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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 4 de Mayo de 2018

Curita Contreras ¡que viva!

Sucedido otro 1º de Mayo, necesito escribir ya sobre el curita Contreras, porque se me dan las reverendas ganas. Hondísima emoción me brota apenas pronuncio “Jorge Contreras”. El lúcido sol de su solidaridad nos hace falta, cada vez más, en tiempos de impiadoso neoliberalismo.

A propósito de mi columna referida a los ataques xenófobos, racistas, que padeció el futbolista ecuatoriano Fernando Gaibor (por portación de piel y de rostro), me escribe un lector de apellido Pintos. Me recuerda “al padrecito Contreras”, y me dice: “El padrecito hablaba con negros, blancos, amarillos, verdes, a rallas, gordos, flacos, etc. No diferenciaba, amaba a las personas.” Pintos recuerda que en la parroquia de Contreras se reflexionaba con humor con aquello de que "blanco con chaqueta blanca es médico; negro con chaqueta blanca es heladero; blanco en camioneta, señor de buen pasar;  boliviano en camioneta, seguro que la robó, etc.”
Retomo lo que escribí antes y después de la muerte de un cura reacio al incienso, compañero de la intemperie. En los últimos días de su vida conversé con él, por mail y por teléfono; mediaba su salerosa sobrina, María Soledad Contreras. La voz del curita me llegaba tenue, pero sus palabras vibraban fraternas; se consumía, pero no deponía su entusiasmo.
Al salir él de una terapia intensiva, en marzo del 2007 escribí que debiéramos celebrar la Navidad no sólo en el paréntesis convencional de la fecha, cuando actuamos “bondad” por un rato. Pensando en el curita dije: qué joder, hoy, en pleno marzo, ¡también es Navidad!
Me da gusto contarlo: aunque mi papá era un socialista elemental, tuve unos años de colegio religioso. Se me armó flor de despelote interior cuando afronté eso de que nuestra religión es la poseedora del “único Dios verdadero”. Protesté: “Y los otros miles de millones, ¿qué culpan tienen de no ser agraciados por el Dios verdadero? ¿Y por qué nos tocó sólo a nosotros tan descomunal privilegio?” Desde entonces soy agnóstico los días pares y ateo los impares.
Ante la evidencia de una Argentina cada vez más sembrada para el individualismo racista, vuelvo a aquel curita que los mendocinos conocieron más por sus acciones que por sus sermones. Contreras respiró hasta sus 83 años. Se lo extraña. No es necesario, es imprescindible.
Contreras tuvo papá maestro y mamá ama de casa. A respirar aprendió en Campo de los Andes. Se recibió de maestro, es decir, de agricultor de conciencias. Tardó en despuntar su vocación sacerdotal. En el 62, a sus 42 años, Contreras se ordenó sacerdote. En Mendoza hizo pie sumándose al tercermundismo: “No concebía ser cura sin estar mano a mano con el pobre”. Ese contacto en los años 70 era por demás peligroso. Recordemos al obispo Angelelli y a tantos religiosos asesinados. Pero el curita siguió en Mendoza; cinco, diez de sus amigos desaparecieron.
Sobrevivió a la lujuria de la asesinación, siempre desechando la comodidad del incienso. Hasta en las fiestas de guardar,  trabajó por los derechos de los huarpes de Lavalle. En un sitio que Rulfo hubiera elegido para su novela Pedro Páramo, fue párroco. Años luchó por la restitución de las tierras a las comunidades huarpes. En estos tiempos hubiera estado a favor de los derechos originarios de los estigmatizados mapuches. Y hubiera llorado la muerte del “ahogado” Santiago Maldonado. Nada que ver con los Benetton y demás compradores de la Argentina loteada.
Nuestro curita Contreras sembró el desierto. Escribía poesías y rápido las escondía. (Recomiendo la biografía de Alejandro Crimi).
Sigamos reflexionando: hay una iglesia muy dada a la comodidad, a la pompa, al vivir digestivo. Hay otra iglesia que se codea con la ardua vida. Contreras, hasta en su intensa vejez, vivió y convivió en el Barrio La Gloria. Con Chicho Vargas, alentó Los Gloriosos Intocables. Murga mediante, rescataba criaturas de la calle.
El curita no se lavó las manos: siempre respiró con los pobres. Como el Jesús de los maderos, estuvo con harapientos, presos y desgajados. Lejos de altos financistas que caretean decencia. Nunca con los que buscan solucionar la inseguridad mediante las armas en casa. Él sabía que la delincuencia proviene del desempleo y del analfabetismo. “Soy un enamorado de Dios”, decía y estaba enamorado del amor. No del amor en cómoda cuotas mensuales, no del amor lavativa. Estaba enamorado del amor como solidaridad.           
Al curita lo conocí en 1968; él solía parar en una casa religiosa del Barrio Escorihuela, al lado de mi casa. Él y mi viejo, que nunca  aprendió a rezar, charlaban como vecinos. Cuando murió mi padres el curita estaba allí, al lado del ataúd. No sentí que rezara oraciones formales, sentí que conversaba con él.
Un par de veces me lo crucé, pero, de puro tímido y güevón que soy, apenas si lo saludé. Cuando se dio mi obra Tejada Gómez viene a nacer, en el Independencia, al final el curita vino y me pegó un abrazo de esos que duelen. Deputamadre, el abrazo. Yo sé que me va a durar mientras viva.
Celebro la memoria de ese curita que siempre estuvo lejos del confort de los templos; prefirió compartir las inclemencias de los desgajados. Era muy flaquito, tenía la arrasadora fuerza de la ternura. De día y de noche, linterna. Él hacía amor. Lo veo a Contreras como un jesusito que anda suelto, que siempre nos advierte que a las armas las cargan los imbéciles. Que el amor de los amores llegará más lejos que toda prepotencia, que toda bala perdida o por la espalda, que todo misil.
Yo no sé si hay o no hay paraíso. Supongamos que haya. En tal caso, el curita Contreras no habrá elegido las nubes perfumadas de los fruncidos que creen que el mundo termina en el umbral de sus casitas. Seguro que ha de estar en las orillas del paraíso, donde anidan los que comen un día no y el otro tampoco.
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar
 

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