Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Parteras, adelanto navideño

Unos días y ya la Navidad. Sinónimo de “nacimiento”. Y ellas ya nos dieron ¡el mejor de los regalos! Regalo para el mundo (que las mira con admiración y asombro) y para los humanos de nuestra patria idolatrada (que suelen mirarlas con malaleche o desde la indiferencia activa).

15/12/2017

Pero ellas ¡siguen pariendo vida! ¡Que las parió!

Y siguen devolviéndole identidad a seres aquí secuestrados desde hace 40 años.

Ellas, las Madres Abuelas de Plaza de Mayo. Tan denostadas y sufridas y marginadas y calumniadas. Tan prodigiosas y ejemplares. Pero no han podido con las “viejas locas”. Precisamente, ¡porque son parteras! Parteras de vida que vienen vadeando la asesinación y la muerte y la desnucación de la condición humana. No, no pudieron con ellas, no pueden con ellas, no podrán con ellas. Son socias del sol.

Estela de Carlotto le anunció al mundo entero que habían recuperado a la Nieta número 126. Esto fue el martes 5 de diciembre del año 2017 después de Cristo. Como quien reitera una amada canción, con felicidad recupero palabras expresadas en esta columna decenas de veces. Así, pariendo, las interminables Madres Abuelas celebran sus 40 años de lucha heroica. Celebran a su manera: pariendo. Porque eso son: parteras de la memoria.

El ser humano que ahora recupera identidad es Adriana, la hija de Violeta Ortolani y Edgardo Garnier, militantes montoneros secuestrados y desaparecidos entre el diciembre de 1976 y el febrero de 1977. Adriana, con las manos entrelazadas a las de dos tías, una materna y otra paterna, reveló que llegó al matrimonio que por años la crió a través de una mujer que tenía contacto con un comisario traficante de bebés. Pagaron para tenerla. Sintetizó: “Pasé de sentir que fui una criatura abandonada a saber que fui deseada, buscada durante todos los días de 40 años.”

Estela de Carlotto, en nombre de estas mujeres porfiadas y tenaces que tienen la buena costumbre de quedarse a vivir, nos dice: “Estamos grandes, vamos quedando poquitas, pero la búsqueda seguirá con nuestros hijos y nietos recuperados. Quedan más de 300 por identificar.”

Hay muchos, demasiados, que se dejan ganar por el desaliento. Estas apariciones que son pariciones deben enarbolarnos la sangre mustia. Solicito lo de tantas veces: que las señoras muy aseñoradas y los señores muy almidonados sepan disculpar; ahora mismo con inocultable alegría vamos a propagar, otra vez, otra “mejor noticia del año”. No es para menos: estos días, en nuestra patria distraída y desmemoriada, a sus 40 años de edad ha nacido otro humano. Y tras 4 (cuatro) décadas de secuestro de identidad.

Y pasó lo de siempre: en general esta “mejor noticia del año” apareció chiquita, arrinconada, ninguneada, dada con obsceno desgano. Pero, por más que la traspapelen en la banalidad y la güevada que nos devora y asfixia, la noticia florece. Es un pan que tenemos que compartir ahora que viene la Navidad.

Una pregunta recurrente: si el ser recuperado hubiese sido un famoso empresario o un apellido de la farándula, y si su secuestro hubiera durado 4 días en vez de 4 décadas, ¿qué repercusión hubiera tenido? En fin.

El caso es que este ser humano se llama Adriana y ahora puede pronunciar sus verdaderos apellidos, porque por fin sabe cómo se llama. Y sabe que fue robaba desde la placenta de una madre después desaparecida.

A los dueños de las vidas y de las muertes la noticia de la Nieta 126 no se les importa un comino y, si les importa, les da en el medio del hígado. Pero, aunque sea jorobante, tenemos que insistir con otra pregunta: ¿por qué la aparición de un Nieto afanado desde la placenta, por décadas, apenas si es mencionada entre las noticias chiquitas del día? La respuesta cae por madura: porque la memoria alumbradora produce cólicos de conciencia. Dicho sea: no nos dejemos confundir por los aparentes “conciliadores”: la memoria no es retroceso, como pregonan; la memoria nos está semillando un futuro diferente.

Por el trabajo incansable de la memoria es que se producen, con cada aparición, estos estallidos de vida. Son partos conseguidos por la ciencia de la paciencia de las Madres Abuelas. Habremos notado que muchas de ellas viven más allá de sus 90 años. ¿Por qué se quedan a vivir tanto tiempo?

Se quedan para buscar, hasta que encuentran. Estas parteras hacen Vida sin arrojar una piedra, ni una bala. Y la seguirán haciendo. Damas y caballeros esta sí que es la genuina “revolución de la alegría”.

Estas madres abuelas, porfiadas, convierten al dolor y a la desesperación en militancia del pulso. Las formidables chifladas resultan siempre incomodantes. Últimamente las quieren aniquilar con difamaciones y zancadillas. Pero no pudieron y no podrán con ellas: las locas parteras encarnan la victoria siempre. Y enseñan.

Voy por un hondo espejo para mirarme y para mirarnos mejor. Y digo una vez más:

–Permiso, Memoria. Permiso, Conciencia: ¿Qué sería de nosotros si ellas, las Madres locas, no existieran?

¿Qué quedaría de nosotros si ellas no hubieran salido a alumbrar la más eterna de las noches? ¿Qué sería de nosotros? ¿Qué?

¿Estaríamos de pie o en cuatro patas? ¿Estaríamos?

Reconozcámoslo: sin ellas alumbrando, esta patria idolatrada hoy sería un definitivo agujero con forma de mapa. Y de tanto tocar y tocar fondo, habríamos desfondado el abismo. Pero ellas nos enseñan a sembrar el abismo.

Y nos enseñan que la paciencia no es resignación.

Y nos enseñan el optimismo de la memoria.

Y nos enseñan que la fastidiosa memoria es el modo más porfiado de la esperanza.

La madre que nos parió. ¡Las madres que nos parieron! Celebremos la parición, la de la Nieta 126. Démonos fuerzas, no caigamos en el desaliento. Eso sería inmoral. Eso sería traicionar a la Vida y al sol. Después del 126 viene ¡el 127!

*  zbraceli@gmail.com   = =   www.rodolfobraceli.com.ar

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