Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 22 de Marzo de 2019

24 de Marzo ¿y Bolsonaro?

Viernes, 22 de Marzo de 2019
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Viernes, 22 de Marzo de 2019 |

Noticia muuuy inquietante: esta es la primera conmemoración del 24 de marzo de 1976, teniendo un vecino retrógrado, antidemocrático, racista, xenófobo, chupamedias, partidario de las armas en casa. Se trata del Brasil liderado por un tal Bolsonaro. Madremía. 

Preocupante es no sólo la proximidad y magnitud de semejante vecino, sino el hecho, palpable, de que en estos pagos patrios, el masculino Bolsonaro tiene demasiados adeptos y adictos quienes ya, con vistas a las próximas elecciones argentinas, se postulan como descarados imitadores/ras de su discurso atroz. Una mierda con careta “republicana” (dicho sea, con perdón de la misma mierda).

Más allá del irreparable vecino, cuidado con estas cifras: hasta fin de 2018, 1384 de los investigados por crímenes de lesa humanidad estaban libres. Sólo 989, presos. De esa cifra, 641 gozan “prisión domiciliaria”. Evidente: últimamente nuestra justicia prefiere saltear la cárcel común para autores de delitos de lesa humanidad. Viva la Pepa. Y el Pepe.

Retomo conceptos reiterados en esta columna. El 24 de marzo de 1976 fue cierto, pero parece mentira. Persisten las hondísimas secuelas de su horror. Hay miles de muertos sin sepultura y más de 300 nietos, robados desde la placenta, que siguen con identidad secuestrada. ¿Una sociedad puede vivir con 300 secuestrados?

Pasaron 43 años desde que la Argentina empezó a escribir su capítulo más horroroso desde 1810. Capítulo que ya ingresó a la historia universal del espanto. Frente a aquel apogeo de la asesinación debemos reconocer que la Argentina es, en el mundo, el país que más a fondo llevó la necesidad de verdad y de justicia. Y esto por lo que hicieron, a partir de 1983, los gobiernos de Raúl Alfonsín (a pesar de la Obediencia debida y del Punto final) y los Kischner.

En la denominación de aquel capítulo horroroso también progresamos. Por años al siniestro 24 de marzo se lo caratuló “golpe militar”. Después se corrigió calificándolo como “golpe cívico militar”. Pero esta generalización seguía licuando otras responsabilidades, gravísimas. Para mejor definir la tenebrosa realidad de aquella fecha, hoy decimos: fue un golpe militar. Y cívico. Y ruralista. Y empresarial. Y judicial. Y eclesiástico. Ah, y mediático, porque muchos medios de descomunicación participaron con entusiasmo, más allá de la innegable censura. No olvidemos el obsceno entusiasmo con que, desde el periodismo, se recibió la desguerra de Malvinas.

Ojo al piojo: no caigamos en la comodidad de creer que, al haber tantos responsables, las culpas se fraccionan. Las culpas por la tortura y la asesinación y la negación de sepultura y el robo de criaturas es, entera, para todos los que directa o indirectamente participaron de aquel festival de violaciones de vidas y de violaciones de muertes. Habitamos el limbo de un infierno.

  Hagamos “memoria”, aunque la memoria tenga mala prensa. Los hacedores de confusión hacen creer que memoria es sinónimo de venganza y de retroceso. Pero no, todo lo contrario, la memoria semilla un futuro diferente.

El 24 de marzo del ’76 se empezó a gestar en los años del general Onganía; fueron un precalentamiento. Después, en la década del ’70 asomó la Triple A, y con ella la metodología del secuestro y la asesinación. Hay que reiterarlo: aquel Golpe contó con el apoyo explícito de una considerable parte de la sociedad y a esto se sumó la indiferencia activa de tantos y tantas, al compás –repitámoslo- de un periodismo que osciló entre la obsecuencia y la vista gorda.

Vayamos sumando: aquí se violaron, por miles, las vidas, y se violaron, por miles, las muertes. Y además, como propina, se afanaron criaturas. Mientas la condición humana era desnucada, el país era entregado con un plan pensado por un civil, Martínez de Hoz, pedazo de hijo de esa Sociedad Rural que aún hoy insiste en creerse dueña de “la patria”.

Muchos enarbolan la “reconciliación”. Tramposos. Es una coartada para el borrón y cuenta nueva que garantiza la impunidad. Pregunta: ¿puede haber reconciliación con quienes siguen haciéndose gárgaras con aquella desnucación de la condición humana? Botón de muestra: en el juicio oral por la Esma, el tristemente famoso Tigre Acosta sintetizó el pensamiento de demasiados: “El gran problema fue haber dejado gente viva”, dijo.

Miremos el espejo retrovisor, para no estrellarnos. Hacer memoria no es necesario, es imprescindible. Vamos para 36 años de sucesiva democracia. ¿Está consolidada? No nos engañemos, a la democracia todavía la tenemos que hacer. Se la culpa de nuestras corrupciones; pero la democracia no es ni perversa ni virtuosa. Es un hondo espejo que nos reproduce. A la vista está: tipas y tipos amigos del gatillo fácil y de la picana y de la pena de muerte hoy están en carrera, imitan a Bolsonaro y están contentos con Trump, el supremo invasor. ¿Qué esperamos para despabilarnos? ¿Qué? Observemos: la enarbolada “inseguridad” se convierte en paranoia, y la paranoia en gran ideología. De derecha, claro.

La democracia, aparte de cumplir años, crecerá; si es que la sembramos. Y para eso hay que estar muuuy despiertos, porque al fin de cuentas la democracia es un prodigioso insomnio.

Afrontemos preguntas incómodas: si hubiese persistido el orden asesinador de aquel 24 de marzo del ‘76, ¿qué seríamos como sociedad?, ¿estaríamos de pie?, ¿estaríamos en cuatro patas?, ¿estaríamos?

Sin la porfiadez de las Madres Abuelas, parteras de la Vida, esta olvidadiza patria idolatrada sería un definitivo agujero con forma de mapa. Y los puntos cardinales no serían cuatro ni tres ni dos ni uno, ni nada.

No nos distraigamos: sin democracia, de tanto tocar y tocar y tocar fondo, hubiéramos desfondado el abismo.

Que el optimismo de la memoria alumbre el futuro de los hijos de nuestros hijos.

El olvido no debe ser la condición para la armonía ni para la esperanza.

* zbraceli@gmail.com===www.rodolfobraceli.com.ar


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