El diario gratuito de Mendoza

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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Jueves, 24 de Mayo de 2018

Uno, cinco, diez... ¡quince años!

Buen día. Así encabecé mi columna al cumplirse el primer aniversario, y otros sucesivos, de nuestro JORNADA.

Ese saludo, así diagramado, lo convertí en talismán: Buendía, escribo ahora, al cumplirse el decimoquinto aniversario. 15 años es un pestañeo. Pero tratándose de nuestra zigzagueante Argentina suena a siglo entero. Porque aquí lo que no es difícil es complicado. Y lo que no es complicado es tortuoso. Es muuuy evidente: aprender desde la memoria no nos apetece. Somos capaces de tropezar dos veces con la misma piedra. Y tres y cuatro… Así la realidad deviene en pesadilla. Y estamos a las “corridas”. Vivimos como adentro de un lavarropas. A veces, parados de patas arriba. Pero no bajemos los brazos: estamos respirando, que no es poco. No arriemos la esperanza.
Sostener a pulso un diario de papel en estos tiempos es arduo, y apasionante. ¿Hay motivos para celebrar este cumpleaños? Los hay. Arrimemos el imprescindible malbec.
Momento, demoremos los brindis. Antes reflexionemos esta democracia. Pregunta inevitable: nuestra democracia, ¿merece llamarse democracia? ¿Evolucionó o todavía gatea? La pregunta –como diría Alicia Moreau de Justo–, nos resulta jorobante. Pero afrontémosla: esta democracia no es ni buena ni mala: nos espeja.
¿La merecemos? Ya cumplió 35 años. Jamás, en esta patria espasmódica, la democracia duró tanto. Ojo al piojo: “durar” no significa “crecer”. No basta con cumplir años para crecer.  
Repregunta: ¿Podemos decir que nuestra democracia se consolidó? Nunca dejó de estar en peligro y el peligro radica en que en esta Argentina no hay tres clases sociales, hay cuatro: la alta, la media, la pobre y la paupérrima clase de los desgajados. Pobres + desgajados suman una cifra obscena. Toda democracia se sostiene con conciencia cívica. Pero resulta que, pobreza más analfabetización, nos da desesperación. Y la “desesperación” es lo contrario de la “conciencia”. Así oscilamos entre la desesperación y la indiferencia activa.
No, no hay que terminar con la política, hay que empezar con la política. Sin política genuina estamos a merced de los buitres de afuera y de los buitres de adentro. Y crecen los redentores amigos de la Mano Fuerte y del gatillo fácil para disciplinar.
Recordemos: nuestra democracia nació menos que sietemesina: como rebote de la desguerra de Malvinas. ¿Fue un fruto o una fruta? Un fruto es algo que se siembra y se consigue fatiga mediante. Una fruta es algo que a veces nos cae sobre la mollera. El fruto emerge desde abajo. La fruta viene de arriba. Seamos sinceros: en 1983 la democracia nos cayó en la cabeza porque la banda de militares violadores agotó sus colmos con la criminal des-guerra de Malvinas. La democracia nos vino, pero quienes lucharon por ella fueron muchísimos menos que los salieron a las calles para celebrar el vergonzoso Mundial del 78. Fue una fruta que nos cayó en la mollera; no fue un fruto sembrado por el grueso de nuestra sociedad. Esta estaba haciendo digestión, sumida en la indiferencia activa.
A la democracia la tenemos que hacer siempre. No la culpemos de todas nuestras corrupciones. Suele decirse que es el sistema menos malo entre los conocidos. Yo diría que la democracia no es ni perversa ni virtuosa. Es como somos: el espejo que nos mira.     
Ante los 15 años de JORNADA, reitero la pregunto: ¿Debemos celebrar? Debemos, pero sin soltar el pensamiento solidario, sin olvidarnos de hacer memoria para semillar futuro. Luchemos contra la analfabetización que consolida la costumbre del hambre como fatalidad inevitable.
Celebremos, pero despabilados. Ojo al piojo: cuanto nos dormimos avanzan los amigos de la Mano Dura: esos que enrejan hasta el aire de las plazas, esos que tienen el corazón verde, dolarizado. La democracia se celebra despiertos. Es decir: consolidando el ejercicio diario del periodismo. Sin olvidar la máxima de Mariano Moreno: “Es preferible una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila”.
Recuerdo ahora aquel mediodía de hace 15 años cuando el director de JORNADA, Roberto Suárez, me llamó por teléfono a Buenos Aires; me proponía escribir la columna de los viernes desde el número uno. Tenía –me dijo– un espacio para 3000 caracteres. Achicando la tipografía conseguí casi 6000 caracteres. Mis otras condiciones fueron las esenciales: poder escribir el castellano sin pelos en la lengua, sin fruncimientos, es decir, asumiendo “una libertad peligrosa” antes que “una servidumbre tranquila”. En eso estoy
Imagino a lectoras y a lectores y a los hacedores laborantes de JORNADA descorchando el vino primordial. Propongo que los brindis sean un racimo de ojalá reflexivos:
Ojalá que el canto de los gallos nos avise el día de mañana. Eso será señal de que hay gallo y hay canto y hay día de mañana.
Ojalá que la digestión no sea nuestra única actividad cívica. Seamos algo más que intestinos eructantes.
Ojalá comprendamos que la memoria es la forma más ardua de la esperanza.
Ojalá estemos alertas. La desinformación y la descomunicación pudren la médula de nuestra frágil democracia.
Ojalá aprendamos que la esperanza no es una güevada de ingenuos: es un derecho. Y es un trabajo.
Ojalá que nos acompañe el presentimiento de las uvas, el orgullo de la cebolla, la emoción de la albahaca, el coraje del ajo. (¿Vieron? Coraje y ajo se escriben con jota, carajo!)
Ojalá que no nos besemos de la boca para afuera, sin arrojo, sin riesgo, sin coraje. Es un crimen desbesarse. Arrojémonos de cabeza en cada beso.
Ojalá valoremos a los que tienen las manos limpias porque no se lavan las manos.
Amigas, amigos: ¡15 (quince) años de JORNADA! El luminoso vino oscuro ya fue descorchado: ¡salud! Y que la ardua esperanza y el insomnio de la memoria sean con nosotros.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar


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