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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 4 de Enero de 2019

Los Reyes Magos, ¿existen?

Cuestión de empatía: no me caen bien los Papá Noel; esos tipos sudan demasiados y en este 2019 los veo como esclavos disfrazados de los shopping. Me caen mejor los Reyes Magos. Sobre todo porque son imposibles. Voy por confesiones que escribí en esta columna hace como diez años.

Viernes, 4 de Enero de 2019
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Bajemos a una vieja discusión: están los ingenuos que afirman que los Reyes Magos realmente existen y están los enterados güevones que sostienen que “son los padres”. Algo de razón en las dos opiniones. Porque los padres actuales, a la hora de satisfacer los pedidos de hijos acribillados por el consumismo, tienen que volverse “magos”.

Los argentinos hacemos gala de una temprana incredulidad respecto de los Reyes Magos. “No existen, son los padres”, decimos sacando pecho y ahí sentimos que, más pronto que nadie en el mundo, somos adultos. Nos pasamos de vivos y olvidamos que, a medida que nos hacemos adultos, nos adulteramos.
Analicemos esta precoz fanfarronada nacional. ¿Por qué tan rápido en nuestra niñez sostenemos que nadie nos puede meter el perro? El caso es que, con esta temprana certeza, liquidamos la que tal vez sea la única estafa sana y necesaria: la estafa de la ilusión.
Pero, si le damos otra vuelta de tuerca al asunto, advertimos que, por más que los argentinos seamos tan precoces en la incredulidad de los Reyes, no somos tan “vivos” como suponemos ser. Al contrario, si evaluamos al promedio de nuestra sociedad, podría decirse que somos unos reverendos crédulos.
Revisémonos: fuimos crédulos de “la plata dulce” en el paraíso entregador y asesinador de Martínez de Hoz. Fuimos crédulos, con euforia histérica, cuando celebramos la des-guerra de Malvinas. Fuimos crédulos del “un peso un dólar”, de la Convertibilidad. Fuimos crédulos de la revolución productiva y del salariazo y del “síganme, nos los voy a defraudar”. Fuimos crédulos al creer que bastaba con ser aburrido para ser decente. Ahora somos crédulos de la salvación del bendito Fondo Monetario y de los trolls. Y así sucesivamente, madremía.
Es decir: alardeamos de incrédulos, pero somos bastante creduludos. Más nos valdría volver a creer en los Reyes Magos. Ellos nos estafan con ternura, a cambio de un puñado de pasto y de un baldecito de agua. No nos exigen relaciones carnales ni herniarnos para pagar los intereses usureros de los buitres.  
Sigo detrás de confesiones referidas a la ilusión, compartidas en esta columna. La ilusión a veces es una forma de dulce estafa elegida, decidida por nosotros para disimular, por un rato, las inclemencias de la vida.
Recalo en el libro “El cuento de Navidad de Auggie Wren”, de Paul Auster. Este cuento fue llevado al cine por Wayne Wang, con guión del propio Auster. No detallo el argumento para no jorobar las delicias de la lectura. Sólo digo que en un momento de la historia, un día de Navidad, un hombre llega a un apartamento tratando de atrapar a un raterito. Toca timbre. Pronto se entera que allí vive una anciana que es ciega y está sola. La anciana al desconocido le dice “sabía que vendrías”, y hace como que lo confunde con su nieto (el raterito). La confusión es aceptada. Y se abrazan. La anciana y el hombre pasarán el día juntos, comiendo, bebiendo. Los dos juegan ese juego de ternuras; en cierta forma paladean felicidad: uno fingiendo ser el nieto pródigo y la abuela, ilusionándose que allí lo tiene. Una dulce estafa elegida, la imaginada por Paul Auster.
Y esto me traslada a otro relato que leí en mi adolescencia. Sucedía la Nochebuena en el cuento. Había desolación, nieve, pobreza y dos ancianos acurrucados, mordidos por el frío y la soledad. Ahí están ellos: el brasero con el último calorcito se desvanece en la oscuridad. Tiemblan los viejitos, no tienen aliento ni para llorar en voz alta. Pero afuera en el mundo es Navidad. De pronto dos brazas se reavivan. Los ancianos se arriman a recibir ese calorcito compañero. Así se duermen, y atraviesan la eternidad de esa noche navideña, abrazados. Cuando el sol los despierta se dan cuenta que en el lecho del brasero hay un gato que los mira. Los ojos del gato fueron lo que ellos suponían brazas. La ilusión, otra vez una dulce estafa elegida.
Por estos días, a quienes no bajaron los brazos en esto de soñar, la ilusión les habrá compensado dolores y montones de ausencias. Nuestra capacidad para saber y no querer saber que los Reyes son los padres, marca el territorio de nuestra niñez. Me veo en una casa de Luján de Cuyo, a mis seis años, con mis primos, el Chiche Boschi y el Nené Braceli, avisándole a todo el vecindario: “Nosotros ya lo sabemos, ¡los reyes son los padres!”. Cuando pasaron las doce de la noche de aquel 5 de enero de 1947, transcurrida la cena familiar en el patio, nuestros padres empezaron a decirnos “qué raro, las doce y cuarto ya y los reyes no han pasado por acá”. De repente, en la pared del fondo veo que un enorme paquete empieza a bajar, suspendido en una soga. Lo señalo. Los mayores se hacen los distraídos, yo grito desesperado: “¡Los reyes! ¡son los reyes!” El paquetón baja muuuy lentamente… ¡los reyes! ¡son los reyes!
Cuando el paquetón llega al piso el mundo me da vueltas, caigo en una crisis de estupor, me derrumbo. Qué lo parió, los reyes no eran los padres, los reyes existían. Tuvieron que alzarme, abanicarme, darme agua. Casi muero de estupor. Mis primos y yo no habíamos visto cómo mi abuelo Andrés, acostado sobre el techo, soltaba la soga con el paquetón. Por un año más seguiríamos creyendo en los Reyes, aunque sabíamos que los reyes eran los padres, porque “nosotros sabíamos todo”. Hasta sabíamos que las mujeres, debajo de las polleras, allí donde se juntan las dos piernas “tenían muuuchos pelitos y eso era el césped de la puerta de entrada a la casita de hacer pibes”. Madremía.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar




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