El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 23 de Marzo de 2018

Ser Sánchez o ser Sandro

Sandro continúa, como la vida. Por estos días los televisores argentinos son atravesados por la miniserie dedicada al ídolo: 13 capítulos dirigidos por Israel Adrián Caetano. Aquí interesa ver cómo Roberto Sánchez modeló a Sandro. Fue un tenaz obrero de su idolatría.

Roberto Sánchez, es decir, Sandro, consiguió modificar una costumbre muy argentina, la de recordar a próceres e ídolos por las fechas de sus muertes y no la de sus nacimientos. Sabemos qué día murió San Martín, ¿quién sabe qué día nació? Somos hacedores de súper velatorios, celebradores de muertes. ¿Por qué?

Singular hazaña la de Sandro: el tipo consiguió que se lo recuerde en su natalicio. Ese nacimiento pasó en Valentín Alsina el 19 de agosto de 1945. Tuve el privilegio de compartir la víspera de dos de sus cumpleaños. Recuerdo el de 1980. Sandro cumplía 35 de edad, acordamos un reportaje en un boliche de ocho mesas, de Banfield. Nadie más que nosotros. Sandro pidió “lo de siempre” y le acercaron una botella de whisky. Yo elegí vino. Aquella charla terminó cuando clareaba. Sandro, seductor y reflexivo, llegó a la cornisa de la confesión. Escuchémoslo un momento.

–“No importa que me usen. Lo malo es caer en desuso. ¿Ves, Rodolfo, esa lanza que adorna la pared?” ¿Qué pasa con la lanza, Roberto? “De la lanza quiero ser la punta y no el mango. Y con la punta quiero romper la lona de esta carpa para que por allí entre el sol.”

Aquella víspera de su 35º cumpleaños Sandro la terminó arriba de una mesa y diciendo en tono de discurso:

“–Damas y caballeros… los he reunido para decirles: no quiero que nadie cave la tumba por mí. Quiero yo agarrar la pala. Y quiero saber qué hago con la pala… Si con la pala le doy para adelante, voy a abrir un surco… Si con la pala me quedo donde estoy, haré mi tumba. Nada más. Gracias.”

Y se bajó al piso, y me dio un abrazo. (Y brindamos otra vez.)

Aquel Sandro siguió cumpliendo años, jugando con la sensualidad y su insoslayable barriga. Riéndose de sí mismo. Retomo un fragmento de mi libro “Madre argentina hay una sola”: Roberto Sánchez –dijimos– fue el autor de Sandro y los autores de Roberto fueron sus padres: don Vicente, el que, sin ser zapatero, le cambiaba las suelas a sus zapatos, y doña Irma, “Nina”, una mujer inválida pero poderosa.

Me cuenta Sandro: “El reuma se le convirtió en artrosis al año de yo nacer. Mi mamá entonces tenía 21 años. Así quedó y no pudo tener otro hijo. La muchacha vital y rubicunda que se había casado con mi padre se convirtió en una inválida que pesaba 40 kilos. Fui criado por esta mujer, a la que se le soldaron las rodillas. Cuando yo tenía 23 y ella tenía ya sus 42, aprendí la importancia de lo que llaman dinero o guita: para operarla traje de Canadá a un médico argentino.

 “Inquieto, pícaro, salvaje, callejero pero no niño de la calle, fui criado por esta mujer. Siempre cerca de ella. Algún atolondrado me acusó de complejo de Edipo. Esta mujer me enseñó todo desde su inmovilidad: a lavarme la ropa, a hacerme la cama. Todo. Por las noches nada de “Caperucita Roja”, me leía “Las mil y una noches”. Los miércoles veíamos películas de amor. Después me pedía: ‘Contame lo que viste’. Yo le decía: ‘Voy a ser artista de cine en colores, mamá’. Y eso es lo que soy.

 “Mi madre me dio cosas definitivas: muy pibe me hizo socio de la Biblioteca Popular Sarmiento, de Alsina. Aprendí el supremo placer de la lectura. Yo era una ametralladora de travesuras, en el barrio me decían “terapia intensiva”, porque ni mi familia me podía ver.

 “La vida de mi mamá duró 64 años, muy sufridos. En los últimos, le instalamos su dormitorio en el comedor, cerca de nosotros. Ella no aceptaba damas de compañía, ni enfermeras. Bravísima, no quería extranjeros en la casa. Y se murió como la gente antes: en su casa y en su cama.

 “La vida tanto te da y tanto te quita. Cuánto, pero cuánto me ha dado. A mi año de edad mi madre era una señora postrada. Con un carácter de la madona, y un temple ejemplar. Ejemplar dije: porque el aprendizaje de ese temple me permitió poco menos que resucitar en 1993, cuando yo apenas podía respirar y sostenerme sobre mis piernas bajo la ducha. Irma Nidia Ocampo fue la mujer elegida por ese otro ser maravilloso que fue mi padre, un hombre que me cambiaba las suelas de los zapatos.

“Ella tenía 64 años cuando murió. Había pasado por 16 operaciones. Lúcida hasta su última noche, se murió con la bolsita de agua caliente entre las manos. Pudo ver mi fama y toda esa milonga que fue construyendo un muñeco que se llama Sandro. Pero ella a Sandro no le daba bola. Yo era el hijo. Su entereza era sostenida por un humor brillante. En su último cumpleaños le preguntaron qué regalo le había gustado más, y dijo: “Las zapatillas de baile que me trajo Roberto”.

 “Yo soy Sánchez Ocampo, je. Hijo de Irma Nidia Ocampo de Sánchez.”

Posdata.   Imaginemos: Él, el ídolo, ya es un hombre mayor. Esta noche, se acuesta tarde. Pronto se encuentra acunado por un sueño. Sueña el ídolo con unas zapatillas de baile que ahora empieza a calzarle a una viejita postrada. Ella se vuelve joven en segundos. Ya con sus zapatillas, deja su silla, da un paso, otro, al tercer paso se encuentra girando en los brazos de él.

Él, el ídolo, en el sueño es como el padre de su madre, tan jovencita. Los dos aquí, ahora, bailan un vals ¡locos de felicidad!

A todo esto, don Vicente los está mirando, y sonríe tranquilo. Porque ya vio que la suela de las botas de su hijo ahora no tienen agujeros.

*  zbraceli@gmail.com   ===   www.rodolfobraceli.com.ar

 

Seguí leyendo en Rodolfo Braceli