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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 26 de Octubre de 2018

La democracia, ¿un condón?

El posible resultado electoral en Brasil inquieta y espeluzna: es desolador y es peligro. Peligroso porque contagioso. Peligroso porque cuando Brasil estornuda la Argentina cae en pulmonía. Nuestras democracias peligran por la falta de anticuerpos: cualquier monicaco puede ser ungido por las urnas.

A propósito de monicacos: ahí está el presidente de la primera potencia, con su flequillo rasante y su sarta de barbaridades: racismo explícito, berretín de una muralla de cientos de kilómetros, festival de misiles. Y ahí asoma Bolsonaro –según define Darío Pignotti– liderando una “dictadura anunciada”. Con total descaro anuncia que Lula va a “pudrirse en la cárcel” y que apresará a su hoy contendiente Fernando Haddad. Bolsonaro no sorprende: armó su campaña en base a la difamación electrónica de las redes sociales, haciéndose gárgaras con sus discriminaciones, despreciando sin disimulo los derechos humanos. El odio a rajacincha y sin asco.

Es evidente: a la derecha no le basta con la guadaña exterminadora del neoliberalismo. Todo vale y de todo se vale. No exagera Haddad cuando afirma que Brasil corre sin freno hacia modelos como los de Hitler o de Franco. Y lo más grave es que semejante aluvión llega al poder, democracia mediante.
Y entonces la tremenda pregunta: ¿qué pasará con la Argentina, tan sin anticuerpos, tan propensa a contagiarnos con lo que ocurre en Brasil?
En esta patria idolatrada, en materia de presidenciables venimos con un promedio desolador. Presidentes incultos, presidentes vagos, presidentes invertebrados, presidentes de vocabulario anémico y de sintaxis paupérrima.
Lo muy grave es que estos personajes fabricados por agencias de publicidad, son personajes de cartón pintado, en vez de semblante tienen maquillaje. Son monicacos enclenques que acceden al máximo poder por ser títeres, con la legitimidad de las urnas.
Madremía.
Estamos aquí y en el mundo con una democracia endeble que es usada como forro, o si se prefiere como condón, o si se prefiere como preservativo. Quienes gozaron los años de dictadura, ahora usan a la democracia con eficaz impudor. Estamos en peligro porque la democracia no termina de coagular.
Retomo conceptos vertidos en esta columna: hace 35 años que la democracia nos cayó sobre la mollera. Jamás, en esta patria espasmódica, la democracia nos duró tanto. Nos duró pero sin consolidarse. Ojo al piojo, la democracia no se hace expectorando publicidad.
Para que no nos suceda alguien como Bolsonaro es imprescindible hacer una exigente memoria y balance. Muchos desenvainan el dedito de acusar para responsabilizar a la democracia de todos los males habidos y por haber. La democracia es lo que somos. Nos espeja. No seamos obscenos, hagamos memoria. La memoria  genuina no es retroceso. Semilla el día de mañana. No es encono ni nostalgia lagañosa, la memoria es la placenta del futuro.
Esta democracia, ¿tiene la edad que tiene? No basta con cumplir años para crecer. Afirmar que estamos en “la adolescencia de la democracia” es una exageración, peligrosa. Ni podemos decir que es un niño que sabe caminar. Apenas si es un bebé que gatea sin sostener la cabeza. Y ese bebé sigue acechado por los criminales que digitaron nuestras vidas y muertes. Dicho sea: la sangrienta dictadura no fue sólo cuestión de alucinados militares, contó con la participación de civiles, con la indiferencia activa (complicidad), de millones.
Renovada pregunta: nuestra democracia, ¿está consolidada? Nunca dejó de estar en peligro y esto se agudizó durante la década neoliberal del Señor de los Anillacos, cuando se entregó y rifatizó desde el ferrocarril hasta YPF, pasando por la aniquilación de la industria. Perdimos el equivalente de cientos y cientos de Malvinas. Vendimos las joyas de la abuela. Y a la abuela también.
Pregunta: pero, ¿por qué en peligro la democracia? Porque aquí la paranoia se convirtió en una ideología, de derecha, que añora la mano fuerte y que se mueve lo más campante, sea con los milicos, sea con la democracia.
Más preguntas: ¿por qué a los 35 años de su edad nuestra democracia apenas si gatea? Porque nació prematura y gestionada por pocos. Veamos: La democracia, ¿es un fruto o una fruta? Un fruto es algo que se siembra, que se consigue fatiga y paciencia mediantes. Una fruta es algo que nos cae sobre la mollera. El fruto emerge desde abajo. La fruta viene de arriba. Recordemos: en 1983 la democracia nos cayó en la cabeza porque la banda de militares asesinadores agotó sus colmos con la des-guerra de Malvinas. La democracia nos llegó, pero quienes lucharon por ella fueron muchísimos menos que los que salieron a festejar el obsceno Mundial del 78. Fue una fruta y no un fruto conseguido. ¿Será por eso que la dejamos en manos de quienes la desprecian congénitamente?
A la democracia la tenemos que hacer siempre. Basta de echarle la culpa de todas nuestras corrupciones. Ella no es ni perversa ni virtuosa. Lo dicho: es como somos. A la vista está: tipos amigos del gatillo fácil y de la picana están en carrera. Se insiste en confundir ideología con estribillo. Así cualquier monicaco con billetera gorda se pone en órbita publicitariamente. Así cualquier Bolsonaro, miedos mediante, se apropia de nuestras vidas y de nuestros sueños.
La democracia será mejor cuando comprendamos que la corrupción es algo muuuy repartido en todas las profesiones. Ojo al piojo, que este mal de muchos no sea consuelo de tontos. Y algo más: tengamos presente que la indiferencia es una activa forma de corrupción.
Lavarse las manos a veces es un acto de higiene, pero demasiadas veces es un acto de dañina cobardía. Después de todo tenemos una democracia “como la gente”. Y no nos olvidemos: la “gente” somos todos y todas.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar



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