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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 24 de Agosto de 2018

25 años, y ni un huesito

Pasaron, uno por uno, ¡25 años! Se llamaba Miguel Bru. Fue detenido y torturado en la Comisaría 9º de La Plata. Se les fue la mano, y Miguel desapareció del mapa el 17 de agosto de 1993. En democracia.

Cinco años después, con mi hijo Juan Andrés entrevistamos a la porfiada madre de Bru. Esa charla fue un capítulo del libro “Madre argentina hay una sola” (Sudamericana, 1999). El cuarto de siglo sin Miguel nos hace reflexionar. Recupero fragmentos:

“Rosa Bru es puro vértigo, no se da respiro. Su desesperado relato arrasa con la puntuación; adiós a los puntos y aparte. Rosa busca busca busca. Desde hace 25 años repite: “Al menos quiero encontrar un huesito de Miguel”. Un huesito, madresanta.
 “Madre Rosa nos recibe en su casa de Berisso, nos explica:
–Hay pruebas: a mi hijo lo detuvieron y lo mataron porque la 9° de La Plata con él se fue de palos. Mientras no aparezca Miguel, en esta casa ¡ni un ladrillo más!
Sin dejar de hablar nos alcanza un mate. Escuchémosla (la puntuación es nuestra):
–Miguel en abril del 92 vive en casa alquilada. Todo bien, hasta que un amigo lleva una batería; arman una banda de rock. Ya estamos en el 93 eh. Recibe denuncias y amenazas. La policía les hace un allanamiento ilegal. Un día a las nueve de la noche caen dos autos particulares, dos móviles policiales y un carro de asalto. Por “ruidos molestos”. En el 93 eh. Con armas largas, los ponen contra la pared. Miguel reclama Orden de Allanamiento. Le ponen una la pistola en la cabeza. ¡Qué orden ni orden! Revuelven todo, les dicen “prenderemos fuego a la casa con la batería y ustedes adentro.” Se llevan detenidos a los muchachos. Todo ilegal. Están media hora en la 9° de la Plata y los largan. Después Miguel hace la denuncia en la Fiscalía de Cámara. En el 93 eh. A partir de ahí, el hostigamiento. Miguel corre peligro; no nos damos cuenta hasta que lo desaparecen.
(Sigue madre Rosa, sin darse respiro:)
–Empiezo a buscarlo. Un día mi hijo Guillermo me dice mami, la bicicleta y la ropa de Miguel aparecieron en la orilla del río. Pero sin Miguel. Voy a la policía, hago la denuncia. Mi marido, que es policía, me dijo “estás loca, Rosa, quién sabe dónde anda Miguel”. Algo muy malo pasaba. Guillermo va a otra comisaría y pregunta cómo seguir. Le indican la comisaría Del Carmen. Vamos. “Aquí no corresponde”. Volvemos a Villa Argüello, no nos toman la denuncia. Voy con Guillermo al lugar del río donde apareció la ropa. Tomamos dos micros, a mitad de camino paro a un patrullero y les pido que me acerquen a Punta Blanca. Llegamos al río y un hombre nos cuenta que lo vio pasar a Miguel el martes 17 de agosto a las 14 horas, pero no lo vio volver. Me acerco al lugar: veo la bicicleta, no la conozco; veo la ropa, tampoco. Conozco su ropa. Estábamos en el 93 eh. Voy al Puerto de La Plata, no reciben mi denuncia. Voy a Los Talas y me la rechazan. Después, en Magdalena, cabecera de comisarías, y tampoco la quieren tomar…
(Una llamada telefónica interrumpe a Rosa. En segundos la cierra, y sigue con relato:)
–¿Le dije? Mi marido trabaja en Villa Argüello. Enterado del caso el jefe de él, subcomisario Jasa, me dice: “Deje todo como está, yo le voy a tomar la denuncia en Villa Argüello. Interviene el juez y el domingo 22 de agosto hacen un rastrillaje. Pura parodia.
Madre Rosa Bru seguirá relatando la búsqueda. Hemos escuchado unos minutos, imaginemos su relato de casi 25 años: idas y venidas, esperanzas y frustraciones, expedientes, abogados, fiscales, pistas borradas o inventadas, y Miguel ¿dónde está?
  Pero ella no afloja. Busca. Por ahí recibe una frase que la enardece: “Señora, ¿de qué delito habla? Si no hay cuerpo no hay delito”. A la impunidad nada le cuesta volverse cínica. En ese vía crucis de décadas le dicen a Rosa Bru que Miguel vive en Brasil, o en Paraguay. La víctima es la sospechada. Pero ella sigue: ve a Ruckauf, a Galmarini, a la mujer de Mitterand... al gobernador Duhalde. A este le exige que, como con el caso de Cabezas, ofrezca recompensa. Rosa Bru discutirá con el gobernador. “El gobernador –dice ella– ese día estaba malhumorado y apurado, tenía que ir con su familia al programa de Mirtha Legrand”.
En su primera pausa le pregunté a Rosa:
–Sí Miguel apareciera, ¿qué haría usted?
–Lo besaría lo besaría lo besaría...
  (Rosa Bru abraza el aire; por un segundo se queda con el encanto de la imagen imaginada, pero enseguida vuelve a su deber: seguir buscando a Miguel.)
–Rosa, ¿usted nunca bajó los brazos?
–¿Cómo bajar los brazos sin haber encontrado al menos un huesito de Miguel?... Yo he sentido impotencia. Pero a mí la impotencia me da fuerzas.
–Han pasado los años...
–Pasaron pero, cada vez que golpean la puerta yo digo: ¡Es él! Pero no es Miguel. No importa: yo, todos los días prendo la tevé y elijo programas con mucha gente y busco entre la gente porque por ahí veo la cara de Miguel.
Posdata.  Quienes presumimos de bienparidos debemos semillar memoria: ¿dónde están los más de trescientos nietos afanados en la dictadura, muchos desde la placenta? ¿Y dónde están los miles de desaparecidos que los obscenos Lopérfido y Andahazi proclaman que “no llegan a 30 mil”? ¿Y dónde Julio Jorge López, el albañil borrado del mapa por ser testigo de Etchecolatz? ¿Y dónde, dónde está Bru? Su madre insiste: “Al menos quiero encontrar un huesito de Miguel”…
 (Oíd mortales: Miguel es alguien cuya “vida fue interrumpida”. Triste ejemplo de aborto posterior. Aborto que no les importa un comino a los hipócritas que dicen estar “a favor de las 2 vidas”.)
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar




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