El diario gratuito de Mendoza

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Rodolfo Braceli zbraceli@gmail.com Viernes, 9 de Febrero de 2018

Gran lección de los tobas

Últimamente estamos mal entretenidos argumentando que, por estos pagos del sur, somos básicamente “europeos”. Al final no somos ni europeos ni latinoamericanos. Somos renegados y racistas. Decimos: “Dejame de joder con los mapuches y con los tobas y con la pachamama”. Ojo al piojo.

Viernes, 9 de Febrero de 2018

Ojo, porque tenemos mucho que aprender de los despreciados. Enseguida recordaré una historia preciosa.

Alguien –no recuerdo quién– dijo que “la soja transgénica vendría a ser la convertibilidad de nuestra agricultura”. No es exageración: ya hay millones de hectáreas que están extenuando sus napas debido a la impunidad invasiva de la soja. Y hay miles de niños (y adultos) pobres, claro, con las entrañas mordidas por los pesticidas. La palabra soja debiera darnos pánico, y vergüenza. Pero somos sojadependientes. Y encima repelemos a los pueblos originarios. Tomados por nuestro complejo de superioridad, le tenemos alergia a nuestro olor latinoamericano.

“Dale que va…” La desesperación por hacer fortuna de a paladas, nos impide ver más allá de nuestras narices. Y ver  más acá. La soja alevosa es genocidio aniquilador de nuestra madre tierra. Nos importa menos que un carajo el día de mañana. Es decir, el futuro de nuestros hijos, y nietos. “Allá en el horno no’ vamo a encontrá”.

Bajemos de la urgencia de cada día y del cretinismo de la indiferencia activa. ¿Para qué? Para hacer amor. Para colaborar con esa rueda de la Vida que insiste en rodar. Y para darle una mano al sol, tan porfiado, que renueva sus ganas de alumbrarnos el día de mañana; aunque no lo merezcamos.

Retomo un texto que me envió Ana Larravide, amiga uruguaya, más que periodista, poeta. Ana me cuenta:  “Me conmovió algo que acabo de ver (en el Canal Volver), la búsqueda de miel de los tobas, en el Chaco: salen dos o tres hombres al monte, caminan al sol, caminan, caminan. Van a ‘melear’.

Buscan y encuentran el orificio, casi invisible de la entrada a un panal.

Cavan profundamente en la arcilla. Digo profundamente y estoy diciendo que cavan... la altura de un hombre, por lo menos.

Es un trabajo esforzado, al sol. Transpiran. Sus camisas se empapan.

Al fondo del pozo, en el momento preciso meten la mano (ya no la pala).

Sacan, como un tesoro, el panal. Parece un cofrecito. No quieren espantar a las abejas. Algunas aparecen prendidas al panal.

Uno se lo pasa al otro, con cuidado. Es muy valioso. Es un alimento especial. Están contentos. Lo llevarán a la casa. Pero antes cumplen con la tradición: parten al medio el panal. Y devuelven una mitad al fondo del pozo ‘para que el enjambre pueda seguir trabajando.’ 

Quererlo todo de inmediato, y llevárselo, es lo habitual; pero ellos confían en que habrá más, la próxima vez. Y dejan la mitad para que las abejas puedan seguir viviendo y trabajando.”

Ana Larravide concluye: “Cualquier similitud con la idea de que, sino por tradición y nobleza, al menos por conveniencia conviene devolverle la mitad a la tierra y a quienes la trabajan es pura coincidencia.”

Este texto luminoso subraya: “Y devuelven una mitad al fondo del pozo ‘para que el enjambre pueda seguir trabajando.’”

Qué sabios los tobas: se sobreponen a sus necesidades y devuelven una mitad al hondo pozo. Para que la vida del generoso enjambre continúe. Y la nuestra.

La comparación nos cae en la mollera: qué diferente esto de los tobas de lo que perpetran los “civilizados” sojeros, al compás de los altos señores de la Sociedad Rural. Ellos arrasan bosques para darle tierra virgen a la soja; después dirán que consiguieron otra cosecha record de “soja fresca”. El doctor Raúl Montenegro (biólogo argentino, premio nobel alternativo) nos recuerda que, para defender esa soja devastadora, hace unos años se cortaban las rutas del país.

Así estamos, a merced de esa patria sojera tan impune en su opulencia. Monsanto a su manera gobierna, nos agarra de las pestañas y de los güevos y de las güevas. Montenegro recuerda: “Para  fabricar 2,5  centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1200 años”. Esos 2.5 centímetros que nos costaron una punta de siglos, la maldita bendita soja los envenena y los extenúa, les extrae el agua antes de que el gallo cante tres veces. A esto sumémosle que ciertas “dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de niños, adolescentes y adultos.”

Se están violando, afirma Montenegro, “los derechos de generaciones de argentinos que todavía no nacieron”.

Es evidente: estamos sumergidos en la ignorancia, en la indiferencia y en la impunidad. Nos referimos al suicidio de esa porción de planeta que es nuestra napa patria. Esta sí que es una cuestión de Estado, una cuestión de todos. En asuntos como el de la maldita bendita soja se demuestra que hay que aprender que se gobierna tanto desde el gobierno como desde la oposición. Para ponerle los cascabeles al gato, a los dioses del endosulfán, no queda otra que la juntación de los bien paridos del gobierno y de la oposición.

Se trata de juntar conciencias para frenar esa demencia sojera que sigue confundiendo una patria grande con una patria grandota. Estamos en cuenta regresiva. Evitemos los abortos posteriores, afuera del vientre, que cada día perpetra el nada santo Monsanto con sus agroquímicos, con su atroz lluvia de plaguicidas.

¿Cómo carajo se puede afirmar que la “vida es sagrada” si se está atentando contra la matriz de la vida misma? A los civilizados, histéricos y paranoicos, no nos queda otra que aprender de los tobas cuando parten al medio el panal, y le devuelven una mitad al fondo del pozo ‘para que el enjambre pueda seguir trabajando.’

Aprendamos. Esos “pobres infelices”, los tobas, nos enseñan a preservar la Vida. A merecerla. Ellos, damas y caballeros, ayudan a que la Rueda ruede. Y la Rueda rueda. Por ahora. Siempre y cuando dejemos de suicidarnos con la soja indiscriminada.