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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 14 de Setiembre de 2018

Las Torres, Chile, Fuentealba

Para decirlo como se debe: el 11 de setiembre es el Día del Maestro y de la Maestra. Conmemoramos la muerte de Sarmiento. (Qué pena, podría haberse elegido el día de su nacimiento, 15 de febrero de1811). Por ese y otros sucesos el 11 de setiembre se presta para pensarnos.

En tren de reflexionarnos recupero momentos de otras columnas y propongo memoria. Entiendo la memoria como un modo de semillar el futuro. Las Madres Abuelas nos enseñaron ese ejercicio arduo, imprescindible,

Desde el 2001 el “11 de setiembre” remite rápido a una tragedia de origen oscuro: el derrumbe de las Torres Gemelas. El episodio, bárbaro en sí mismo, paradojalmente sirvió para que la administración de los Estados Unidos desatara su decisión de comportarse como un Imperio. La atrocidad del derrumbe de las Torres sirvió para justificar guerras y genocidios preventivos, inclusive para justificar las torturas, estos años denominadas “interrogatorios exigentes”.
Pero ojo con el olvido: el 11 de setiembre anida también otra fecha no menos atroz. El día en el que el gobierno democrático de Salvador Allende fue incendiado con el mismo Palacio de La Moneda. Fue de público conocimiento: Pinochet hizo lo que deshizo con la ayuda obscena y explícita del gobierno norteamericano de entonces, craneado por el tristemente eficaz Henry Kissinger, una especie de Bin Laden de traje y corbata. Antes de eso, los biencomidos de Chile salieron a cacerolear para crear sensación de “fin del mundo”.
El 11 de setiembre chileno (¡y latinoamericano!) nos lleva a Salvador Allende, alguien que tuvo el coraje de suicidarse. Allende no huyó, murió en su sitio. Como pocos estadistas en la historia de la humanidad, estuvo a la altura de la fe que millones de seres le tenían. Nada menos. Allende murió en estado de democracia. Cuánta coherencia, cuánta dignidad y, damas y caballeros, ¡qué par de güevos!
Hay gentes que prefieren medir las tragedias por su costado cuantitativo. Aun desde este punto de vista, el 11 de setiembre, cuando se profanó y violó la democracia encarnada por Salvador Allende, se cobró tantas vidas como ocho o diez Torres gemelas.
Por favor, ahora memoremos al 11 de setiembre del 2007. No estaría demás recordar a Carlos Fuentealba, aquel joven maestro que fue fusilado en la ruta 22, en una represión ordenada por un tal Sobisch, por entonces gobernador de Neuquén, aspirante a presidente de la república.
El matador de Fuentealba, el ex cabo Darío Poblete, fue condenado a Prisión perpetua. Los que no recibieron juicio ni condena fueron los que ordenaron esa represión. Argumentaron que “fue un accidente”, “una casualidad”. Y más dijeron: que Fuentealba “se la buscó”.
Nadie apunta a la nuca de un humano que piensa diferente, “por casualidad”.
Nadie se toma atribuciones del Dios que comulga hincado y dice venerar, y le quita la vida a un humano, “por casualidad”.
Damas y caballeros: nada hay menos casual que “la casualidad”.
En nuestra ardua patria hay criminales y asesinos y cómplices explícitos, y hay indiferentes activos que también son cómplices. Siendo más específicos: hay un rubro que podríamos definir como el de los criminales asesinos. Curiosamente, a estos la pólvora y la sangre nunca los salpican. Los protege la impunidad de los despachos. Y de la desmemoria.
El caso es que, en aquel abril del año 2007 después de Cristo, la protesta de los docentes fue reprimida y se bebió la vida entera de un padre de dos hijos, maestro, en Neuquén. El entonces gobernador Sobisch asumió “la responsabilidad política”. Sin querer provocó una reacción en cadena de conciencias bastante distraídas.
Sabía muy bien el señor Sobisch que las muertes “acarrean un peligroso costo político”. Él sólo quería “imponer orden” dando palos y metiendo miedo escarmentador. Pero, claro, se les fue la mano y vino el escándalo.
Dije por aquellos días y digo ahora: el señor Sobisch representaba, no nos engañemos, el pensamiento de demasiados muchos. Estos demasiados muchos a la Constitución cada dos por tres la usan de papel higiénico. A la Constitución y a la democracia también. Piensan con el corazón del bolsillo, adhieren al neoliberalismo que arrasa con generaciones y siembra no sólo soja, además siembra analfabetismo y analfabetización.
Si al señor Sobisch le hubiesen preguntado sobre la legalización del aborto, sin pestañear hubiese clausurado el tema diciendo: “Estoy contra el aborto, ¡la vida es sagrada!”
A él y a tantos tomémosle la palabra. Con la muerte de ese maestro fusilado por la nuca, los Sobisch de esta patria son responsables políticos de otro aborto posterior. Porque hay abortos “antes de” y, aunque suene contradictorio, hay abortos “después de”. Hay abortos en el vientre de las mujeres madres. Y hay abortos en el vientre de la Vida. Si se entiende por aborto la “interrupción de una vida”, en este caso la vida del maestro Fuentealba fue interrumpida, de cuajo, por los que dicen que “la vida es sagrada”. Y la democracia latinoamericana, Chile mediante, también fue violada.
Posdata.  Este 11 de setiembre Carlos Fuentealba no estuvo para sus hijos ni para su mujer ni para sus padres, hermanos y amigos. Le vaciaron la cabeza. Claro, ¿a quién se le ocurre pensar y, encima, pensar diferente? ¿Viva el Orden? ¿Viva la Mano Dura? ¿Viva el aborto posterior? Pero caramba, ¿viva la muerte?
Hay que reconocerlo: Fuentealba cometió “imprudencias”. “En algo andaría”, dijeron algunos. Y no se equivocaban: por aquellos días Fuentealba andaba trabajando en un plan para alfabetizar albañiles. Madremía. Madre de él. De pronto escucho a la Violeta Parra cantando “me gustan los maestros / porque son la levadura / del pan con toda su sabrosura. / Me gustan las maestras / que rugen como los vientos…”
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