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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 29 de Junio de 2018

Las Locas, campeonas del mundo

Perdón, hoy no hablaré del bendito Mundial. Afuera del fútbol también hay vida, y noticias. A propósito: para el promedio de nuestra sociedad (tan trabajada, malcriada y formateada para la desmemoria digestiva y la indiferencia), hay noticias que pegan en el hígado. ¿Y qué hace con ellas el gran periodismo?

A esas noticias el periodismo estelar las traspapela. Ejemplo: la reciente postulación de las Madres Abuelas de Plaza de Mayo para el Nobel. A muchos les produce vinagrera, pero así es: las Madres Abuelas de Plaza de Mayo están, por sexta vez, candidateadas al mentado Nobel de la Paz. Ese reconocimiento, mundial, enfurece a esos que quieren desaparecer el tema de los “desaparecidos”. A los adictos a la “teoría de los dos demonios” que propician el 2 por1; a los negacionistas; a los “pérfidos”; a los Andahazi; a los autodenominados “filósofos” que entretienen sospechando la cifra de “30.000”. Ellos son los que, en estado de democracia, duermen y retozan tranquilos. Y en estado de dictadura violadora, también.
Celebro la noticia, y más: propongo inventar otro premio: el Nobel de la Vida. ¿Por? Porque en eso consiste la siembra de las abuelas atravesando las intemperies de más de 4 décadas. La atroz dictadura, además de decenas de miles de desaparecidos, afanó más de 500 criaturas, muchas arrancadas de cuajo desde la placenta. Nuestras Madres, con la ciencia de la paciencia. Ojo: sin una bala, sin alzar cuchillo, sin arrojar ni la primera piedra ni la última, enseñándonos con sus acciones de cada día que la paciencia es lo contrario de la resignación, recuperaron, una por una y uno por uno, 127 nietos ¡Ciento veintisiete! Los rescataron de sus identidades secuestradas. Los nacieron otra vez. Fueron parteras en el más hondo sentido de la palabra: parteras de Vida. Nada menos. Por eso el Nobel de la Paz, para el mundo entero significará el Nobel de la Vida.
Escribí “significará”. ¿Estoy dando por concedido al ecuménico premio? Sí. Y sin esperar el próximo octubre. Porque nuestras Abuelas al premio ya lo recibieron 127 veces. Cada vez que como parteras alumbraron la identidad de un nieto o nieta.     
Lo recibieron y lo seguirán recibiendo, porque para ellas la búsqueda continúa y continúa. Y seguirá continuando. Aunque la mayoría de ellas han pasado sus 80 y sus 90 años de edad… Prodigiosas, tercas, para ellas la edad es un mero detalle. Ante ellas la edad recula y las reverencia: ellas se buscan, y nos buscan. Es que aún quedan más de 300 seres que andan por la faz de esta patria ciegos, sin saber cómo se llaman, quiénes eran los padres que los semillaron.
Decimos, justificando los barquinazos de nuestra realidad: “Lo que pasa es que no tenemos ejemplos”. ¡Falso! Ejemplos tenemos, y más acá de nuestras narices. Ellas vienen siendo ejemplo, y sin discursos. El mundo entero las admira mientras aquí, hediondos canallas tratan de confundirnos: argumentan que cuando insistimos en hacer memoria, retrocedemos. Y enarbolan la coartada de la “reconciliación”. Con el borrón y cuenta nueva, buscan la impunidad del olvido.
Permiso. Retomo líneas de mi libro “Madre argentina hay una sola”. Estas mujeres, con acciones, nos enseñan que la memoria es la forma más ardua de la esperanza. Y del optimismo.
Madres hay como yunques, como martillos, como harina; madres hay de acero, con dientes en los dedos y uñas en el corazón. Y hay madres topos y capaces de dormir despiertas asumiendo el insomnio como deber. Y hay capaces de abrirse el pecho, de sacarse el corazón de cuajo y arrojarlo sobre los indiferentes activos, los cómplices de los violadores de la vida y de la muerte.
A ellas no las distrae el Nobel. Argentina es famosa por un tal Fangio y un tal Maradona y un tal Messi. Pero desde hace años este mapa de los cuatro climas es admirado, mundialmente, por estas mujeres del pañuelo blanco. Recordemos: ellas eran un puñadito de locas que giraban bajo lluvias o soles impiadosos. Giraban desguarnecidas, “inútilmente”. No sabíamos que esas porfiadas agricultoras eran panaderas, parteras de la memoria. Le estaban y le están dando vuelta los bolsillos a la muerte. Alzan la perdida alegría; porque no sólo el luto es cosa nuestra, también lo es la alegría.  
Las Madres, en situaciones extremas, piensan con el instinto. Su coraje sacude la in/conciencia de una sociedad banal y digestiva.
Sin feriados ellas incomodaron a los desnucadores de la condición humana que hicieron del infierno un limbo. Ellas son imprescindibles para no confundir abstinencia con prudencia, desmemoria con reconciliación.
¿Qué sería de nosotros sin las arrojadas acciones de estas Abuelas siempre Madres? Digámoslo: sin sus presencias perturbadoras, hubiéramos hecho de la digestión nuestra excluyente actividad ciudadana y del eructo nuestro único síntoma de rebeldía.
Escribió Susana Sontag: “Se nos ha enseñado a olvidar perfectamente. Y ésa es la base de nuestro optimismo”. Este concepto, tan desgraciadamente cierto, se desactiva con las Madres Abuelas. Ellas, linternas locas, pueden ser optimistas porque no olvidan. Y no nos dejan olvidar. Encarnan nuestro último resto de dignidad. Por eso al Nobel lo ganaron 127 veces. Más que al Nobel de la Paz, al Nobel de la Vida. Ellas le dan vuelta los bolsillos a la muerte.
Camino se hace al andar, conciencia se hace al girar. Si es rueda la Vida, rueda por ellas. Las madres que las parió, ellas, tan capaces de todo: sembraron el mismísimo abismo.
Justamente ahora necesitamos que la Madres sean más eternas que nunca. Hoy la obscenidad del negacionismo recrudece. Afrontemos la pregunta: –¿Qué sería de nosotros si ellas, las Madres Abuelas, no hubieran existido?      
¿Estaríamos de pie? ¿Estaríamos en cuatro patas?
Madremía, madrenuestra: ¿estaríamos?
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