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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 20 de Abril de 2018

4 años “con” García Márquez

Este 17 de abril se cumplieron cuatro años de la interrupción física de Gabriel García Márquez. La fecha desató un aluvión de lugares comunes productos de la abulia mental (léase, mediocridad) de nuestro paupérrimo periodismo googlero. Decenas de veces se repitió el previsible título: “Cuatro años sin Gabo”.

En esta columna preferimos escribir “Cuatro años con Gabo”. Sencillamente porque imaginamos que García Márquez ahora respira de otra manera. Nada cuesta suponer que en este abril del 2018 don Gabo estaría detrás de un reportaje a Lula, hoy apresado por una justicia alevosa que está violándose a la democracia del continente (neoliberalismo mediante).
Recupero palabras de otras columnas mías. A García Márquez pude entrevistarlo y además escribí un libro sobre él, “Ciento un años de soledad”. A la entrevista real se la hice en 1996. No la conseguí choreando impunemente por internet: me costó una paciencia periodística de 4 (cuatro) años. Ni uno menos.
¿Cómo era don Gabo? Era un curioso inagotable. Se desquitó de la absurdidad de la vida viviéndola “para contarla”, persiguió la poesía con denuedo, gozó como bestia con el acto de contar, hizo una fiesta de la escritura. Fue, por eso, el escritor más feliz de la tierra.
El reportaje a Gabo era de los “imposibles”, porque hasta 1996, en casi medio siglo, había concedido sólo dos para medios argentinos. Él lo decía: “Es que si doy otro reportaje, quedaré muy mal con cientos de periodistas que estaban en una infinita lista de espera.”
El caso es que un día de 1992 le di cuerda a mi tentación: ese “reportaje imposible”. Un año, dos, tres, cuatro… y lo logré. Resumo: lo gestioné primero con Gloria Rodrigué, por entonces directora de Sudamericana: nada. Lo gestioné con su representante, la catalana Carmen Balsell: nada. Lo gestioné con su sobrina y asistente: nada. Cierto día bajó a Buenos Aires Maruja Pachón para promocionar “Noticia de un secuestro”; Maruja, la secuestrada por Pablo Escobar, protagonista del libro. Le dije: “Maruja, a usted, después de secuestrada y liberada, García Márquez la metió en un libro. Yo ahora quiero sacarla del libro y reconstruir su secuestro, muertes y liberación en el sitio de los hechos”. Maruja aceptó. Algo incrédula me pasó su teléfono en Colombia. Pasaron meses; en setiembre de 1996 ligué una invitación de Avianca y así pude entrevistarla en Bogotá. Ese día, después de una cena y ya en confianza, Alberto Villamizar, su esposo, me mostró las cartas que intercambió con Pablo Escobar durante la negociación. Ahí me animé a pedirle a Maruja que me consiguiera “15 minutos con García Márquez, por teléfono”. “¡Qué teléfono ni qué 15 minutos!”, me dijo. A la mañana siguiente lo ubicó y lo convenció y me pasó el teléfono del premio Nobel. Así llegué a él. Cuando lo ubiqué le pedí “dos horas” de reportaje. Enseguida me bajó de la palmera: “Debo decirle: ya me hicieron todas las preguntas. Verá usted, con 20 minutos sobrará. Venga mañana a las 5 de la tarde”. Madremía.
Y me llegó el día con su 5 de la tarde. Me recibió malhumorado: “Dígame, ¿qué quiere tomar?” Lo mismo que suele tomar usted “Arsénico. Yo tomo arsénico.” Rápido explicó su humor: “Usted la buscó a Maruja para que me pidiera este encuentro. Se valió de una trampa que es mortal, y es que Maruja Pachón es la única persona en el mundo a la que no le puedo decir que no… ¡Le salió bien!”
Tras 4 años, así empezó aquella entrevista. Al rato conversábamos con naturalidad, superé la esclavitud de mis preguntas preparadas, entramos en clima de confesión y el gran Gabo hasta me contó que recién a los 60 años de su edad se dio cuenta de que la muerte no sólo le pasaba a los demás, también a él le llegaría.
Después de aquel reportaje real en 1996, escribí un reportaje ilusorio que incluí en mi libro “Ciento un años de soledad”. Comparto ahora un fragmento del reportaje ilusorio. Hospital, terapia intensiva: García Márquez, en la víspera de su 101 cumpleaños, agoniza. Le desconecto sueros, cablerío y, al estilo colombiano, lo secuestro. Lo llevo a su casa, al único lugar donde no lo van ir a buscar. Y el diálogo empieza así:
– ¿Cómo dices que te llamas?
–Rodolfo… Rodolfo Brac….
–Ya que tanto sabes, ¿cómo dices que me llamo yo?
–Gabriel García Márquez. Ese es su nombre.
– ¿Y qué haces aquí?
–Quiero entrevistarlo, pero esta vez desde la ficción…
–Ah, recuerdo: tú eres aquel argentino de las 5 de la tarde que me entrevistó hace años, en 1966, en esta casa de Cartagena…Carajo, se nos pasaron ¡más de 30 años!
–33 años. Hoy es el 5 de marzo de 2029.
–Si como dices yo soy García Márquez, mañana a las 9 mis huesos y mi corazón estarán cumpliendo ciento uno.
–Ciento un años de soledad.
–Pero no en soledad. Los años de soledad algunos los cumplen solos y otros los cumplen acompañados. Espera, no desenvaines tu próxima pregunta, dime ya: ¿cómo es que estoy aquí? ¿Me has traído tú o qué?
–Supone bien: lo he traído. Algo así como un secuestro.
– ¿Y dónde me dices que estaba?
–Hasta hace unas horas estaba en un hospital, entre tubos y cables. En soledad, y solo.
–No te frunzas, con tu gesto me estás diciendo que pronto voy a morir.
–En horas, don Gabo, usted va cumplir ciento un años.
–Carajo, a mi edad ya no se cumplen años, se cumplen siglos. Fíjate en las habitaciones, ¿anda Mercedes por ahí? Extraño el sonido de sus pasos…
–Su mujer… partió hace tiempo.
–Cabrón, ¡me estás diciendo que la madre de mis hijos murió!… Pero dime, ¿qué día es hoy?
–Es lunes, 5 de marzo del 2029. Del hospital lo rescaté ayer, domingo a la tarde.
–Qué vaina, todo cerrado.
– ¿Qué necesitaba usted?
–Zapatos.
–Zapatos tiene.
–Nuevos, ¡zapatos nuevos necesito! Carajo, ¿no ves que me voy a morir?
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