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Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 29 de Diciembre de 2017

2018: Esperanza, ¿estás?

¡Buendía! El 2017 se nos pasó con la velocidad intolerable con que se nos pasa la misma vida. Conversando mail mediante con lectores y lectoras, varios me sugirieron que reanude mi columna referida a la “desesperanza como una forma de traición”. Respondo a ese pedido.

Viernes, 29 de Diciembre de 2017

Por Rodolfo Braceli

Asoma el año 2018 después de aquel Cristo que tenía la prodigiosa obsesión de multiplicar los panes. En un mundo arrasado por el impiadoso tsunami del neoliberalismo, el asunto de la distribución de los panes sigue muy pendiente. Nicanor Parra, el hermano vivo de la Violeta, a propósito de panes, escribió esto que define al neoliberalismo y a la vigente buitredad: “Hay dos panes. El momio de cuello almidonado se come nomás los dos. Yo ninguno. Consumo promedio, un pan por persona.”

La desolada realidad nos invita a la desesperanza. Para vadear el desaliento afrontemos las estaciones de la reflexión:

l.  ¿Acaso vale la pena tener esperanza? ¿Acaso vale la pena tener esa pena?

2.  Por empezar: la pena vale la pena si es porfiada, porque esa pena, tarde o temprano, valdrá la alegría.

3.  Atención: cuando pronunciemos la palabra “esperanza”, no se nos olvide que la verdadera esperanza no nos cae del cielo. Es algo que brota aquí en la tierra. Brota, si la sembramos. Y si la regamos incluso en los días de guardar.  

4.  ¿Entonces la esperanza es una “actividad”? No le mezquinemos el poto a la jeringa: la esperanza es un arduo trabajo.

5.  Ese trabajo incluye indignación, desvelo, pulseada, insomnio. Como la democracia misma. Tan manoseada, tan usada como forro ella.

6.  Esto que reflexionamos vale, sobre todo, para quienes tenemos techo y trabajo, para los bien comidos y bien alfabetizados. A los sin trabajo y a los ancianos jubilados no debemos exigirles nada. Se comprende que, llegado al caso, ellos desciendan a la desesperanza. A ellos no debemos exigirles nada, al contrario, tenemos que pedirles perdón; por siglos.

7.  Los biencomidos, alfabetizados y abrigados que bajan los brazos con relación a la esperanza, en realidad no merecen tener brazos. Esos humanos son vagos de toda vagancia; ofenden a la Vida, le sobran.

8.  No lo olvidemos: la década de los 90, con la careta de la democracia, consolidó la devastación de los años de dictadura, ejecutada por aquel neoliberalismo encarnado primero por Martínez de Hoz y después por el lagrimoso Cavallo. Recordemos: en esa década se vendieron las joyas de la abuela. Y a la abuela también. Durante el jolgorio de las “relaciones carnales” el grueso de nuestra sociedad, a merced de los buitres de adentro, consintió el despojo de los buitres de afuera. Lo más grave fue que, a demasiados, casi nos convencen de que tener esperanza era algo subversivo. O era, como decía el himno de Discépolo, el modo más triste de hacer el ridículo.

9.  Atención. Hay demasiados que a la palabra “esperanza” la escupen. O la usan marketineramente. Y, en ese río revuelto del “todos son iguales” que inyecta la “antipolítica”, una vez más le hacen el caldo gordo a los siempre activos fachos que propician la Mano Dura explícita o la Mano Dura con la careta de una falsa democracia.                   

10.  Ante esto, ¿qué hacer? Afirmémonos en los luminosos ejemplos de las Madres Abuelas de Plaza de Mayo: Ellas nos enseñan algo imprescindible: que la esperanza es un derecho. Y es un insoslayable deber. Y nos enseñan que la memoria es la forma más ardua de la esperanza.

11.  ¡126 Nietos recuperados!  Nadie pudo nadie puede nadie podrá con las prodigiosas parteras de la memoria. Nadie pudo nadie puede nadie podrá con el acero de su ternura. He ahí la demostración de lo que puede el optimismo de la memoria. La esperanza gestada por la invencible ciencia de la paciencia.

12.  Hay que repetirlo: la paciencia no es resignación, es lo contrario.

13.  Entendida la esperanza como incesante trabajo: está claro que no es para vagos, ni abúlicos, ni desmemoriados, ni invertebrados. Que no es para traidores, ni es para forros camaleones.

14.  Bajar los brazos, entregarse al desánimo –para decirlo como lo diría Quevedo– es una manera de cagarse en el futuro. Ojo al piojo: adentro de la palabra “futuro” están nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos y...

15.  Damas y caballeros, no permitamos que también nos afanen la esperanza. Cuando eso nos pasa, ya ni siquiera necesitamos enemigos.

16.  Que no haya confusiones: estamos hablando de la esperanza como última cornisa de la dignidad. De la esperanza como milagro sembrado, y no caído del cielo. De las esperanza como polea ideológica. No estamos hablando de la esperanza pavota, güevona. Ni estamos hablando de la esperanza de los discursitos aprendidos de memoria. Ni de la impostada esperanza de cartón pintado. Ni como mero maquillaje.

17.  Entendámonos: estamos hablando de la esperanza de los que hacen el amor a rajacincha. Hablando de la misma indómita esperanza que les permitió a las Madres Abuelas ser parteras, hoy, de aquellos nietos afanados de cuajo desde la placenta, hace décadas.

18.  Ya asoma el 2018. Hagamos un esfuerzo de hernia para no caer en la tentación de la desesperanza. Esa tentación es una obscena comodidad. Y es una traición que no tendrá perdón de ninguno de los dioses habidos y por haber. Sumada al no perdón de los dioses estará la mirada ineludible de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. Y así sucesivamente…

Posdata.  Por más abatidos que estemos, no caigamos en el pozo desfondado de la desesperanza. Los biencomidos y bienleídos, ¿tenemos acaso derecho a bajar los brazos? Eso sería en realidad la traición de las traiciones. Damas y caballeros: en el 2018 no arriemos la esperanza, y no perdamos la vergüenza. No caigamos en la obscena indiferencia activa.

*  zbraceli@gmail.com   = =   www.rodolfobraceli.com.ar