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Rodolfo Braceli Rodolfo Braceli Viernes, 12 de Octubre de 2018

Madre al minuto de nacer

Los "Día de." nos persiguen. Día de la madre, del padre, de la secretaria, del amigo, de los enamorados, día de la magnífica lora. Son días impostados, muy manipulados por el consumismo. Difícil escapar a ellos. Entonces, al menos tratemos de inducirlos para la reflexión.

Por Rodolfo Braceli

Como ahora, que estamos en la cercanía del Día de la Madre. Por empezar, al pronunciar la palabra Madre pienso en las Madres Abuelas de Plaza de Mayo. Mientras el mundo entero las reverencia, aquí hay muchos, demasiados, que las desprecian. Pero, más allá de la admiración o del desprecio, ellas, porfiadas, siguen recuperando nietos, y ya van por los ¡128 rescatados! Estas maravillosas viejas locas siguen siendo parteras de la memoria. Y esa memoria nos semilla un futuro diferente.  

Aprovecho esta oportunidad para referirme a un caso muy singular. Sé de una madre precoz, criatura que fue madre a los segundos de ella nacer. Se trata de una historia, real, que sucedió en el agosto de 1998. La registró en un diario de La Pampa el periodista Gustavo Alurnagaray; yo la alcé en mi libro Madre Argentina hay una sola (Sudamericana, 1999).
Voy por esa historia. Voy por Marcela de los Milagros Rubin Kistner, el ser que a los segundos de nacer se convertía en madre de sí misma.
Aurelia Kistner y Mario Rubin habían tenido tres hijos hasta agosto de 1998. Todos nacieron en pueblos distantes, porque Rubin era por entonces un peón golondrina. Después se afincaron tratando de hacer pie en Alpachiri, en el sudoeste de La Pampa, porque por allí se les daba el trabajo.
Vayamos al núcleo del suceso: Aurelia, por entonces 36 años, queda embarazada de una cuarta criatura. Todo va normal, pero sufre rotura de bolsa entrando en el octavo mes. Le hacen una ecografía y le confirman la fecha del parto para mediados de septiembre. Falta todavía un mes para eso. El sábado l5 de agosto Aurelia confunde la inminencia del parto con un repentino malestar estomacal. Acude a la precaria letrina, su baño rural. Y allí, involuntariamente, expulsa a su criatura, que cae directamente al fondo del pozo, al oscuro depósito de unos 2.20 metros de profundidad.
El cordón umbilical se corta por el propio peso de la beba.
Es de noche, el marido no está cerca, Aurelia nada puede hacer debido al peso de la loza y a la profundidad del pozo.
Grita desesperada: una vecina la escucha y llama a la policía.
La beba está en el fondo del pozo, mientras tanto. ¿Estará viva? Recordemos, hace mucho frío, invierno impiadoso.
El silencio en el interior del pozo augura una tragedia.
Los segundos de cada minuto son como uñas en el corazón del alma.
El silencio, allá adentro del pozo, resulta insoportable.
Hasta que por fin aparecen policías y bomberos.
Empiezan a romper la losa de hormigón -las letrinas tienen en la parte superior una losa de hormigón con un agujero en su parte central-. Rompen el cemento los bomberos con extrema cautela; tienen que tener mucho cuidado que el material no caiga sobre la niña.
Fuera de los golpes del cortafierro, sigue el silencio; no hay la menor señal de la criatura recién parida.
Pasan los minutos: media hora, tres cuartos de hora. La angustia crece. Aurelia y su marido ahogan su desconsuelo en un llanto mudo.
Cuando el diámetro del boquete es de unos cincuenta centímetros, el oficial Marcelo Arana baja al pozo, alumbrado por linternas. Baja, hace pie, la masa fecal le llega hasta las rodillas.
Ve a la nena que está boca arriba; nota que mueve los bracitos: increíblemente ¡todavía está viva!
La alza, y ahí por fin la criatura suelta su llanto inaugural.
Han pasado más de cuarenta y cinco minutos desde que nació y cayó, y ha estado semisumergida allí con una temperatura de cinco grados.
Ya en un hospital cercano le prodigan los primeros auxilios, la sacan de la hipotermia, le restablecen la temperatura corporal. Y a las dos horas, Marcela de los Milagros -así se llamará en honor a su salvador y al milagro terrenal-, está prendida al pezón de su madre.
Todo estaba para que Marcela de los Milagros muriera con la caída o ahogada, en minutos. Nadie se explica cómo sobrevivió al golpe, cómo pudo permanecer todo el tiempo boca arriba, cómo soportó con vida esa situación, ese frío, durante tres cuartos de hora.
Nadie se explica nada. Y cuando todo es tan inexplicable empezamos a decir que es un "milagro".
Más apropiado sería decir que Marcela de los Milagros se salvó porque tenía muchas ganas de vivir. Porque pensó con su instinto. Porque de algún modo, en la soledad desmesurada del pozo, se dio cuenta que debía ser, a los pocos segundos de nacer, madre de sí misma.
Posdata
Digo y me digo: Marcela Rubin Kistner, en este 2018 ya andará por los 43 años de su edad. Es posible que sea madre de varios hijos. Claro, tiene experiencia: ella empezó por ser madre de sí misma, a los segundos de caer en aquel pozo. ¿Qué será de la vida de esta mujer tan prodigiosamente porfiada?
Quede constancia: con la evocación de Marcela de los Milagros, vayan mis respetos, en este 2018, para aquellas mujeres que deciden no ser madres. Lo deciden porque son dueñas de su cuerpo y de su albedrío. Lo deciden aunque el antediluviano Senado de la Nación haya des/votado esa ley que, a la corta o a larga, terminará siendo ley: la ley del aborto legal, no clandestino, gratuito, asistido y solar.
 
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar
 



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