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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 1 de Junio de 2018

Don Favio y sus 80

No soy cantor, pero me canto. Me canto en las necrológicas y en la manía –tan argentina– de recordar próceres e ídolos por el día de sus muertes. Voy a recordar a Favio, viviendo.

Leonardo Favio nació el 28 de mayo de 1938. Por estos días cumple los 80 años de su edad. Hablo en presente porque siento que ahora mismo respira de otra manera. Recupero charlas que reuní en capítulos de mis libros “Células de identidad” (Ed. Octubre) y “El hombre de harina” (EDIUNC). Con Leonardo compartimos el estupor de la infancia. Él se crió en la calle de la Costa y yo nací a la vuelta, en la misma manzana del Luján de Cuyo. Allí aprendimos a respirar, para siempre. Comparto espantos y asombros, extrañaduras y fervores.
    Año 1970, agosto. Aquellos días, él estaba en silencio. Cuando llego a su departamento, Favio se está afeitando. Me dice: “En estos meses he vuelto a vivir.”
–Para vos ¿en qué consiste vivir?
–En algo sencillo; a veces bastante difícil. Vivir es tomar mate viendo series de tiros por tevé, estando con Carolita y con mi vieja y mis hermanos... Esto quise siempre… Lo otro –ruido, fama– se lo regalo a los demás.
–Lo regalás porque ya lo tenés.
–Lo que tengo es asfalto para dar y prestar. Por eso paladeo estas horas… ¿El señor periodista me puede preguntar por los grandes poetas actuales?
–A ver, ¿quiénes son esos poetas?
–Los mayores poetas son Nicolino Locche, su mánager don Paco Bermúdez y mi tía Andrea, que me teje unos pulóveres bárbaros.
–Hoy, ¿qué opina el señor Favio de Dios?
–Que se está portando bien, ya no está tan distraído. Dios, como buen ser humano que es, tiene derecho a ser distraído ¿no?
–De repente te quedaste callado… contame.
–¿Sabés? Me voy a morir a los 33. Algo real, no me asusta. Me queda un año. O menos...  
Dos años y 4 meses después (1972)   (Se llama Nicolás y ha nacido. Sucedió hace seis días. Una parte del aire que hay arriba del mundo ya le corresponde. Carola y Leonardo están encima del milagro que semillaron después de varias tempestades. Por la ventana entra un sol descomunal. Leonardo me dice:)
–¿Viste el monito fiero que hicimos con Carolita? Vamos, jugate; decime que es bonito.
–Bonito y robusto. Pero… Nicolás no se parece a vos.
–¿Que no se parece a mí? Acercate, mirale bien las piernitas.
–Las veo. Tiene dos.
–Prestá atención. Güevón: ¿ves este huesito de la rodilla? ¡Lo tiene igual a mí! Nadie en la tierra tiene ese huesito así… Enseguida voy a olerle todos los rinconcitos a Nicolás. Ay, me muero… qué ganas de morderle los taloncitos y el potito, de olerle la caquita.
–Jodete, Leonardo. Ahora sos feliz. Sufrí. La felicidad duele.
–Hermanito, ¿sabés que tenés razón? La felicidad duele como la gran puta.
22 años después (enero de 1997)   Dos décadas pasaron: 4 hijos, 4 películas, exilio, regreso… Timbre. Favio me abre la puerta. Nos miramos, mudos. Sin darnos cuenta nos estamos dando un abrazo. Nos decimos: Hijo de puta!... La puta que te parió!.
–¿Y esa foto del viejo linyera?
–Rodolfo, ¡el Pancho Brondo! Güevón, ¿no te acordás de él?… Vivía en Luján, juntaba todo el tiempo papeles y leña.
–El Pancho Brondo era hermano del marido de la Pierina. La Pierina, boludo, era la partera de Luján de Cuyo.
–Rodolfo, ¿boludo es una mala palabra?
–En los colegios ya la admiten.
–Bueno, entonces te cuento: yo una vez me crucé con Domingo Cavallo y le propuse hacer mermelada de boludos. “¿Para qué?”, me preguntó Cavallo. Le dije: “Para exportar la mermelada, y con eso pagar la deuda externa”.
–Leonardo, tu peronismo sigue intacto.
–Y vos, Rodolfo, seguro que seguís venerando a Alicia Moreau de Justo; yo sigo amando a Evita. Yo sería un hijo de puta total si no fuera peronista.
–Volvamos a nuestro Luján. Una imagen de allá lejos?
–¡La siesta! De chico, cuando los otros duermen, uno vive... ¿Te acordás?.. .Huy, ¡qué felicidad! Juntarnos con un amigo que se había robado un pan casero para comerlo entre todos; eso era una fiesta. Íbamos a robar gallinas a las casas que daban sobre el río y después nos hacíamos flor de guiso. En todo encontrábamos alegría. Mendoza tenía un olor tan peculiar...
–¿Dijiste?
–Culiao, dije olor peculiar. Gloria de olor, porque el clima seco, desértico, permite que te lleguen todos los aromas. Aquí es distinto... Sabes, yo siempre quise ser como mi primo, el Mario, vive en Tupungato… El Mario nunca salió de su casa, de su ferretería. Toda, pero toda mi vida lo envidié, por Dios.
–Me dijiste que te ibas a morir a los 33...
–Espero a la muerte como a un amigo… No hay que aferrarse como mendigo a esto… Ayayito, que no se nos ponga fea esta charla….Creo que hay que transformarse en otra cosa. Por ahí, mi otra cosa es... una mariposa. Todo esto no puede ser al pedo. Decime, ¿tomás un yerbiado? ¿Qué hay algo más rico que el mate hervido?
–Contame: ¿cuál fue la última vez que sentiste el escalofrío de la felicidad?
–Hace tres días, en este enero. Hacía un calor bárbaro, era de noche, se descargó la lluvia. Yo me desnudé, salí a esa terracita, me senté y me dejé llover. Y sentí felicidad.
–Si pudieras largar todo, ¿te irías a vivir a Luján?
–¡Pero cómo que no! Lo primero que tendría es un guardaespalda sobre un mirador, con un rifle de mira telescópica. Me haría una casa de adobones cerca del río. El tipo de rifle tendría la orden de bajar al primero que se acerque con cara de periodista o de cineasta. Si yo pudiera vivir cerca del río, allá en Luján de Cuyo, me la pasaría agradeciendo a Dios, orando las 24 horas. Y llorando.
–¿Llorando?
–Hermanito, llorando de felicidad.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar


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