútbol que tiene cinco árbitros por partido, por ejemplo, pero que permite que el Tribunal de Penas de la AFA le devuelva, porque sí, sin una explicación clara, dos de los tres puntos que le quitó a Newell’s Old Boys en la temporada pasada por impago a sus jugadores y por mostrar documentos nada claros, y de esta manera los rosarinos superan a Lanús en el promedio, lo que generó un portazo del presidente “granate”, Nicolás Russo, quien esgrimió, razonablemente, que no puede ser que su club se abstuviera de grandes contrataciones para mantener equilibrada su economía, y el que no cumple con estos requisitos, recibe un premio meses más tarde.
Lo que omitió Russo es que quien comanda esa misma AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, es el mismo al que él fue a recibir y aplaudir en Ezeiza cuando regresó del Mundial de Rusia, y que se sepa hasta ahora, no parece haber indicios de triunfos allí y ni siquiera de que institucionalmente las cosas hayan funcionado. Naturalmente, esto le quita seriedad a la queja, originalmente lógica, del presidente de Lanús.
Pero aún peor es lo que ocurrió en la semana cuando Josep Guardiola, el reconocido director técnico del Manchester City, respondió en una conferencia de prensa en el contexto de la Premier League, desmintiendo que Tapia lo hubiera contactado (como afirmó el presidente de la AFA ante un canal de televisión por cable) para proponerle dirigir a la selección argentina, y que la respuesta haya pasado por una desmedida exigencia económica.
No sólo eso: de las palabras quejosas de Guardiola, que le dedicó unos minutos a Tapia en medio del debut de su equipo en la Premier League, se desprende que sigue con intenciones futuras de estar ligado a la selección argentina y por eso cree que acaso con estas declaraciones de Tapia, acaso las puertas se pudieron haber cerrado para él.
Pero menos se entiende, entonces, que Tapia también afirme que su mayor candidato para la selección argentina es Mauricio Pochettino, el exitoso director técnico del Tottenham Hotspur, también de la Premier League, porque aún si en este caso fuera cierto, o el oriundo de Murphy quisiera dejarlo todo para hacerse cargo del equipo nacional, ¿cuál es la línea futbolística que persigue la AFA?, ¿A qué quiere la AFA que juegue su selección?
Guardiola y Pochettino pueden tener en común una larga trayectoria, sus evidentes conocimientos acerca del manejo de sus equipos, su seriedad, pero futbolísticamente, no tienen tanto parecido. Son líneas distintas, al igual que la de Diego Simeone (más allá de la imposibilidad de contratarlo no sólo por su presente en el Atlético Madrid, sino porque durante el Mundial pasado circuló un audio de una conversación con su ayudante Germán Burgos en el que deja en claro su postura ante la dirigencia de la AFA).
Todo lo enumerado nos hace regresar a lo mismo. No sólo no hay seriedad en la dirigencia del fútbol argentino, sino que, por si quedaba alguna duda, sus máximos dirigentes se encargan de mostrarlo un día sí y el otro también.
Por eso, Jorge Sampaoli puede llegar a ser un día “el mejor DT del mundo” y apenas un trimestre más tarde, simplemente se trataba de un error y una sorpresa porque “no fue el del Sevilla o la selección de Chile”.
Todo “sé gual”, como solía decir “Minguito Tinguitella”, el entrañable personaje de Juan Carlos Altavista.
Y así, en este contexto, transcurre el fútbol argentino queriendo esparcir el humo de que vivimos un cambio porque el torneo se da en llamar, ahora, “Superliga”, y parte de la administración funciona en otro edificio.

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