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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 15 de Junio de 2018

La patria es una casualidad

El mundial da para todo; e incluso para la incómoda reflexión. Estamos -dijimos- con nuestras vidas entre paréntesis. Nos hemos zambullido de cabeza, con corazón y tripas, en el vértigo de las histerias y delirios. Soñamos despiertos, mientras la realidad nos está comiendo por las patas.  

Viernes, 15 de Junio de 2018

Al vivir entre paréntesis, el Mundial de fútbol succiona deseos, pensamientos, sueños, proyectos. Soltamos los presentimientos, recrudecen nuestras supersticiones, nos entregamos a insólitas cábalas, hasta acudimos a la complicidad de las religiones para conseguir ayudas y ventajas celestiales. Coimeamos al "más allá" para mejorar la suerte nuestra selección. Semanas de pesadilla, de corazón en la boca, de papelitos y estribillos y banderas, de euforia y/o depresión.
Y llegamos a un asunto que merece pausa para la reflexión: al compás de los medios de descomunicación, con la ansiedad hipnótica del Mundial, asoma el escondido patrioterismo nacionaludo. Nos siembran para confundir el "amor propio" con el "amor por lo propio". El amor propio es enfermizo, enceguecido, engendra odios, nos pierde la chaveta; por él ingresamos en esa zona insana que tanto fogonean los himnos al comenzar cada partido: fácil caemos en la creencia de que la "patria" depende de un eventual puñado de jugadores. Una pelota que se estrella en el travesaño bastará para hacer saltar la térmica de nuestra zigzagueante autoestima. Más de una vez confundiremos a nuestro marcador central con el sargento Cabral y a Messi con el mesías. Si llegamos a la instancia final volveremos a creer que, efectivamente, que Dios es argentino y estamos condenados a ser "los mejores del mundo", en todo. Si llegamos perder otra final, volveremos a ser pechos fríos, los más fracasados. En el éxito o en el fracaso siempre despunta nuestra congénita enfermedad de ser los más. Últimamente nos consolamos diciendo que somos "los más inexplicables del mundo". De cualquier manera, siempre "los más".
Aprovechando que estamos de Mundial tratemos de enhebrar alguna reflexión a propósito de nuestra tan arraigada inclinación a sentirnos superiores por el azaroso hecho de haber nacido en este pedacito de mapa que de casualidad, y por ahora, se sigue llamando Argentina. Sospechamos que si continúa el loteo patrio algún día la Argentina podría perder hasta el apellido y llamarse "Bennetonia", o ex argentaine.
En pos de reflexión, acuso a una historia real (la difundió en medio mundo la agencia Ameuropress y la desarrollé en mi libro "Madre argentina hay una sola". Aquí va:  
Un día del enero de 1974 Eugenia Sosa hacía sus tareas en su ranchito, cerca del río Pilcomayo, en Formosa. Sola estaba cuando sintió las cruciales contracciones del parto. Eugenia gritó esperanzada de que la escuchara la vecina que vivía a unos cincuenta metros. Ya estaba para parir: tendría que arreglárselas sola. Se arrimó una sabanita, tuvo a mano un cuchillo filoso; se retorció, volvió a gritar. Y cuando ya empezaba a asomar desde su vientre la criatura, apareció la vecina, que, sin más, la ayudó a cortar y anudar el cordón umbilical. Fue entonces cuando las dos mujeres se dieron cuenta de que en el vientre quedaba un hijo más. Eran mellizos.
La vecina le recordó que del otro lado del río había un pueblito, ya en territorio paraguayo. Pueblito sin nombre en el mapa pero al menos con una precaria salita de primeros auxilios; allí estaba siempre una anciana comadrona  que había nacido a casi todos los de por ahí. Ellas pensaron con la rapidez del instinto: antes de decir  "crucemos el río", ya habían caminado el trecho, y se deslizaban con un bote. Llegaron a la otra orilla y caminaron un par de cuadras hasta el dispensario donde atendía la anciana. Hicieron ese recorrido ellas, la vecina con el recién nacido en brazos y la otra con el que ya brotaba en el vientre. Ni tres minutos habían pasado cuando asomó con llanto victorioso el otro hijo. Pura felicidad: los mellizos sanitos y la madre a salvo y entera.
Eugenia Sosa alcanzó, por ese episodio, su cuartito de hora de celebridad. En menos de media hora había parido dos hijos en países diferentes: uno era argentino, el otro paraguayo. O viceversa. Mellizos, de distinta nacionalidad.
¿Qué diferenciaba a cada uno? Unos metros de suelo nada cambian en cuanto a la condición humana, por más que entre esos metros pase una línea que determine que de allí para acá es Argentina y que de aquí para allá es Paraguay.
Posdata.  Damas y caballeros, ojo al piojo: esto de los mapas es una soberana güevada. Muy fácil demostrarlo: si el segundo de los mellizos de Eugenia Sosa hubiera nacido también en el rancho de Formosa, ¿hubiese sido, por eso, diferente? Más claramente: por argentino, ¿hubiese sido más inteligente, más brillante, más vivaracho?
Vivamos el Mundial con pasión, pero sin olvidar que esto de los mapas es un cuanto que nos inventaron y acatamos con entusiasmo. Cuando nos vienen los odios nacionaludos, cuando el que no salta es un moco, cuando por esas cosas de los mundiales y de las fronteras quisiéramos aniquilar al de bandera o camiseta diferente; cuando eso nos pasa debiéramos pensar que los diferentes somos tan pero tan iguales.
Pensar que una línea de mapa es sólo eso: una línea. Y la nacionalidad, una mera casualidad.
Porque la tierra es una solita. Y dividirla es una picardía que sólo sirve a los fabricantes de misiles, a los hacedores de genocidios preventivos y de horrores colaterales.
Que el vértigo del futbol no nos haga perder la chaveta. Después del Mundial nos espera la jodida realidad. No olvidemos que ser argentino es algo que le puede pasar a cualquiera. Ni olvidemos que la Tierra es apenas una arenita que flota en el desmesurado cosmos. Recordemos que los nacionalismos, a la hora de la pelota, son una reverenda pelotudez.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar



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