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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 30 de Noviembre de 2018

Jefe indio y señor Trump

Ahí,  anidando en el bendito G-20, hay varios países –uno en especial– que pudren los aires y contribuyen con alevosía a la suicidación planetaria. Recordemos: en junio de 2017 el señor Donald Trump abandonó la Cumbre de París contra el Cambio Climático. ¿Un alarde de sinceridad o de cinismo?

El señor Trump, especialista en desnucar colmos, hace días tiró al canasto, se cantó en un informe sobre el impacto global que producirá el calentamiento climático. Un detalle: en el informe trabajaron más 300 científicos norteamericanos. Coherente el señor Trump: el año pasado de un plumazo derogó varias leyes y reglamentos de protección ambiental. Los alardes del señor Trump cuentan con el paraguas de millones de habitantes, incluso argentinos, que viven entre la indiferencia y la distracción activa; se la pasan eructando y güevoneando con las corridas cambiarias y las histéricas cotizaciones del dólar. Siempre al compás del viejo neoliberalismo.

Sin ir muy lejos, ¿quién se acuerda que “el mes de junio del 2015 marcó la temperatura media más alta, en la totalidad del planeta, en la historia de la humanidad (desde los registros hace 118 años)? En realidad este pavoroso record se extiende al primer semestre del 2015. Los datos vienen de la Agencia Meteorológica de Japón (JMA). Y de la Agencia Espacial Estadounidense (NASA). Madremía. La Tierra entera está recaliente. Con perdón de la tenebrosa expresión: por algo será.
¿Será porque el Primer Mundo, a través del neoliberalismo, habla de ecología de la boca para afuera? ¿Quién –aparte del señor Trump– se animaría a negar que los aires están intoxicados y las aguas podridas y los bosques desolados, talados, en millones de hectáreas, y la minería a cielo abierto haciendo canalladas y cultivos como los de la maldita bendita soja extenuando la tierra, succionando las napas?  
Los dramáticos informes de la NASA y etcétera le dan la razón a una vieja carta de un Jefe Indio que metió el dedito en la llaga de la inconsciencia. A propósito del mentado G-20 retomo esa memorable carta. Pasó esto: en 1854 el Gran Jefe de Washington (presidente de los EE.UU.) hizo una “generosa” oferta por una gran extensión de tierras indias, prometiendo, como Benetton, crear una “reservación” indígena. A esta obscena “generosidad” le respondió el jefe indio Sattle. Atención, parece hablarle a los voraces neoliberales de hoy:
 “¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento? Si nosotros no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlas? Cada brillante mata de pino, cada grano de arena, cada gota de rocío, y hasta el sonido de cada insecto es sagrado. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo la memoria de los pieles rojas.
 “Los muertos del hombre blanco olvidan su origen cuando emprenden su viaje a las estrellas; nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra madre. Somos de ella y ella es de nosotros. Las flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Peñas, prados, caballo y hombre, todos somos la misma familia.
 “El Gran Jefe de Washington quiere comprar nuestras tierras y nos dice que nos reservará un lugar. ¿Él se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos?
 “El hombre blanco es un extraño. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y una vez conquistada él sigue su camino, dejando atrás hasta la tumba de sus padres. Les secuestran la tierra a sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran y se venden. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto.
 “Nuestro modo de vida es diferente. La sola vista de sus ciudades entristece los ojos. No tienen sitio donde escuchar cómo se abren las hojas en primavera, o cómo aletean los insectos. El ruido insulta nuestros oídos. ¿Para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del gran pájaro ni las discusiones de las ranas?
 “El hombre blanco no parece consciente del aire que respira. Nuestras tierras deben conservarse como cosa sagrada. Por ello, si decido aceptar la oferta, yo pondré otra condición: el hombre blanco debe tratar a los animales como a sus hermanos. He visto a miles de búfalos pudriéndose, muertos a tiros por el hombre blanco. ¿Qué sería del hombre sin los animales? Lo que les sucede a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.
 “Enséñenle a sus hijos que la tierra es nuestra madre. Que todo lo que le ocurra a la tierra les ocurrirá a los hijos de la tierra. Que cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.
 “Esto sabemos: todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. El hombre no tejió la trama de la vida, él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo.
“Ni siquiera el hombre blanco queda exento del destino común. Después de todo quizá seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos que nuestro Dios es el de todos los hombres.
 “También los blancos se extinguirán, quizá antes que las demás tribus. Contaminen sus aguas y su aire y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. Pero ustedes caminarán hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza del dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio les dio dominio sobre ella.
 “¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.”
Posdata: Carta de pavorosa vigencia. La humanidad al espiedo, ya asoma. Al compás del neoliberalismo, el infierno ya crepita más acá de nuestras indiferentes narices. Qué falta haría el Jefe Indio en esta cumbre del G-20.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar



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