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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 9 de Marzo de 2018

Luciano hizo feliz a la muerte

Si es por la urgente actualidad, está columna debió ser escrita la semana pasada. Porque el señor Luciano Benjamín Menéndez murió para siempre el 27 de febrero del año 2018 después de Cristo. Pero preferí esperar; para averiguar…

Averiguar qué sentía yo ante esa muerte. Durante varios días observé mi laguito interior. Eso mismo hice cuando murieron seres humanos como Videla y Massera. Ahora, ¿qué sentí yo ante la muerte de este grandísimo Menéndez? Dejo la pregunta en remojo. La responderé después.

Harían falta varias páginas para poder esbozar el curriculum macabro de este hombre. Lo primero que hizo Menéndez fue nacer. Eso desgraciadamente sucedió el 19 de junio de 1927 en la provincia de Buenos Aires. Venía de antepasados belicosos. Era hijo de militar y sobrino del Luciano general que se levantó en 1951 contra Perón. Tuvo un primo que ya pasó a la historia: el general Mario Benjamín Menéndez, gobernador de Malvinas durante la desguerra de 1982. Aquel primito fue el que nos rindió ante el general Jeremy Moore. Volvió de Malvinas totalmente ileso, sin un rasguño; siete meses después paseaba en bermudas y con su esposa del brazo, por la rambla marplatense. Ver archivo de Gente.

Sigamos con Luciano Benjamín: como torturador se “doctoró” en la Francia post guerra de Argelia y entrenó en Fort Lee, en los Estados Unidos. Su carrera fue meteórica: general en 1971, el más joven del siglo pasado. Estuvo cerca de ejercer el “poder absoluto”, codició sin disimulo el sillón de Videla. Fue dueño de las vidas y de las muertes de medio país. En su geografía funcionaron 230 centros clandestinos. Amigo de llegar a “la verdad”, usó la persuasión de la tortura. Fue el supremo rector La Perla, la gran “universidad de la tortura”. Su performance aquí se tradujo en más de 280 desaparecidos. Entre ellos, un niño de diez años. Además, 51 homicidios, 25 secuestros, más de 600 denuncias de tortura. Al final de su raid por tribunales redondeó 15 condenas, 14 a prisión perpetua. Récord mundial.

Entre sus “hazañas” figura la “advertencia” a monseñor Enrique Angelelli y una descomunal quema de libros. No se privó de nada. A Videla lo consideró un “muchacho muy blando”. Opinaba que el gran error del Proceso de 1976 fue el haber desaparecido “solamente 30 mil subversivos”. Postulaba 300 mil. Al ex ministro del interior de Frondizi, Miguel Hugo Vaca Narvaja (59 años, padre de 12 hijos) lo hizo decapitar. Formol mediante, exhibió su cabeza unos días y luego la hizo arrojar a la vías de un tren.

Luciano Benjamín al recibirse de general, declaró: “Necesitamos una guerra por generación”. En diciembre de 1978 demostró una vez más su osadía oral: al borde de una guerra con Chile por tres islas del Beagle, Menéndez quería guerra. Dijo: “Los corremos hasta la Isla de Pascua, el brindis de fin de año lo haremos en el Palacio de la Moneda y después iremos a mear el champagne en el Pacífico”. Pero.

Pero, del dicho al hecho, en él no había un trecho, había un abismo. Atravesó su precoz generalato sin participar de ninguna guerra, batalla, o cosa parecida. Su episodio castrense más arriesgado fue cuando, al salir de un canal de teve, se enfureció con un grupo de Madres y de manifestantes que lo insultaban (lo describían). Entonces ¡qué carajo!, el varón sacó un cuchillo de paracaidista y avanzó corajudo sobre la gentuza. Lo sujetaron entre un hijo y un guardaespaldas; estaban convenientemente cerca de él. Y no pasó nada.

Uno se pregunta: ¿Qué hubiera pensado el ciudadano general San Martín de este general del siglo 20 que soñaba con ir a mear champagne al Pacífico chileno? ¿De este general que presenciabas las torturas y metía mano en ellas? ¿Qué hubiera pensado de lo que Luciano Benjamín hizo en el agosto de 1975, cuando secuestró a hermanos y padres de Mariano Pujadas, un guerrillero muerto hacía tres años? (Recordemos: a toda la familia Pujadas la asesinó; la arrojó a un pozo y después la voló con dinamita.)

El diccionario quedó con la lengua afuera, exhausto. No alcanzaron los adjetivos para definir a Luciano Benjamín: criminal, asesino, megalómano, perverso, ambicioso, usurpador, cobarde, siniestro, sádico, chacal, hiena, genocida. No terminó tan mal. Cárcel domiciliaria y aseada cama de hospital.

Este asesinador ilimitado será un deudor incobrable. Sus tenebrosas hazañas lo hicieron acreedor a 13 prisiones perpetuas. Cumplió sólo una. Le quedan 12.  Si multiplicamos 12 vidas por los 90 años de edad que usó en una de ellas, advertiremos que para amortizar la suma de todas sus condenas Luciano Benjamín necesitaría vivirse 1.080 años. Es decir: un milenio y casi un siglo más. Nada menos. Estamos ante un campeón mundial de la asesinación.

Posdata.  Prometí responder a una pregunta que puse en remojo: ¿Qué sentí ante la muerte de Menéndez? No sentí euforia, ni alegría ni disfrute. No descorché champagne para brindar y después mear. Me pasó como con las muertes de Videla y de Massera: no sentí nada.

Si uno dice que el señor Menéndez es un “monstruo”, de algún modo sostiene que es alguien “no humano” y entonces lo absuelve de todas las condenas habidas y por haber. Humano fue y como tal, también partícipe de la así llamada condición humana.

Este hombre, a la condición humana la desnucó. Derramó sangres, violó y  afanó placentas. Gran violador serial, desfondó el abismo. Llevó el cinismo y la cobardía a la épica del apogeo. Fue un grandísimo ladrón: violó la vida de sus torturados; robó bebes que “en algo iban a andar”; robó cientos de vidas; de a una. Este sumo ladrón hasta le robó atribuciones a ese Dios que a veces se comulgaba.

Sentí eso: no sentí nada. Es decir: sentí nada. Estoy pensando que este ser humano llamado Luciano Benjamín Menéndez, valiente corajudo, fue siempre coherente: pasó su revinagre vida haciendo feliz a la muerte.

*  zbraceli@gmail.com   = =   www.rodolfobraceli.com.ar

 

 

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