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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 15 de Marzo de 2019

¡Campeón mundial, carajo!

El promedio de nuestro periodismo se mueve al compás de los aniversarios. De muertes, sobre todo. No incurriré en esa vagancia. Hoy, sin que medie aniversario, quiero recordar a Leloir. ¿Por qué? Porque se me canta.

Viernes, 15 de Marzo de 2019
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Luis Federico Leloir descubrió –contradiciendo la teoría de Pasteur– que “para poder estudiar una célula se la podía disgregar del organismo que la albergaba”. Eso le dio fama mundial. A propósito, en nuestra Argentina no ser campeón mundial de algo es ser un pelotudo. Hasta conseguir el Nobel, a Leloir lo desconocíamos de cuajo. En cuanto lo ganó, sacando pecho, exclamamos: “¡El campeón mundial de química es argentino, carajo!”

Como periodista de una revista frívola, Gente, me tocó aquel día reportear a Leloir. Recupero retazos de aquella jornada de inflado orgullo patrio. Gente siempre conseguía las “notas imposibles”, vendía por momentos alrededor de 400 mil ejemplares y siempre era “amable” con los gobiernos de turno. El 27 de octubre de 1970, un martes, la noticia del Nobel para Leloir me arrancó de la cama. Me encargaron esa “nota de tapa”. Antes fui al archivo: el sobre de Leloir era paupérrimo, sólo tenía dos fotos referidas a eventos sociales. Ni una línea sobre su tarea. Como todos los  investigadores y científicos, el tal Leloir era para los medios un reverendo Perico de los Palotes. Estaba virgen de reportajes.
Salí de la revista con la consigna histérica de conseguir, sí o sí, “la nota diferente” al flamante Nobel. Me acompañaba el “Ciego” Rodríguez, un fotógrafo de los que iban al frente sin pedir permiso. Llegamos al departamento de Leloir en la Recoleta; el portero, Fernando Biosca, me contó: “El doctor Leloir esta mañana me pidió ayuda para empujar el auto de su hija Fernanda.” Entonces le dije: ‘Doctor, cámbiele batería y platinos’”. Al rato Leloir, con su Fiat 600, salió para el Instituto. A esa hora en Estocolmo le otorgaban el premio Nobel.
Biosca me definió a Leloir: “Es un hombre rico pero muy sencillo. Nunca una queja. Para él todo está bien. Lleva una vida metódica: todos los días sale a las 9, vuelve a tomar el té‚ a media tarde. A las seis sale a caminar y retorna a las 20. Sale poco de noche.”
Después fuimos al Instituto. Leloir no se dejaba ver. La desesperación por conseguir “la” nota nos empujó a las insolencias. Nos mandamos por los pasillos, abrimos puertas sin golpear, hasta tuvimos algún forcejeo. Leloir seguía encerrado. Su secretaria, Silvia Inés de Chelala, me contó: “Él podría, pero jamás se toma las prerrogativas de un director. No tiene oficina, es introvertido, tímido, humilde; detesta la publicidad, estimula el trabajo de los demás.¬.. Habla poco, le gusta el cine, se divierte trabajando. Cada día, cuando se pone sus zapatillas de goma y se sienta con sus frasquitos, tiene el entusiasmo de un niño…”
La secretaria se va. Atrevidos por la adrenalina de “la” nota, entramos a un salón; nadie a la vista. Allí estamos, perdidos, cuando un médico –gaucho el hombre–, nos llevó al laboratorio de Leloir. Para el asombro: lo extraordinario era que allí no había nada extraordinario: sólo los frasquitos de perfume que él usaba para experimentar. Muy cerca, su ajado cuaderno de apuntes y un cajón de fruta donde se sentaba a mirar por la ventana y a pensar. Descubrí en un rincón sus gastadas zapatillas Pampero. Y de pronto, su silla, como la de cualquier zapatero remendón: raquítica, con las patas sujetadas en diagonal con hilo sisal. Fotografiamos esa silla tan pobrecita. No imaginamos que después se convertiría en un ícono definidor de la manera en la que trabajan nuestros científicos: casi siempre ignorados por los presupuestos estatales y por nuestros frívolos medios.
Dos horas después pude por fin llegar a Leloir. No estaba radiante, me dijo: “Siento que he perdido algo muy precioso.¬.. Ya ve, mi amigo, he perdido la tranquilidad. Me van a ahogar. Mire, allí entran en tropel sus colegas: cámaras, micrófonos, cables, Dios mío… qué agobio. Culpa del premio.” Y Leloir cerró los ojos, y murmuró: “Toda felicidad viene con su sufrimiento. Y aquí lo tengo.”
Después explicó: “Entiendo que el Nobel es un premio al trabajo de toda la vida, y no a mí sino a un equipo de gente silenciosa.” ¿Con los 80 mil dólares va a cambiar de auto? “Para qué, si el mío se deja manejar...  Ah, ya sé, le voy a comprar una batería al auto de mi hija. Aunque... no sé, porque la batería vieja tiene sus ventajas.¬.. Cuando un auto no arranca hay que empujarlo. Ese ejercicio activa la circulación de la sangre.¬” ¿Donará su premio, doctor? “Es probable.”
Aquel Leloir estaba desolado. Le dije que el Nobel podía ser sólo un sueño de almohada. Me respondió con voz apagada: “Sería preferible, porque así no hubiera perdido algo esencial, la tranquilidad... Ya ven, hoy es peor que un feriado: no he podido trabajar, y no creo que haya podido nadie en este Instituto. Ganar el premio Nobel… no se lo deseo a nadie.”
Traté de sacarlo de la desolación, me salió una pavada: “Hoy es un día de gran felicidad para el país entero”. Susurrando, me contestó: “Puede ser... pero para mí es un día perdido. Perdóneme.¬”
Posdata.   Después no enteramos: el austero Leloir donó los 80 mil dólares del Nobel. Y no cambió de auto ni de silla. Y convenció a sus colegas para que se llevaran cada día la vianda para comer en el Instituto y así aprovechar más el tiempo. Muchos años antes, perdió a su padre cuando él tenía seis días de edad. Si no hubiese llegado a Nobel (a campeón mundial de Química) el histérico periodismo triunfalista ni se hubiera enterado de él. Porque aquí, serás campeón mundial de algo o si no, serás nada: un güevón descartable.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar




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