Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Don Ata merecía el Nobel

Pregunta: si Bob Dylan ganó y mereció un Nobel de literatura, ¿por qué no lo hubiera merecido Yupanqui, si respirara en estos tiempos? Don Ata viene al caso; por estos días está cumpliendo 110 años; sigue vivo, poesía cancionada mediante.

2/2/2018

Voy por palabras ya vertidas en esta columna. Este personaje de nombre imponente es un argentino que con la poesía transfigurada en canciones dio varias veces la vuelta al planeta. Ya en la adolescencia decidió llamarse Atahualpa Yupanqui. Pero nació llamándose Héctor Roberto Chavero. Ese seudónimo, épico, anidó a un hondísimo poeta.

Entrando a la década del 80, lo entrevisté. Yo venía de seis años de no poder escribir para los medios argentinos. Tiempos en los que se decía: “El silencio es salud”; callarse la boca se había convertido en hábito patrio. Pero, claro, hay silencios y silencios. Con Yupanqui íbamos a hablar del otro silencio, del esencial. Retomo un fragmento del capítulo que le dediqué en mi libro “Caras, caritas y caretas” (Sudamericana, 1996).

Hasta que oscurezca

Mete miedo el hombre. Cuando acordamos la entrevista me dice, rotundo: “Mire paisanito, entendámonos: vamos a hablar ¡pero de folklore! Si usted sabe de eso, la charla va a ser hasta que oscurezca. Si no sabe, va a terminar rápido”. El folklore no es mi fuerte, pero no se lo confieso. Y ya voy rumbo a ese hombre que se vuelve más imponente por ese vozarrón que le viene desde adentro de su montaña, de su cuerpo trajeado de azul y corbata punzó. Siento más miedo que de costumbre. Tal vez en minutos la entrevista habrá naufragado. Don Ata comenta: “Vaya, este día se vino traspapelao: parece de verano: mucha humedad”.  La insoportable humedad me sirve para atizar la charla:

–Víctor Delhez, un plástico belga que vive en Mendoza, sostiene que las grandes culturas han surgido de zonas muy húmedas.

–No me he puesto a observar eso. Sólo se me ocurre decir que Canal Feijoó no nació en una zona húmeda. En cuanto a Delhez, vaya casualidad, somos viejos amigos. Es un gran grabador mundial. A cada tanto nos escribimos y preguntamos: “¿Seguís viviendo?”. “¿Sí? Bueno, adelante”. Delhez, artista total.

–¿En qué consiste ser artista?

–En buscar denodadamente la luz. Todo artista a la vela le hace sombra con la mano. Para que no se apague. Esa es la misión: ser artistas esenciales, no formales. Un artista no tiene necesidad de melena sobre los hombros, ni de vestirse de raro...Vea, el artista es un buscador. Hay menos buscadores de lo que parece.

–¿Borges es un artista?

–Borges es un buscador excepcional.

–Recién usted me trató de paisanito. ¿Qué significa ser paisano?

–Sencillo: paisano es el que tiene paisaje adentro.

–¿Y se puede ser paisano siendo bicho de ciudad, con anteojos?

–¡Claro que se puede! Los lentes no importan. Hay otra manera de mirar, hacia adentro.

–Este mundo en el que vivimos, ¿ayuda a la gestación o a la desintegración del paisano?

–Y... no sé, no sé… (socarrón, mira por la rendija de sus ojos) Los medios de comunicación fagocitan. Dan la forma, quitan la esencia. Hay muchas formas sofisticadas de eso que llamamos "civilización", y nos venden, todavía, espejitos y collares de vidrio... Con un hacha de piedra, que no es de piedra, nos están cortando el cordón umbilical que nos une con los misterios de la tierra.

–¿Hay modo de recuperar ese cordón?

–Siempre hay modo… Esa es la cuestión: cómo volver a la tierra, cómo yapar, cómo añadir, como atar ese cordón tajeado sin que se le note la…

–La soldadura...

–Eso, la soldadura. Tal la ineludible pregunta que debemos afrontar: cuál será el elemento material que pueda unir lo cósmico del hombre. Pero hay algo cierto; nadie puede elegir por uno. Uno tiene que elegir el camino de retorno.

–¿Cómo sería el mundo que usted busca, don Ata?

–Un mundo semejante al que valorizaba el filósofo hindú Jinajharadasa. Él no se explicaba cómo, en vez de edificar hacia lo alto no desparramamos la ciudad hacia la pampa. Jinajharadasa decía que los héroes sobre monolitos son inalcanzables. Nuestro Lavalle medía un metro sesenta... cualquier niño de doce años estaría a la altura de Lavalle si le estatua no estuviera tan alta. Y el niño diría: “Si yo estudio y trabajo, podría ser como este gran héroe”. Nivelando las alturas de estatuas y hombres estaríamos más familiarizados con los mejores. El hombre necesita poder palmear el bronce. En un mundo así todo sería menos burdo, sofisticado y violento.

–¿En su vida guarda algún episodio de violencia sin cicatrizar?

–... Muy lejanamente recuerdo... Se trata de un hombre al que vi morir, de rodillas, abrazado a su caballo... Era amigo de mi familia, había recibido dos tiros en la espalda. El asombro horrorizado de aquello todavía me habita.

–De su padre, ¿recibió violencia alguna vez?

–Mi padre... me gusta nombrarlo, era un tipo muy sensible. Inteligente y severo, muy medido… Yo he hecho diez mil travesuras, las de todos los chicos y algunas más. Pero jamás recibí bofetada. Me llamaba, me plantaba frente a él, me decía: “Póngase derecho”. Me preguntaba: “Dígame, ¿qué pasó?”. Y después me castigaba de la peor manera: “Lo felicito, amigo… Vaya, vaya nomás”. Así era mi padre.

–El mentado Dios, para usted, ¿qué es?

–Un profundo misterio. Le tengo mucha desconfianza al comerciante que me recomienda todos los días la misma yerba porque es lo que me quiere vender. Creo en esa frase del profeta Isaías que dice: “Dios es Aquél a quien sólo el silencio nombra”. En eso creo. Entonces, aquí, punto. No hurguemos más. Punto ¡eh!... Me parece, paisanito, que ahora nos conviene un jerez.

–Y bueno, don Ata, ya que estamos…

–Ya que estamos… en la pobre ciudad, viendo cómo se apura la gente para no vivir.

Posdata: ¿Qué diría don Ata si se asomara a esta Argentina superpoblada de monicacos y caraduras?

*  zbraceli@gmail.com   = =   www.rodolfobraceli.com.ar

 

 

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