El diario gratuito de Mendoza

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Mendoza

Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 2 de Marzo de 2018

Cuerpos con olor a sol

Ahora mismo voy a escribir sobre la famosa felicidad. Nada menos. Estamos de Vendimia. Se supone que tendríamos que estar en estado de celebración. Pero no nos engañemos, con la celebración pasa como con los panes, no están debidamente repartidos.

Viernes, 2 de Marzo de 2018

Hace unos quince años desde Mendoza me invitaron “a cosechar” en esa viñita del aeropuerto, la del Plumerillo. Pese a mi jodida timidez, acepté participar de ese simulacro de cosecha en el que había artistas, deportistas, políticos, etc. Entre los invitados, había de todo: caras (genuinas), caritas (simpáticas) y caretas (caretas). Lo confieso: fui a esa simulación de cosecha pública con la excitación de un debutante. Esté en Buenos Aires, donde vivo, o esté en Mendoza, en París, en Nueva York, siempre duermo la siesta. Aunque la siesta es sagrada, ese día, excitado por el acto de cosechar, tuve insomnio de siesta. Como a todos los invitados, me dieron un delantal, un tacho y una tijerita de podar. Por supuesto, que al final “olvidé” devolver la tijerita. Todavía la conservo (como una condecoración). Es que, el acto de cosechar una docena de racimos con las propias manos, para mí significó rozar la sinfonía primordial.

Aquella cosecha ilusoria me traslada a mi niñez, a una finquita de Chacras de Coria. Allí trabajaban de contratistas mi abuelo vasco, Eustasio (o Eustaquio) Zarategui y mi abuela Petra Valencia. Estoy viendo, respirando, otra vez aquellos días luminosos de las cosechas: hombres y mujeres, ganándole segundos a los minutos, al trotecito entre los surcos, con sus tachos al hombro o sobre la cadera, rebosantes de uvas recién paridas destinadas a gestarnos el vino nuevo.

Me detengo en lo más entrañable: aparte de aquel sol amarillo como ningún otro sol de la tierra, recuerdo el olor de aquellos cuerpos laborantes. Tengo muy presente el prodigioso olor del sudor, macerado por el aire y el sol. Un olor único. Un olor noble, el del sol, limpio de toda limpieza.

¿Olor a qué? Olor a tierra. Olor a agüita. Madremía, ¡olor a vida! El olor del trabajo, tan ninguneado. Exactamente, el olor contrario al olor a falsedad, al olor a frivolidad, al olor a apariencia, al olor a desodorante, al olor a simulación.

Aquella cosecha ilusoria del Plumerillo sigue haciéndome reflexionar, emocionado. Pienso que los intelectuales, los artistas, los políticos, los escritores, los científicos, los periodistas, alguna vez en la ruidosa vida debiéramos imponernos una semana. ¿Para? Una semana para ir a no hacer “como que”, sino a cosechar de veras. Unos días sin celular, sin guasap, sin arroba, sin cotización del dólar, sin reloj. Y sin desodorante. Una semana para traspapelarnos con las y los desconocidos de siempre, con las y los primordiales; con aquellos que, tierra mediante, inventan cada uva de cada racimo en sociedad con el sol y con las agüitas que le ganan a la eterna prepotencia del desierto. Con aquellos y aquellas que, una y otra vez, al entregar el milagro terrenal del vino, permiten, con su trabajo perpetuo, que la rueda de la Vida ruede, continúe, pese a los zánganos, a los atorrantes, a los usureros, a los mafiosos; pese a los buitres.

Unos días cosechando, de sol a sol, ¡qué saludable nos sería! Aprenderíamos, por empezar, como es el verdadero olor de nuestro cuerpo. En qué consiste sudar la gota gorda, sudar tra-ba-jan-do. Aprenderíamos, además, cómo es, sin metáfora, eso de ganarse los panes con el sudor de nuestro lomo y de nuestra frente.

Unos días siendo genuinos cosechadores nos vendrían macanudo. Macanudo para el cuerpo y macanudo para eso que llamamos el alma. Y para el corazón. Y para el bendito colesterol. Y para activar la circulación de la sangre.

Así es: estoy seguro que nos vendría bárbaro esto de participar unos días en una cosecha real. Para volver a nuestros orígenes, para alfabetizarnos de otro modo. Para ser éticos sin tanto cacarear con la ética. Para parecernos a lo que a veces enarbolamos oralmente, con frases y estribillos gastados, en nombre de ideologías de ocasión.

A los escritores y periodistas, una semana adentro de la cosecha, anónimamente, entre los surcos, a la intemperie, nos vendría bien hasta para mejorar la sintaxis y para dejar de hablar tantas güevadas.

Nada obligatorio, nada que provenga de la soñada mano dura, sirve. Pero se me hace que nosotros, tan aseados, tan civilizados, debiéramos obligarnos cada año, a ir unos días a cosechar. Descubriríamos, por fin, el sol gloriosamente amarillo del amanecer, y llegaríamos al final del día con ese emocionante cansancio del pan bien habido. Haríamos entonces el amor de los amores, soltando alaridos. Y dormiríamos en castellano y en criollo, como sólo duermen los niños.

A ver si nos entendemos: en vez de gastarnos una fortuna haciendo “turismo aventura” con casco y otros disfraces; en vez de prestarnos a las no siempre genuinas “terapias alternativas”, deberíamos probar de regalarnos una semanita al ras de los viñedos, cosechando con los dedos de nuestras propias manos.

Hagámoslo por la vida, hagámoslo por la sintaxis, hagámoslo por nosotros. No olvidemos: es imprescindible recordar cómo es el olor de nuestro cuerpo, y el del sol. Así sabríamos en qué consiste la felicidad de ganarse el pan con el sudor de la frente y de los riñones, con el sudor del cuerpo entero.

Posdata: ya que estamos, brindemos por ese vino, que cuanto más oscuro es más luminoso. Y por los hacedores del vino, por los y por las primordiales que tienen olor a sí mismos.

Brindemos por el vino porque, anidando sol, borra todas las fronteras habidas y por haber.

Repitámoslo, hasta extenuar nuestros pulmones: damas y caballeros: ¡el vino es la única patria que tiene mástiles para todas las banderas!!!!!

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