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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 6 de Abril de 2018

El interminable 24 de Marzo

Nunca es tarde para reflexionar sobre el 42 aniversario del 24 de marzo de 1976. Cruzamos otro Día de Memoria por la Verdad y la Justicia. Conmemoración siempre imprescindible. Si por algo nos distinguen en el mundo entero (aparte de por Maradona, Fangio y Messi), es por los ejemplares juicios a los genocidas.

Viernes, 6 de Abril de 2018

Este año el Día de la Memoria sucedió atravesado por el vomitivo escándalo que brota de la posibilidad de que el ex marino (probadamente cobarde en Malvinas),  Alfredo Astiz, pueda ser “condecorado” con “cárcel domiciliaria”.

Recupero conceptos ya vertidos en esta columna. El 24 de marzo de 1976 parece mentira, pero fue cierto. Persisten las hondísimas secuelas de su horror. Tenemos miles de muertos sin sepultura conocida y más de 300 nietos, robados desde la placenta, siguen con su identidad secuestrada.

Más de 4 décadas pasaron desde que Argentina desató su capítulo más horroroso desde 1810. Así ingresamos en la historia universal del espanto. Frente a aquel apogeo de la asesinación debemos reconocer que el nuestro, en el mundo es el país que más a fondo llevó la necesidad de Verdad y de Justicia. 

En la denominación del suceso también progresamos. Por años al siniestro 24 de marzo se lo rotuló “golpe militar”. Después se corrigió calificándolo como “golpe cívico militar”. Pero esta generalización seguía licuando otras responsabilidades, gravísimas. Para definir mejor la tenebrosa realidad que se padeció a partir del 24 de marzo del año 1976 después de Cristo, hoy decimos: fue un golpe militar, y cívico, y, adentro lo cívico, agreguemos: ruralista, y empresarial, y judicial, y eclesiástico. Ah, y también mediático. Porque los medios y muchos periodistas estelares participaron, con entusiasmo, con obediencia indebida más allá de la real censura. La coronación de ese obsceno entusiasmo fue el acompañamiento eufórico de la descabellada desguerra de Malvinas.

Ojo al piojo: no caigamos en la comodidad de creer que las culpas se fraccionan al haber tantos frentes responsables. Las culpas de lesa humanidad es entera para cada uno de los que directa o indirectamente participaron de aquel festival de violaciones de vidas y de violaciones de muertes. Para aquellos que respaldaron y convalidaron aquel limbo en el infierno.

Hagamos memoria, aunque la palabra “memoria” hoy sea escupida por tantos. Somos unos hijos de la confusión. Dentro de la confusión, alguna vez quisieron hacernos creer que la “ley de divorcio” iba a multiplicar las rupturas matrimoniales. Hoy la confusión consiste en pregonar que la despenalización del aborto servirá para multiplicarlos. Otra parte del “confusionismo” reinante consiste en hacer creer que “memoria” es sinónimo de “retroceso”. Salgamos al cruce: la memoria no es retroceso, todo lo contrario, es semilla primordial para germinar un futuro diferente.

El 24 de marzo de 1976 no brotó de la noche a la mañana: ya los bastones largos del ciclo Onganía fueron un precalentamiento. Después, en la década del ’70 empezó a tallar la Triple A, y con ella la metodología de los siguientes criminales años. Hay que reiterarlo: aquel Golpe contó con el apoyo explícito de una considerable parte de la sociedad y a esto se sumó la indiferencia activa de tantos y tantas, al compás de los des-comunicadores que oscilaron entre la obsecuencia y la vista gorda. Vayamos sumando: aquí se violaron, por miles, las vidas, y se violaron, por miles, las muertes. Y además, como propina, se afanaron criaturas. Mientas la condición humana era desnucada, el país era entregado con un plan craneado por un civil, Martínez de Hoz, pedazo de hijo de esa Sociedad Rural que todavía hoy se cree dueña de la escarapela.

Muchos ahora enarbolan la “reconciliación”. Repugnante trampa: es una coartada para el borrón y cuenta nueva que coagula en impunidad. Pregunta: ¿puede haber reconciliación con quienes siguen haciéndose gárgaras con aquella desnuicación de la condición humana? Botón de muestra: en su declaración del 2010, en el juicio oral por la ESMA, el tristemente famoso Tigre Acosta sintetizó el pensamiento de demasiados: “El gran problema fue haber dejado gente viva”. 

Manejar un automóvil sin mirar por el espejo retrovisor, es la mejor manera de no llegar a destino. Hacer memoria no es necesario, es imprescindible. La recordación de otro aniversario del 24 de marzo, en tiempos en los que a decenas de genocidas, asesinadores seriales, se los trata de “condecorar” con la prisión domiciliaria, resignifica la necesidad de más y más “memoria”. Vamos hacia los 35 años de sucesiva democracia. ¿Está consolidada? No nos chupemos el dedo: a la democracia todavía la tenemos que hacer. Algunos la usan como condón. Se la culpa de nuestras corrupciones; pero la democracia no es ni perversa ni virtuosa. Es un espejo que nos refleja. A la vista está: tipos y tipas encariñados con el gatillo fácil y con la picana y con la pena de muerte por la espalda, están en carrera. ¿Qué esperamos para despabilarnos?

La democracia, aparte de cumplir años, crecerá, si es que la sembramos cada día con su noche. Y para sembrarla es indispensable la memoria, debemos estar muy despiertos. La democracia debe ser insomnio.

Afrontemos preguntas incómodas: si hubiese persistido el orden asesinador de aquel 24 de marzo, ¿qué seríamos como sociedad?, ¿estaríamos de pie?, ¿estaríamos en cuatro patas?, ¿estaríamos?

Sin la tenaz paciencia de las Madres Abuelas, parteras de la Vida, esta olvidadiza patria idolatrada sería un definitivo agujero con forma de mapa. Y los puntos cardinales no serían cuatro ni tres ni dos ni uno, ni nada. Sin democracia hubiéramos desfondado el abismo.

De las prodigiosas parteras, Madres Abuelas de Plaza de Mayo, debemos aprender el optimismo de la memoria. Que ese optimismo alumbre el futuro de nuestros hijos, y de los hijos de nuestros hijos.

Hasta la memoria siempre.

*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar