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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 21 de Setiembre de 2018

Desagravio a la primavera

¿Hay maneras de sobreponerse a los impiadosos mordiscones del FMI? Sí. Y una de ellas es “dándonos cuenta”. Por ejemplo, dándonos cuenta que está sucediéndonos la primavera.

Esto de la primavera ¿suena cursi? Si es así, tratemos de que la cursilería no nos impida ver el bosque, es decir, la realidad. Alentado por la primavera voy a compartir un sueño extraño: soñé que escribía, palabra por palabra, una columna que ya había escrito. Fui a buscarla a mi archivo, y allí estaba. Decidí que aquel texto de hace años sucediera ahora, calcado. Como la primavera es reiterativa, aquí está, rebrotando:

“Me desperté, salté de la cama, bebí el agua que nos nace, respiré hondo y comprobé que el aire estaba.
Salí a la terraza, alcé la mirada y comprobé que el sol también estaba. Con la certeza del aire y del sol, recé a mi manera, sin claudicar a esas oraciones mecanizadas por la triste comodidad del hábito. ¿Cómo es mi rezación? Consiste en pronunciar los nombres de ese puñadito de seres primordiales con quienes comparto los días y las noches. Seres que me acompañan en el intento de hacer que la famosa Vida sea algo más que “una herida absurda”.
Así fue: me desperté, salté de la cama, bebí el agua primordial, salí a la terraza, respiré hondísimo, comprobé el aire y el sol, pronuncié palabras que son talismanes y me dispuse a izar la bandera. Recién ahí advertí que en mi casa no había mástil; pero no me desanimé, recordé a una abuela que siempre decía: “el mástil está en uno”.
¿Y qué bandera izar en este día único? Rápido debía encontrarla, y la busqué entre los pliegues del aire nuevo de la mañana.
Miré a los cuatro cardinales. “Bandera, ¿dónde estás?”, dije en voz alta.
El aire, casi viento, me lamió los pómulos y la mirada. Ahí comprendí que la bandera era ese aire que me estaba lamiendo. Y la empecé a izar, con fruición.
Izando la bandera del aire, sentí que la patria es el mundo entero. Y que el mundo entero es una arenita que flota en la desmesura del cosmos. Como nunca antes sentí que mapas y fronteras son un invento de los “civilizados” para justificar la irrefrenable buitredad de sus guerras, de sus misiles asesinadores, de sus genocidios preventivos.
Ahí fue que una voz proveniente de una ventana de un edificio cercano me gritó: “¡Pacifista pelotudo!”
Sin ánimo de insultarle la madre, le respondí: “¡La madre que te parió!”
El tipo de la voz anónima comprendió que yo no tenía nada de pacifista y redujo su agresión a una sola palabra: “¡Pelotudo!” Su síntesis me dejó sin palabras, en silencio, abatido. Y empecé a arriar muy despacio la bandera del aire. La bandera era una caricia, era una piel que me rozaba los pómulos.
Habrán pasado dos, tres minutos. En voz alta me ordené alzar otra vez la bandera del aire. Y de nuevo sentí que el mundo entero es una patria no más grande que una arenita que navega en el infinito Sahara del sumo cosmos.
Después me vestí de ciudadano, desayuné rápido y afronté el azar de la vereda. Ni un par de cuadras había caminado y ya había olvidado que el mundo entero es una patria. Y que los países y las fronteras son un invento de los gerentes bélicos para renovar la costumbre de las guerras.
Ya entrada la noche, cuando volví a mi casa quise recuperar lo que había olvidado. Entonces subí a la terraza, respiré hondo: gracias, ¡el aire seguía estando! Alcé la mirada y comprobé que también la luna seguía abrochada. Con la certeza del aire y de la luna, recé a mi manera, pronuncié mis palabras talismanes, y como mástil no tenía yo me hice mástil. A la bandera del aire la fui alzando, hasta que sentí otra vez que el mundo entero era una patria del tamaño de una arenita. La arenita flotaba sola y solita en el hondo océano del cosmos con su noche.
No sé por qué, se me llenaron los ojos de lágrimas. Pensé que tal vez fuera por culpa de la insistente, terca, primavera.”
Posdata
Cuando escribí aquella columna que volví a soñar textualmente, también sucedía la primavera en esta patria tan arrasada. Por esos días las Abuelas de Plaza de Mayo habían encontrado otro nieto robado al nacer por los hacedores de muerte, en 1976. Aquel era el nieto número 81. Hace unos días, presagiando esta primavera, fue re/parido el nieto 128. Mal que le pese al señor Alfredo Casero, esta recuperación de identidad se debe al milagro sembrado por las Madres Abuelas, esas que, cada día, nos enseñan el optimismo de la memoria y que la paciencia no es resignación.
La pregunta, crispada y alentada por sujetos como Casero, nos acorrala: ¿Y qué diablos tienen que ver las Viejas Locas con la primavera?
Damas y caballeros, todo lo relacionado con las eternas parteras tiene que ver con la bendita primavera. Memoremos: hace 42 años se consumó La Noche de los lápices en este limbo del infierno: alrededor de 300 chicos de entre l3 y 17 años fueron apresados, torturados, desaparecidos. Luchaban por conseguir el boleto escolar en La Plata. Faltaban cinco días para aquella primavera. Frase de época: “En algo andarían esos pendejos y pendejas”.
A propósito de Casero y de su descalificación de las Madres Abuelas, alguien declaró que “es un sorete”. Me parece una sobrevaloración. La obscenidad de Casero nos indica que no es ni medio, ni un cuarto de sorete.
Pero salgamos de la imbecilidad negacionista. Tiempo de desagravio, volvamos a nuestro sagrado asunto: la primavera no tiene por qué ser olvido, es vida. Y la vida es memoria. Y la memoria es semilla. Y no hay quien pueda con la semilla. Definitivamente: no hay quien pueda con ella ¡la primavera!
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar

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