El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 18 de Enero de 2019

 Locche y Bolsonaro. Y en fin

Pregunta para poner en remojo: ¿en qué se parecen Jair Bolsonaro y Nicolino Locche?

Viernes, 18 de Enero de 2019
Diario Jornada El diario gratuito de Mendoza. Buscanos en Facebook, Twitter e Instagram
La pregunta puede sonar febril, delirante, disparatada. Pero nos viene al caso. Tiene que ver con estos tiempos de la Argentina, de la América latina y del mundo entero. La pregunta es pertinente, porque es imprescindible.

Vayamos al grano: Bolsonaro y Locche se parecen ¿en qué?! En que los dos nacieron humanos. Porque, créase o no, también el dulce Bolsonaro nació y es un humano. No, no es un “monstruo”, aunque propone cosas monstruosas. Si lo calificáramos de “monstruo” automáticamente lo declararíamos “inimputable”.
El pasado 12 de diciembre del 2018 después de Cristo se cumplieron 50 años de la conquista del título mundial welter junior, de Nicolino Locche en Japón. Entonces venció por abandono a Paul Fuji, una especie de samurai. Al aniversario lo celebramos como corresponde, en el teatro Independencia. Di una conferencia levemente teatralizada. Yo narraba y analizaba y el artista humorista REP, me dibujaba en vivo. En mi relato yo traté de descifrar las claves de la “no violencia activa” de Nicolino. Y en ese trance fue que apareció la sombra repugnante del hoy presidente del Brasil. La descripción y el elogio de nuestro Intocable lo contrapuse al espeluznante Bolsonaro.
Sostengo que el Intocable Locche acrecienta su vigencia en estos tiempos, cuando se intenta curar la pobreza, el hambre, el analfabetismo y la analfabetización con represión; cuando se despliegan todo tipo de armas, menos las armas de la persuasión. Cuando se eluden los caminos de la tolerancia y el respeto plural. Así es: en estos tiempos lo del Intocable se acrecienta, se vuelve sublime, y ejemplar.     
Este Bolsonaro se hace gárgaras con sus consignas, ataca lo que él llama “ideología de género”, a la negritud, al socialismo; se ha propuesto aniquilar al ministerio del trabajo, el de cultura, el de integración racial. Su cruzada arrancó con la disminución del salario mínimo. La diversidad sexual tiembla. Los jubilados ya saben qué les espera. Autoritarismo que además conlleva servilismo: Bolsonaro ya ofreció a su Brasil como territorio para una base militar de EE.UU. A todo esto añade la apertura para portación de armas. Viva la Pepa y el Pepe. A matar se ha dicho. A matar en defensa propia. O a matar por las dudas. 
Bolsonaro quiere ser el mandatario más explícitamente derechista. Más aún que el húngaro Viktor Orban y que el emperador norteamericano Donald Trump.
Pero, damas y caballeros, el problema no es Jair Messias Bolsonaro: el problema son los millones que, con urnas o sin urnas, adhieren a él, en Brasil y aquí mismo, en nuestra patria idolatrada. El problema son los seguidores de la doctrina Bolsonaro, los que en estas viñas del señor se dejan tentar por el éxito electoral de su antipolítica. ¿Y entonces? Licitan todo tipo de armas, promueven que el ciudadano común viva armado y en situación de guerra cotidiana. Esto lo ejecutan en vez sembrar educación y pan para todos y todas. Hasta se elige el obsceno atajo de bajar la edad de la imputabilidad.
Otra vez: ¿por qué relacionar a Locche con un sujeto como Bolsonaro? Porque Locche encarnó –y sigue encarnando– un ejemplo prodigioso de no violencia activa. Locche doblegó a la violencia, ¡pero sin violencia! Y lo hizo desde el más sangriento de los deportes, en un siglo muy sembrado para la destrucción y justamente desde este país nuestro, tan atravesado por torturas, muertes violatorias, desaparecidos sin sepultura, criaturas afanadas desde la placenta.
Nicolino casi no pegaba. Por vagancia, sólo se defendía. No le gustaba que lo abollaran. Así desarrolló un don que vino con su prodigioso organismo y que desarrolló su gran maestro Paco Bermúdez. Defendiéndose, visteando, esquivando, bloqueando, amagando golpes, mirando hipnóticamente a sus rivales (siempre con la pícara complicidad del público), puso de patas para arriba a las leyes del boxeo y a los mandatos de este mundo violento y cruel. Así se convirtió en el Intocable.
En el siglo de la destrucción, sólo con humor y picardía, encarnando a Chaplin, Nicolino doblegó a los instintos carniceros. Fue una especie de Gandhi, pero alegre. Y fue un torero único: sin banderillas, sin sangre derramada.
En un mundo que se basa en la carnicera competencia, donde matar al diferente es norma y hábito; en un mundo donde la civilizada civilización está perfectamente organizada para la destrucción y en un oficio-deporte como el boxeo que se fundamenta en esa misma destrucción, Locche era algo así como un talón de Aquiles, una fabulosa contrariedad.¬
Locche “traicionó” absolutamente todo lo que el boxeo de alta competencia premia con sus reglamentos. Recostado sobre la segunda soga, mientras su rival le arrojaba trompadas decapitadoras, Nicolino guiñaba y saludaba a conocidos del ring side.
Era un David que tumbaba a tremendos Goliat con simples piedras, pero ojo, sus piedras eran caramelos de miel.¬
Me gusta decir que Nicolino, en el circo del mundo, arrojado a los leones, no se dejó comer por ellos. Ni los mató. ¿Qué hizo? Se puso a conversar con los leones.
Ante el repugnante éxito de Bolsonaro, pienso, hay que sacar a relucir ejemplos prodigiosos como los de nuestro Intocable Locche. Nicolino no ganaba por puntos ni por nocaut: ganaba por persuasión. Con reflejos, con humor, con amor. No precisaba armas blancas, ni piedras, ni balas de goma, ni balas de plomo, ni misiles, ni pistolas Taser, ni gas pimienta.
Me imagino que Locche, en el planeta Bolsonaro, sería un ejemplo al revés. Un personaje irritante, insoportable. Por lo tanto, el civilizado mandatario, lo tendría en la mira de las pistolas Taser. Y seguro que, mediante un decreto de necesidad y urgencia, lo declararía: “Nicolino: prohibido para menores de 99 años”.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar

Seguí leyendo en Rodolfo Braceli