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Rodolfo Braceli zbraceli@gmail.com/www.rodolfobraceli.com.ar Viernes, 7 de Setiembre de 2018

Fortunato, ¿de qué se ríe?

El que traigo ahora es un fulano que al parecer nació en esta Argentina y se mandó a mudar a Nueva York. Hace siete años en esta columna me referí a sus andanzas; ahora retomo su historia. Advierto rápido: es peligroso  reír sonoramente estando solo y en público.

Ojoalpiojo: muy peligroso reírse en voz alta en la vía pública. Aprendamos de lo que le pasó a Fortunato Pena: se fue de la Argentina eyectado por el apocalipsis del 2001. Comparto un episodio que él protagonizó en Nueva York, hacia el año 2008. Imaginemos, trasladémonos a la Quinta Avenida: son las 11 de la mañana, fragor urbano. Ahí está él: es un hombre de mediana estatura, con un traje agrisado y roído por el uso. Su cuerpo es magro para tamaño traje que, se adivina, fue de otro humano hasta que se hartó de usarlo.

En uno de los puntos álgidos de Manhattan (podría ser también en la City porteña) Fortunato, sin desanudar los cordones, ahora se saca zapatos; le quedan grandes; se nota, también fueron caminados por otro dueño. Ya descalzo, del interior del zapato izquierdo extrae una hoja de diario prolijamente plegada. La abre, empieza a leerla y le brota una risa que enseguida muta en sucesiva carcajada.

Pronto se ve que a Fortunato Pena le faltan casi todos los dientes y muelas. Los transeúntes, intrigados por sus carcajadas, frenan sus urgencias. Se amontonan docenas de curiosos. En minutos se interrumpe el tránsito de personas y de autos: colosal atascamiento.

Sigue riendo el hombre del traje enorme que fue de otro.
Aparecen cronistas movileros de radio y de tevé.
La risa de nuestro hombrecito no declina; entre los testigos muchos se tientan, se contagian.
Llegan patrulleros, furgones que traen policías y fuerzas especiales y perros y armas "disuasivas". Un helicóptero ya sobrevuela la zona. Fortunato eleva su mirada y lo saluda enarbolando sus zapatos.

Su risa no amaina.
"¡Diosmío!!", dice entrando en pánico una señora muy aseñorada.
"Nunca se vio una cosa así", suma un señor muy almidonado.
"Debe ser musulmán, ¡métanlo preso de una vez!", esta frase paranoica gana consenso.
"Pero, ¿por reírse lo van a meter preso?", protesta a dúo una pareja de estudiantes (hoy faltaron a la Facultad; enseguida se harán el amor a rajacincha).
"Grave alteración del orden público, procedamos ya", ordena la autoridad competente.

Imposible retirar por tierra a Fortunato (que sigue riendo y contagiando). Desde el helicóptero desciende colgado un rescatista, trae un arnés. En el arnés lo cuelga a Fortunato que, sin soltar sus zapatos, sigue a las carcajadas. La multitud lo ve elevarse, lo introducen en el suspendido helicóptero, que ahora ya se aleja...

Abajo, los ojos de los humanos se miran, sin palabras. Alguien retoma la risa y cientos se tientan. El hombre que reía, allá va, por los aires, ¡y sigue a las carcajadas! Diez minutos después lo descienden en la Central de Investigaciones. No suelta sus zapatos, no decae su risa. El comisario, tres médicos, seis enfermeros, un fiscal, un juez proceden a examinarlo. Joder, uno de los médicos se tienta. Todos advierten lo mismo: que la ropa del hombre es regalada; que su piel, amarronada de intemperie, tiene la barba oscurecida de varios días. No hay anillos en sus dedos ni reloj en su muñeca. Su pañuelo alguna vez fue blanco. Anda por la vida a la buena de Dios, en los días pares; y a la buena del Diablo, en los impares. En el despacho forense el hombrecito emite una risa que ahora le sale arenada; su garganta está exhausta. Permanece quieto, no parece temeroso por nada.

A Fortunato ahora lo desnudan por completo. "Algo debe de esconder este tipo en alguna hendija de su cuerpo". Revisan los bolsillos de su pantalón; encuentran tres cigarrillos a medio fumar, un trozo de pan mordido, un caramelo y dos aceitunas. ¿Y en el ano? Nada. En los bolsillos del saco: ni billetera, ni documentos. Sólo la hoja del diario prolijamente plegada.

El comisario la despliega y entonces lee la explosiva noticia de estos días: que los super bancos de Estados Unidos y de Europa quebraron, ¡corralito mundial!; estalló la burbuja inventada para salvar a la burbuja financiera; conmoción global; colapso terminal de la Bolsa; el dólar enloquecido; suicidios de políticos y magnates. Asistimos a la crisis más grave del Sistema, desde Adán y Eva: apocalipsis sin retorno; pánico ecuménico.

El juez interrogador le devuelve la página del diario al hombrecito (que no ha dejado de reir), y le pregunta  por qué guarda justamente esa página. Fortunato Pena le señala el gran titular y recrudecen sus carcajadas. Joder, ahora se dobla de la risa. En el medio de sus carcajadas hilvana algunas palabras. "yo sí estoy a salvo. yo sí. A mí no hay crisis que me alcance. Me canto y me cago en el dólar."

Después, más calmo, lo explicará así: "Yo no tengo propiedades ni autos ni velero ni quintas ni campos ni avioneta. Yo no tengo ahorros ni plazo fijo ni bonos ni cajas de seguridad ni oro ni dólares ni euros en los paraísos fiscales. Yo no tengo dineros debajo del colchón; ni colchón tengo."

En otras palabras que, por su abundancia de carencias, es un hombre libre. Y ahora se está riendo de todos: de los precavidos, de los usureros. Y, por supuesto, se ríe de los malparidos, de los buitres.

El juez decide prisión preventiva. Fortunato, el hombre que ríe demasiado, pliega con esmero la portada del diario, la acomoda en su zapato izquierdo y otra vez ¡sus carcajadas! Ahora, esposado, lo están subiendo a un patrullero. Piensa: "Esto viene perfecto: por un buen tiempo no deberé escarbar en las bolsas de residuos: tendré asegurado techo cama y comida limpia. Cero prepaga. Cero ABL Viva la Pepa. Y el Pepe. Y viva la Lora."

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