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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 3 de Agosto de 2018

Senadora, mire ¡al Serafino!

Retomo texto que publiqué en Página 12. Un lector me dice: ¿Usted cree que esta Señora va a entender su nota? Mientras resuelvo la pregunta en el desarrollo de esta columna, digo: si ella no entiende esto ¡madremía!, que los dioses se junten para salvar a esta patria.

Otra vez le advierto: esta es una Carta Abierta; o Mal Cerrada. Y rápido le aviso: señora, nunca es tarde para aprender que en boca cerrada no entran moscas. Ni salen.

Usted es Senadora de la Nación. Formidable responsabilidad. El caso es que el 16 de julio del 2018 después de Cristo, en un flujo de irreparable sinceridad –sinceridad que compromete a su corazón y a su aparato cerebral–, usted soltó que el Síndrome de Down es una enfermedad. Incurable. En un cruce con el biólogo Alberto Kornblihtt, usted puso en evidencia esa opinión suya; al segundo quiso disimularla. Tarde: las moscas salieron. Las moscas entraron.
Seres humanos que, a propósito de la despenalización del aborto, defienden “las dos vidas” –la de madre y feto–, quisieron minimizar, disimular su “desliz”. Señora Senadora, ¡joder con el desliz! Pasa con frecuencia: los dueños de las “buenas costumbres” son hábiles para licuar barbaries como la suya. Esta vez, impunes y campantes, argumentaron que lo suyo, Senadora, fue apenas una “expresión desafortunada.” Nooo, todo lo contrario: fue una expresión afortunada porque representa lo que tantos y tantas enarbolan. Afortunada, además, porque descareta de cuajo a quienes ladran que “¡la vida es sagrada!” Caramba o carajo, sagrada la vida ¿de quiénes?
Senadora, demorémonos en su desliz. Por empezar anida una cuota escandalosa de torpeza. Imposible no advertir lo que nos revela, de usted y de su secta de buenudos, tan atroz opinión sobre el Síndrome de Down. Revela ignorancia, insensibilidad y un cretinismo retrógrado que nos remonta a tiempos cuando andábamos en cuatro patas meta gruñidos y sin necesidad de sintaxis.
Debe reconocerse: su “desafortunado desliz” tiene la virtud de revelar en un santiamén hasta qué punto la hipocresía es la sustancia medular de quienes por estos días, peligrosamente –desesperados hasta la histeria–, enarbolan la defensa de la vida, porque “¡es sagrada!”. Otra vez: sagrada la vida ¿de quiénes? Se llenan la boca con la palabra “Jesús” pero imaginemos lo que le harían a un Jesús de nuestros días los gendarmes y fuerzas expertas en disuadir por las malas o por las malas. Y por la espalda.
No, señora Senadora, lo suyo más que desliz es revelación. Todo el tiempo ustedes discriminan, y desenfundan el dedito de acusar, y tildan, y xenofobian, y convierten a los pobres en sospechosos, y etc. A ustedes, practicantes de la indiferencia activa, les importan un carajo los abortos posteriores, es decir, las “interrupciones de vida” perpetradas después del vientre, mediante el hambre, los misilazos, y la sembrada analfabetización. Señora Senadora, con sumo respeto le digo que con su desliz usted ofendió a la investidura de la Honorable Cámara. Y agravió a la hoy tan desabrigada democracia.
(Ah, me olvidaba: la señora Senadora tiene nombre, Silvia; tiene apellido, Elías, y además “de” Pérez.)
A continuación, a modo de desagravio, deseo compartir un textito que hace algún tiempo me inspiró un niño down. El niño, siendo linterna, anda por ahí...
Serafino mediante
Cuando un niño nace con Síndrome de Down decimos, desde el error de la piedad o, peor, desde la necedad de la lástima, que es diferente. Él, ¿diferente de nosotros o nosotros diferentes a él?
El niño de nuestra historia se llama Felipe, pero me gusta nombrarlo con un nombre secreto: Serafino. A Serafino, al tiempo de su nacer, le abrieron el pechito y le zurcieron el corazón trizado; que conste, con hebras de sol se lo zurcieron. Desde entonces, vive pleno, y hay que ver cómo deletrea, cómo aprende las sílabas del mundo el vaguito…
Serafino usina secretos preciosos: a la vida le ve colores que nosotros no conocemos, y le escucha sonidos que tampoco. Por eso ya está a salvo de las miserias y distracciones paupérrimas de la condición humana.
Conozcámoslo un poco más: para Serafino el 3 no es un número: es un clavel. Y 333 es un clavel más otro y otro clavel. A ver si nos entendemos: el 333 es un jardín que cambia de enanito todos los días impares. Enanito siempre de izquierda, por eso rojo el clavel.
¿De qué clavel estamos hablando? Es inútil, no lo podemos ver; él sí.
Conviene enterarse, además, de que para Serafino el 5 es un niño que ahora en la vereda pedalea un triciclo verde; veloz espanta los charcos que dejó la lluvia de recién.
¿Y el 8? Es la foto de su madre amamantándolo. ¿Y el 9? Es su papá con el ceño apretado cuando se levanta de su rato de siesta.
¿Y el 4? Ah, el 4 es su hermana cuando se atreve a sentarse en una sillita que es sumamente violeta. La tal silla –la más pequeña del mundo–, es la que Serafino usa para subirse y asomarse por cierta ventana en la que cabe un arco iris que late cuarenta y siete colores y trece más.
Sépase: a los semblantes de estos colores, nosotros no los alcanzamos ni a vislumbrar. Es que estamos tan ciegos para esos colores, y tan sordos para tocarlos… Porque, hay que decirlo: Serafino sabe y siente más hondo que los adultos adulterados; sabe y siente que los colores tienen piel y hay que escucharlos con la punta de los dedos, siempre.
((Veámoslo: Ahí va Serafino, vadeando el arcoíris.
Es de luz el pendejito. Y la luz no tiene por qué rendirle cuentas a nadie.
¿Podríamos decir, entonces, que Serafino es un feliz?
Preguntar eso significa no haber entendido nada.
Desde antes de nacer, él sabe que la felicidad es un sufrimiento que los humanos nos inventamos sucesivamente…))
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar


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