El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Sergio Levinsky Desde Buenos Aires Martes, 24 de Julio de 2018

En la Selección, sin proyecto no hay paraíso

Jorge Almirón siente que está capacitado para dirigir a la selección argentina, y es posible que así sea. Ramón Díaz considera que es su momento tras todos los títulos que consiguió como DT, su capacidad para elegir jugadores y para motivarlos, y no deja de ser verdad.

Daniel Angelici, el presidente de Boca Juniors, número 2 de la AFA y verdadero “Hombre Fuerte” del fútbol argentino no deja de lado a Guillermo Barros Schelotto, que pese a que su equipo nunca jugó a gran cosa, también es cierto que lleva dos campeonatos largos seguidos y en un tiempo se solía nombrar a quien era el último entrenador campeón.

Nombres, en el fútbol nacional, siempre hay muchos porque hay DT variados y capaces, y la prueba fue el reciente Mundial de Rusia, en el que hubo cinco argentinos en distintas selecciones: Jorge Sampaoli en Argentina, Héctor Cúper en Egipto, Juan Antonio Pizzi en Arabia Saudita, José Pekerman en Colombia y Ricardo Gareca en Perú.
A todos ellos, hay que sumarles los ya consagrados en Europa como Diego Simeone, Mauricio Pochettino, Marcelo Bielsa, Eduardo Berizzo o en menor medida Antonio Mohamed y Matías Almeyda, y gente con gran trayectoria en la Argentina como Marcelo Gallardo o Gustavo Alfaro.
Tampoco nadie podría oponerse a que pueden cumplir funciones de managers el propio Pekerman, Carlos Bianchi, quien nunca tuvo la oportunidad de sentarse en el banco del equipo nacional pese a haber ganado cuatro Copas Libertadores y tres Intercontinentales (una aberración que nadie entiende en el mundo), y ahora que por suerte parece restablecido de su problema de salud, Alejandro Sabella.
Insistimos en que no es una cuestión de nombres. El problema sigue siendo que no hay dirigencia con capacidad en la conducción de la AFA porque sin saber a qué se quiere jugar, sin tener una idea de lo que se pretende, cuando el fútbol de todo el mundo avanza en lo técnico y lo táctico, y se va convirtiendo en un negocio cada vez más rentable, da prácticamente lo mismo quién sea el elegido.
Desde 1982 (que pudo ser desde 1978), la AFA tuvo cuatro Mundiales con Diego Maradona y otros cuatro con Lionel Messi, y ganó uno solo de esos ocho. Tuvo cuatro Copas América con la chance de que jugara Maradona (1979, 1983, 1987, 1989) y no ganó ninguna, y luego tuvo cuatro Copas América con Messi (2007, 2011, 2015 y 2016) y tampoco ganó ninguna.
Es decir, el problema sigue sin ser el jugador. No es cierto que luego de esta generación, que llegó muy alto aunque no haya podido coronar, no haya más nada. Lo desmienten rotundamente los Mauro Icardi, Paulo Dybala, Facundo Colidio, Lautaro Martínez, Ezequiel Barco, Marcos Senesi, Ángel Correa, Cristian Pavón, Exequiel Palacios, Lucas Martínez Quarta, Giovani Lo Celso y tantos más.
El problema es que el fútbol argentino no se sincera y no busca estudiar, de verdad, la causa de su caída, y aunque hay agoreros que ya lo comparan con lo que pudo ser Hungría después de los años Cincuenta y no lo fue, podría ir por ese camino si no hay autocrítica feroz, si no se entiende que se viene siguiendo una lógica puramente de mercado desde que al regresar del Mundial de Suecia de 1958, los cráneos de entonces optaron por copiar el modelo físico y táctico europeo porque Checoslovaquia goleó 6-1 a la Selección en vez de entender que la fiesta y el gran juego provenía del vecino Brasil, brillante campeón con el joven Pelé y compañía.
Tras Suiza 1954 (al que la selección argentina no asistió), y Suecia 1958, los dirigentes enviados a esos Mundiales regresaron con la ilusión del gran negocio del marketing, la compra-venta de jugadores y la implementación de la figura del DT, una suerte de primer ministro europeo que hiciera de fusible en vez de que saltara el presidente del club en tiempos de crisis.
Así es que hoy, por venderles a los europeos por un puñado de euros (luego, con bastante certeza, mal gastados o que entrarán en bolsillos inexplicables), el fútbol argentino no tiene arqueros que embolsen remates ni sepan sacar con los pies, marcadores centrales tiempistas y que metan miedo, marcadores de punta con oficio que se sepan tirar a los pies, “cincos” elegantes que toquen con criterio y sean los dueños de su zona, “ochos” que lleguen a posición de gol (tal vez el último haya sido Lucho González en 2006), “diez”, que manejen a los equipos, wines que desborden y gambeteen, y “nueves” que sepan bajar para buscar la pelota, descargar para volver al área rival y definir.
Nada de todo esto es casual. Fue un proceso de seis décadas en las que paulatinamente todo se fue degradando. Y tiene su lógica: ¿para qué fabricar números diez si en Europa se juega sin ellos y son los que compran? ¿Para qué queremos formar wines si en “La Meca” no los quieren? Si hay hasta periodistas que para referirse al fútbol argentino utilizan el término “mercado local” y nadie se pone colorado.
Este es el fútbol argentino que los dirigentes de los últimos años supieron conseguir. Y acá seguimos discutiendo si Pérez, López o González…
Y sin proyecto, y serio, que profundice en nuestras raíces y en el juego, no habrá paraíso. Las dos veces que el fútbol argentino lo tuvo (1974, con César Menotti y 1995 con José Pekerman) terminó siendo campeón mundial. ¿Se podrá retomar esa senda con esta dirigencia?

Seguí leyendo en Sergio Levinsky