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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 5 de Octubre de 2018

Los pobres ¡qué suerte tienen!

Oíd mortales: ¿estamos, realmente, en año 2018 después de Cristo? No es seguro. Por momentos asoman las mismas pesadillas del año 2001. Ser argentino es algo que le puede pasar a cualquiera.

Convoco la atención de lectores de cualquier edad, sexo, o religión para retomar un relato que escribió un tal Rafael Barrett, ¡hace más de cien años! Ahí va:

“El banquero dio en el cigarro, para desprender la ceniza, un golpecito con el meñique cargado de oro y rubíes.
–Supongo, dijo, que aquí no nos veremos en el caso de fusilar a los trabajadores en las calles.
El general dejó el cocktail sobre la mesa y rompió a reír:
–Tenemos todo lo que nos hace falta para eso: fusiles.
El profesor, que también era diputado, meneó la cabeza.
–Fusilaremos tarde o temprano –dictaminó–. La huelga de las comunicaciones es la más grave. Constituye la verdadera parálisis, el síncope colectivo, mientras que las otras se reducen a simples fenómenos de desnutrición.
El general levantó su índice congestionado:
–Será vergonzoso limitar el desarrollo de la industria por miedo a la clase obrera.
–Las ideas se difunden irresistiblemente –agregó el profesor. ¡Y qué ideas! Cuando más absurdas, más contagiosas. Han convencido al proletariado de que le pertenece lo que produce. El árbol empeñado en comerse su propio fruto… Observen ustedes que los animales suministradores de carne son por lo común herbívoros. El Nuevo Evangelio trastorna la sociedad, fundada en que unos produzcan sin consumir y otros consuman sin producir. Pero váyales usted con ciencia seria a semejantes energúmenos.(…) Se figuran que el proletario tiene cerebro. No tiene sino manos…”
–Qué tontería, ¡los pobres obstinados en ser ricos! –suspiró el banquero. ¡Cómo si los ricos fuéramos felices! Estamos agobiados de responsabilidades; la fortuna es un obstáculo a nuestras virtudes. Nos es muy difícil entrar en el paraíso,  cuando tan fácil les sería a ellos si se resignaran. ¿Por qué no se conforman los pobres con su suerte, como nosotros los ricos nos conformamos con la nuestra?
–Ya no les basta el sufragio universal –dijo el profesor–. Ahora quieren arreglar por sí mismos sus asuntos. Nada más peligroso.
–Las leyes son deficientes –exclamó el general.  La ley debe asegurar el orden. (…) La asociación de agitadores, la huelga, son delitos. En el instante en que el trabajo cesa, el orden se destruye. Yo, militar, hubiera hecho fuego sobre los huelguistas. Los hubiera considerado extranjeros, enemigos de la patria. ¡Sacrílegos!
–Lo terrible no es que se nieguen a respetar el orden establecido (…) Buenos Aires está plagado de anarquistas rusos. Y sigamos elevando salarios y disminuyendo horas de labor para que el obrero ¡maldita cultura superflua! compre libros o aprenda a fabricar bombas.
–Sí –apoyó el general. Lo confieso, yo estaré del lado de los cañones. No es sólo mi oficio, sino mi doctrina. Y si los rebeldes se resisten a construir cañones obliguémosles a cañonazos. ¿Verdad?
Un criado anunció que el almuerzo se había servido. Los tres personajes pasaron al comedor, donde les esperaban las ostras y el vino del Rhin.”
Esto lo escribió Rafael Barrett hace unos ciento diez años. Barrett nació en Santander, España, en 1876 y murió a los 34 años de tuberculosis, en Francia. De familia aristocrática, Rafael dejó bonanzas y privilegios y desembarcó en Buenos Aires en 1903. Periodista y agrimensor, al año se fue al hondo Paraguay. Eligió el camino más arduo; perseguido por sus denuncias referidas a la esclavitud de los yerbales, padeció cárcel, tortura y fue deportado a Montevideo. Sus “Cuentos breves” fueron  editados por la pujante editorial Mil Botellas de La Plata, en el 2008. La valoración de Barrett viene con palabras de David Viñas, Augusto Roa Bastos y Abelardo Castillo.
Notable lo que escribió sobre él Borges, alguien reacio a la literatura con problemática social. Opinó don Borges en carta a un amigo: “Te pregunto si no conoces a un gran escritor, Rafael Barrett, espíritu libre y audaz. Con lágrimas en los ojos y de rodillas te ruego que cuando tengas un nacional vayas derecho a lo de Mendesky o a cualquier librería y le pidas ‘Mirando vivir’. Es un libro genial cuya lectura me ha consolado de las ñoñerías de Giusti, Soiza Reilly y de mi primo Alvarito Melian Lafinur.”
Posdata  Leyendo a este Barrett que Borges recomendaba con lágrimas en los ojos y de rodillas, he notado que, para la injusticia y la insensibilidad social, cien años son nada. De algún modo el neoliberalismo es muy viejo. Se me cruzan imágenes de militares que fueron dueños de vidas y de muertes y de gajos robados desde la placenta. Imágenes de los Martínez de Hoz, de los Alsogaray, de los Dromi y de los Cavallo que privatizaron (rifatizaron) hasta el aire, alentados por el indultador Señor de los Anillaco, y por los siempre prepotentes líderes de la Rural, los hoy “dueños” de la escarapela y del ser nacional. En fin, alentados por esos señores que hacen fortunas con la soja mientras siguen reduciendo a la esclavitud a jornaleros rurales que duermen en nichos de lata en los que apenas si entra un ataúd.     
Sí, cada tanto nos conviene releer al lúcido Barrett: “Qué tontería, los pobres obstinados en ser ricos!– suspiró el banquero. ¡Cómo si los ricos fuéramos felices! (...) ¿Por qué no se conforman los pobres con su suerte, como nosotros los ricos nos conformamos con la nuestra? (…) Han convencido al proletariado de que le pertenece lo que produce…”
A Barrett no le hacía falta usar la palabra neoliberalismo. Mortales, oíd. Él la tenía clara: sabía que unos “producen sin consumir y otros consumen sin producir”.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar



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