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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 27 de Julio de 2018

Fontanarrosa, entregate

Una maldita costumbre argentina: recordamos a nuestros ídolos y próceres por el día de su muerte. A ver, ¿sabe usted cuándo nacieron San Martín, Belgrano, Sarmiento, Fangio, Maradona, Locche? Lo mismo sucede con Roberto Fontanarrosa. Se cumplieron 11 años de su supuesta muerte. Y lo asociamos al Día del Amigo.

Insisto desde esta columna: saca de quicio, por no decir que rompe las pelotas, cuando los periodistas en los aniversarios de muertes titulan “equis años SIN fulano”. Pasó estos días: el título frecuente fue: “11 años SIN Fontanarrosa”.

¡Qué espantoso lugar común, Mendieta!
Recupero, en este 2018, una confesión: Roberto Fontanarrosa, el Negro, no murió. Ojo, no voy a caer en el extenuado lugar común de decir que “no murió porque lo guardamos en la memoria de nuestros corazones”. Lo reitero sin ánimo de metáfora: el Negro más mentado de la literatura Argentina está vivo, respira. Ahora bien: si no murió el 19 de julio del 2007, ¿por qué carajo no está? Lo revelo, entre nosotros: el Negro debe una muerte, huyó escapando de la justicia. Y entiéndase tal cual. Fontanarrosa, hace una punta de años, cometió un crimen casi perfecto. Repito, esto no es jodienda. Pasó. ¿Y cómo es que consiguió permanecer prófugo hasta este 2018? Y bue: estamos en la Argentina.
Escucho voces indignadas. Calma, por mis padres juro que demostraré que Fontanarrosa Roberto, alias El Negro, mató a un ser humano. Y esto no pasó en una de sus historietas o cuentos. Ése crimen es la causa de su huida y simulada de muerte. Para dar pruebas fehacientes me remito a un libro que escribí a dúo con el Negro: “Fontanarrosa, entregate. Y vos también, Boggie. Y usted también, Inodoro” (Ediciones de la Flor, 1992). Ahí me asomé a su vida a través de arduos interrogatorios: uno a él,  otro a Boogie y otro a Pereyra. Las respuestas del Negro son reales y las de sus personajes, textuales, entresacadas de sus historietas. En algún momento del libro salta su confesión del crimen. ¿Qué fue lo que me contó? Calma, transcribo el fragmento revelador:
–Negro, ya mismo: tu opinión sobre el Todo. Y sobre la Nada.
–El Todo es el reverso. De la Nada. Uno toma la Nada, la da vuelta, raspa un poco la parte de abajo y va apareciendo el Todo. En cambio, si da el vuelta el Todo, no encuentra nada.
–Hagamos necrofuturología. Te vas a morir: ¿qué consejo póstumo les dejarías a Inodoro?
–“Cuídelo a Mendieta, Pereyra.”
–¿A Mendieta?
–“Cuídelo a don Inodoro, Mendieta.”
–¿A Boogie?
–“Cuídese, Boogie.”
–¿A Superman?
–“Pare un poco la mano, Superman.”
–Negro, una preguntita más. ¿Alguna vez mataste a alguien?
–Y… no...
–Respondés sin convicción. ¿Asesinaste o no en la realidad, afuera de tus libros?
–La madre de mi viejo… era mi abuela.
–Lógico. Dále.
–Vivía con nosotros, tenía arterioesclerosis, jodida de carácter...
–¿Y? Dále.
–Mi juego preferido era con los soldaditos de plomo. El juguete ideal para un niño de condición modesta. Cuando se le sale la cabeza, palillo y pegalotodo… Pero tuve un soldadito que de tanto arreglarlo no tenía arreglo.
–¿Ésa es la muerte que tanto te tortura, Negro?
–No he concluido. En vista de que mi soldadito no servía más, decidí incinerarlo. Un funeral... Lo metí adentro de un tarrito de aluminio. Traté de prenderlo fuego en el patio, pero había viento. Era la siesta, hora de las grandes cagadas. Me fui adentro para prender fuego al soldadito. Al principio costó para que la llama tomara, pero después se alzó, tomó una cortina, salí a los pedos, un griterío terrible. Mi abuela corriendo... Todo se arreglaba con un sifón de soda, un balde de agua y chau, pero cundió el pánico, ¡cómo gritaba la vieja! La cuestión es que mi abuela tuvo un infarto. El clásico síncope. Quedó seca. Por mucho tiempo yo tuve miedo a la noche y al fuego. Pero no me queda sensación de culpa. En aquella época los psicoanalistas no se usaban.
–En otras palabras, Fontanarrosa: mataste a tu abuela.
–Fue un accidente.
–Con la coartada de la niñez, un crimen perfecto.
–Por favor.
–Técnicamente hablando sos un asesino, un abuelicida.
–Qué culpa tengo yo de no sentir culpa.
–Canalla.
–Soy de Central. Canalla de alma.
–Adiós, Fontanarrosa Roberto.
La despedida fue sin abrazo, sin apretón de manos. Dejamos su estudio. Afuera, noche por los cuatro costados. Caminamos, sin mirarnos, buscando la avenida central de Rosario. De pronto Fontanarrosa me tomó de un brazo y me susurró: “Escuchá, Rodolfo… No se escucha nada”.
Posdata.   He aquí el crimen que Roberto me confesó en 1992 y que, textual, reproduje en mi libro “Fontanarrosa, entregáte…” Parece que alguien compró el libro y se enteró; ahí fue que el Negro sintió que la policía iría por él. Entonces, el 19 de julio del 2007 simuló su muerte. Y huyó. ¿Y ahora? Difícil apresarlo porque, Negro como es, le resulta muy fácil traspapelarse en la noche. ¿Y de día? De día tendrá cobijo en millones de hogares patrios. Para dar con él, más que un allanamiento habría que hacer un censo. ¿Y si se intentara su pesquisa deteniendo a sus personajes? También inútil: porque Boogie hace tiempo que está fuera del país, dándole una mano(pla) a la banda de Donald Trump en las torturas persuasivas a los morochos musulmanes. Porque Mendieta cada día habla mejor y hasta podría conducir con soltura idiomática un programa televisivo. Y porque a don Inodoro le basta con pegarse un buen baño para despistar a quien fuera o fuese.
Imposible será atrapar al asesino de su abuela, al masculino Fontanarrosa Roberto. Por lo demás, este crimen puede quedar guardado en la impunidad del amor que le tenemos. Lo importante es que, nos consta: El Negro no murió; vive, anda por ahí ahora, en este 2018. (Queda entre nosotros el secreto, eh.)

*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar


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