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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 27 de Abril de 2018

Perdón, Gaibor: perdón

Esto que vamos a referir es una vergüenza. Típico caso de hedionda xenofobia y de asqueroso racismo. Sucedió hace semanas aquí, en nuestra Argentina; y no por casualidad. Recordemos: estamos atravesando el año 2018 después de Cristo. Y se nos remata la Unasur.

La vergüenza que vamos a comentar se ha vuelto normal. Convivimos campantes con esa normalidad; es más, la abonamos con nuestra indiferencia activa. Revisemos este caso que debiera preocuparnos, y ocuparnos: Fernando Gaibor es un joven ecuatoriano, destacado futbolista que fue adquirido por Independiente de Avellaneda a principios de año, por una cifra extraordinaria. El DT del equipo rojo, Ariel Holan recientemente hizo una denuncia pública, que Gaibor ratificó. El episodio se cuenta rápido: el pasado 10 de marzo Gaibor viajaba en taxi; al salir del peaje de Dock Sud, en la autopista Buenos Aires-La Plata, un patrullero de la famosa bonaerense cruzó sorpresivamente al taxi. Los custodios del orden, con las armas apuntando hicieron bajar a Gaibor y a su acompañante. Mientras los palpaban, Gaibor trató de explicar que su profesión era jugador de fútbol, no delincuente. Lo salvó de la impredecible situación, la casualidad de que el taxista era hincha de Independiente de Avellaneda; lo ubicaba a Gaibor. La penosa intervención policial tuvo una justificación atroz: consideraron que Gaibor “era un ladrón, por su aspecto”. El DT Holan lo sintetizó: Gaibor fue cruzado, con armas en mano, “por portación de cara”.
Digámoslo tras un punto y aparte: ¡Qué vergüenza!
Para el número 10 de Independiente no fue el único episodio xenófobo y discriminatorio que padeció. Pocos días antes Gaibor visitó una concesionaria de autos. Él lo cuenta: “Fui a comprar una camioneta: Se me acercó el vendedor y enseguida me echó del lugar porque, argumentó, yo no tenía dinero para comprarla. Si no mostraba antes la plata él no me podía mostrar el vehículo. “¡Fuera de aquí!” ¿Por? Otra vez, “por portación de cara”.
Digámoslo con otro punto y aparte: ¡Qué vergüenza!
Con el “qué vergüenza” estamos diciendo “qué afrenta a la Constitución”, Constitución que, entre sus más señaladas virtudes, se vanagloria de ser la de un país abierto, hospitalario, para todos hombres y mujeres de la tierra que atesoren buena voluntad.
Pregunta, ese “para todos” corre ¿siempre y cuando no se trate de latinoamericanos?
La afrenta va más allá de la sagrada Constitución y alcanza a nuestra siempre endeble democracia. Pero ojo al piojo: la democracia no tiene la culpa de que la forreen los que siguen justificando a las dictaduras. La democracia tolera hasta a los intolerantes, hasta aquellos que no le hacen asco a la Mano Dura, a la tortura y al gatillo fácil, preferentemente por la espalda. La democracia es así de tolerante porque no quiere ser como “ellos”. Por eso, ellos, la caretean.
Los dos episodios que padeció el ecuatoriano Gaibor sirven para arrancar “caretas”. ¿Somos o no somos un país xenófobo? ¿Somos o no somos un país que curte un fuerte  y creciente racismo subcutáneo?
No podemos, no debemos, traspapelar episodios como estos. Porque tales episodios  explicitan el racismo latente de una considerable parte de nuestra desmemoriada sociedad. Esta todavía cuantiosa sociedad olvida, obscenamente, que la mayoría de nuestros padres y abuelos y anteriores vinieron de otras patrias; patrias en esos momentos mordidas por el hambre.
Invito a los lectores y lectoras a que comenten y pongan a consideración de sus conocidos episodios como los que vivió Fernando Gaibor. Al referir esos episodios es muy probable que se los minimice; y hasta que se los celebre. Es muy probable, además, que se encuentren con señores y señoras, prolijos, aseados y educados, que terminan diciendo: “Ma’ sí, el negro ese si no le gusta cómo lo tratamos ¡que se vaya a Ecuador!” Una manera de decir alevosamente: “Ma’ sí, sino le gusta ¡que se vaya a la mierda!”
Y claro, ¿quién lo manda a Fernando Gaibor a portar tez oscura?
¿A quién se le ocurre no ser piel blanca y no ser rubio?
¿A quién se le ocurre tener semblante marrón en un país patéticamente acomplejado donde muchos siguen presumiendo de ser europeos?
 ¿A quién se le ocurre decir que es ecuatoriano y no de un país del supuesto primer mundo?
Pero, por favor, finalmente, ¿a quién se le ocurre ser latinoamericano?  
Posdata:   La fraternidad es un trabajo. Arduo. Como la esperanza. Cuidado con el odio convertido en orgullosa bandera. El seudo patriotismo nacionaludo cancela la reflexión y tabica el corazón.
Damas y caballeros: ser argentino no es nada del otro mundo, es una reverenda casualidad. Es algo que le puede pasar a cualquiera.
Y ser latinoamericano, como se anda diciendo, no nos saca, no nos deja “fuera del mundo”; al contrario, nos enraíza; que buena falta nos hace.
Con nuestro racismo larvado, con nuestra xenofobia a la orden del día, estamos agudizando nuestro siempre ridículo complejo de superioridad.
A ver: ¿qué esconde nuestro complejo de superioridad? Esconde un galopante complejo de inferioridad que brota, alevoso, en casos como los de Fernando Gaibor.
Revisémonos. En la Tierra estamos todos y todas. Y, más allá de los mapas, la tierra entera es de todos y es de todas. Así de sencillo
Bajémonos del caballo de una vez. Porque por ahí este que cabalgamos es un ilusorio caballo de calesita y, en una de esas, la calesita está parada, embargada. Ni sortijas tenemos, porque las entregamos a los buitres, junto con las joyas de la abuela y con la abuela también.
Aunque sea de a uno por vez, pidámosle perdón al joven Fernando Gaibor.  Y ya que tanto alardeamos con la “necesidad de reconciliación”, por empezar reconciliémonos con cierta dignidad extraviada; con la preciosa dignidad de ser latinoamericanos. Dignidad hoy violada por la disolución de la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas).
*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar


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