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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 23 de Febrero de 2018

Cantante cantora, linterna

Pido permiso, voy a elogiar con furia. A la vista está: asistimos a un mundo anegado por la obscenidad de la injusticia y el tsunami de la impunidad. Pero aún podemos vadear el desánimo y la contagiosa desesperanza.

Semillemos memoria: poco faltó para que en el carnaval de la década del 90 (gestado desde el vientre de la dictadura del 76), regaláramos y/o perdiéramos no sólo las joyas de la abuela (y la abuela también), sino además hasta las 4 sílabas del apellido patrio. Así amanecimos al siglo 21, convertidos en un agujero con forma de mapa; neoliberalismo mediante, aquí no quedaron ni los mástiles. (Desgracia con suerte, porque ¿qué bandera íbamos a izar?)

Sin embargo aquí estamos todavía con pulso, vivitos y soñando. Sobrevivientes exhaustos de aquellos años siniestros (que prologó la Triple A de López Rega), años desencadenados a partir de 1976, cuando se violaba primero la vida y después la muerte; cuando se desnucaba la condición humana con el robo de criaturas desde la placenta, de cuajo.

Aquí estamos, siendo residuos agobiados de la apoteosis de Mal Absoluto, y la de la frivolidad. Aquí estamos, vadeando una catástrofe provocada por los buitres de afuera y facilitada por los buitres de adentro, al compás de la indiferencia activa y la desmemoria.

Pero todavía tenemos pulso. Y la pregunta cae por madura y nos da en  la mollera: ¿cómo es posible que, como sociedad, haciendo lo que hicimos, y no haciendo lo que debíamos, a esta altura no nos hayamos ido a la mismísima?

Digámoslo en voz alta: Tenemos pulso porque estamos sembrados de hombres y mujeres comunes que en realidad debiéramos llamar primordiales. Ellos, los primordiales, sostienen sin feriados una pulseada que nos permite, precisamente, estar. El obstinado aire que respiramos se alimenta de seres que son “linternas”. Digo “linterna” y pienso en Liliana Herrero. Ella no sólo canta, cranea. A fines del año pasado, por ejemplo, con Cristina Banegas, Luisa Kuliok, Carolina Papaleo, Dolores Solá y Rita Cortese, entre otras y otros, lanzó “Manifiesto”. Allí se propone “no aceptar sin más la idea de que ‘las cosas son así’. Si aceptamos esa frase dejamos que las injusticias y los dolores de un pueblo se reproduzcan eternamente. (…) El arte no debe ser ni un olvido ni mucho menos un adorno. (…) No estamos en cualquier lugar, estamos en Latinoamérica y hay que actuar temblando ante la conciencia profunda de esta tierra entregada, vendida, diezmada.” (…) El neoliberalismo no tiene territorio. Su territorio es de empresa en empresa…”

El “Manifiesto” propone “diferenciar lo popular de lo masivo”… “construir también con aquellos que son marginales, sin temor. Nadie es marginal porque lo desee.” 

A esta Liliana Herrero, cantante cantora y pensadora quería llegar. Debo confesar: por años, me la fui perdiendo de escuchar y sentir. Lo de Herrero no es sólo la voz y la interpretación: con ella cada canción nace nueva. No importa quien la haya cantado antes. Ella las desmenuza, les deletrea la vida interior, las da vuelta como a guantes, les descubre semillas muy escondidas, las hace respirar diferente. Ella canta con la poesía de las palabras y canta sobre todo con los silencios. Con Liliana los silencios dicen.

  Me desespero al tratar de trasmitir cómo canta Liliana Herrero. Esta mujer, linterna, cuando canta alumbra, despierta la conciencia de canciones que espejan lo más hondo de nuestra condición. La tan extraviada identidad.

En días en los que estamos tentados a la desesperanza del tan cómodo “así son las cosas”, uno escucha cantar a Liliana Herrero, acompañada por el hondo Juan Falú, y siente que una esperancita porfiada empieza a aletearle en lo más remoto de lo profundo. Uno la escucha respirar sus canciones y siente que la conciencia se despereza, reanuda su semblante. Uno entonces es alumbrado por un inexplicable entusiasmo, el entusiasmo de una profunda conciencia que vadea el desaliento y la suicidante costumbre del “ma’ sí” y del nefasto “si esto llegara a cambiar algún día yo no lo voy a ver”.

Quiero decir que esto que llamamos patria hoy todavía tiene pulso porque hay, aquí, artistas linternas como Liliana Herrero. En un país de identidad violada, esta mujer cantando, respirando viejas o nuevas canciones, nos alumbra el prodigioso caminito que nos conduce hasta la médula. Porque de médula somos, no sólo de maquillaje y de histeria.  

Incurro en confidencia (que quede entre nosotros). Hace años, cuando yo estaba escribiendo la biografía de la grandísima Mercedes Sosa, hubo un capítulo en el que intervino Liliana Herrero, con su testimonio. Le comenté que a Liliana no la había escuchado en vivo. La Negra me tomó de los hombros, poco faltó para que me diera un chirlo. Me dijo:

–“¡Ah no, nene! Vos salís de aquí y averiguás dónde canta Liliana Herrero. Y vas y la es-cu-chás. Y si no vas ¡te llevo yo eh! Ella, ella es Gardel.

–Negra, todos lo dicen: Gardel sos vos.

–Rodolfo, yo sé lo que digo: Gardel es Liliana Herrero.

Cuando por fin la escuché en un sitio que se llamaba La revuelta supe que el vehemente elogio de Mercedes Sosa tenía fundamento. Por eso me atrevo a sostener que: por la gracia alumbradora de artistas linternas como Liliana Herrero es que, como país, no nos fuimos a la mismísima. Podemos encontrar nuestra perdida célula de identidad. Y, pese a todo, podemos renovar el aliento para la eterna pulseada.

Liliana Herrero viene a ser, con las canciones que ella hace de nuevo, topo de esa identidad nuestra, tan traspapelada. Y algo más: en la ardua intemperie que nos sucede abajo del escenario, ella está a la altura de lo que prodigiosamente canta arriba del escenario. A ver, ¿a cuántos artistas se les puede elogiar semejante coherencia?

*  zbraceli@gmail.com   = =   www.rodolfobraceli.com.ar

 

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