Mendoza,

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Rodolfo Braceli

El hombre que no para de reír

El que traigo ahora es un personajito ficticio (pero no tanto); anduvo merodeando por esta columna hace como cinco años. De arranque advierto que hay cosas que sólo podemos hacer de puertas adentro. Por ejemplo: cosas como silbar, o como reír estando solo y en público.

1/12/2017

Atención: muy peligroso reírse en voz alta en un avión, en la vereda, en un Banco. Voy a compartir un episodio que podría suceder en Nueva York… Imaginemos: ahora estamos en la Quinta Avenida, las 10 de la mañana, pleno fragor urbano. Ahí está él: es un hombrecito con un traje de color incierto, roído por el tiempo. Su cuerpo es escaso para tamaño traje que, se adivina, fue de otro humano hasta que se hartó de usarlo.

En una de las esquinas álgidas de Manhattan el hombrecito, sin desanudar los cordones, ahora se saca zapatos que también fueron de otro. Ya descalzo, del interior del zapato izquierdo extrae una hoja de diario. La despliega, la lee, le empieza a brotar una risotada. La risa muta en sucesiva carcajada.

Enseguida se ve: le faltan casi todos los dientes, al hombrecito; sólo conserva las últimas muelas, las del Juicio. Los transeúntes frenan su andar urgente, se detienen intrigados por esa risa que se realimenta con carcajadas. Pronto hay varias docenas de curiosos mirándolo. En minutos se interrumpe el tránsito de personas y de autos: atascamiento colosal.

Sigue riendo el hombre del traje enorme que fue de otro.

Llegan cronistas movileros de radio y de tevé.

La risa del tipo no cesa; los testigos se tientan, se contagian.

Llegan patrulleros, tres furgones que traen policías y fuerzas especiales y perros y armas “disuasivas”, contundentes.

Un helicóptero gendarme sobrevuela la zona. El hombrecito alza su mirada y lo saluda enarbolando sus zapatos.

Su risa no amaina.

“Diosmío”, dice entrando en pánico una señora muy aseñorada.

“Nunca se vio una cosa así”, suma un señor muy almidonado.

“Debe ser extranjero, que lo metan preso de una vez”, es la frase que gana consenso.

“Pero, ¿por reírse lo van a meter preso?”, protesta a dúo una pareja de estudiantes que faltaron a la Facultad para hacerse el amor a rajacincha.

“Grave alteración del orden público, procedamos ya”, ordena la autoridad competente.

Imposible retirar por la avenida y calles laterales al hombre que ríe. Desde el helicóptero desciende colgado un rescatista, trae un arnés. En el arnés cuelgan al hombre que (sin soltar sus zapatos) sigue riendo a las carcajadas. La multitud lo ve elevarse hasta introducirse en el suspendido helicóptero, que ahora parte.

Abajo los ojos se miran, sin palabras. Alguien retoma la risa y cientos se tientan. El hombre que reía, allá va, agarrándose la panza, ¡sigue a las carcajadas! A los veinte minutos lo descienden en la central de Investigaciones. No suelta sus zapatos ni su risa. El comisario, dos médicos, cuatro enfermeros, un juez lo examinan. Uno de los médicos se tienta. Todos notan lo mismo: que la ropa del hombre es regalada; que su piel, amarronada de intemperie, tiene la barba oscurecida de varios días. No hay anillos en sus manos, ni reloj en su muñeca. No tiene pañuelo para sonarse las narices. Anda por la vida a la buena de Dios, en los días pares. Y a la buena del Diablo, en los impares. En el despacho forense el hombrecito emite una risa ahora arrancada; su garganta está exhausta. Permanece quieto, no parece temeroso por nada.

Ahora lo desnudan con cuidado. Algo debe de esconder este hombre en alguna hendija de su cuerpo. Revisan los bolsillos de su pantalón; encuentran tres cigarrillos a medio fumar, un trozo de pan empezado y dos aceitunas. En los bolsillos internos del saco no hay billetera, ni documentos. Sólo la hoja del diario doblado en ocho.

El comisario la despliega y lee la gran noticia de estos días: que los súper bancos de Estados Unidos y de Europa quebraron, ¡hay corralito mundial!; estalló la burbuja inventada para salvar a la burbuja financiera; conmoción global; colapso terminal de la Bolsa; suicidios de políticos y magnates; estamos ante la crisis más grave del sistema desde Adán y Eva; Apocalipsis sin retorno. Pánico ecuménico.

El juez interrogador le devuelve la página del diario al hombrecito que ríe, y le va a preguntar por qué guarda justamente esa página. Pero no alcanza a avanzar más allá del “justamente”.

El hombrecito señala el gran titular y se agudizan sus carcajadas. Se dobla de la risa; joder, cómo se ríe… En el medio de su risa suelta unas palabras… “yo estoy a salvo… yo sí… yo sí…”  El hombre que ríe, se ríe porque la “burbuja bancaria” estalló mundialmente y el apocalipsis financiero, a él, no podrá ni rozarlo.

Después, más calmo, lo explicará así: “Yo no tengo propiedades ni autos ni velero ni quintas ni campos ni avioneta… Yo no tengo ahorros ni plazos fijo ni bonos ni cajas de seguridad ni dólares ni euros ni oro en los paraísos fiscales… No tengo dineros debajo del colchón; ni colchón tengo.

En otras palabras que, por su abundancia de carencias, es un hombre libre. Y ahora se está riendo de todos: de los precavidos, de los usureros. Y, por su puesto, se ríe de los buitres, los malparidos.

El juez decide prisión preventiva. El hombre que ríe demasiado pliega en ocho la portada del diario, y otra vez ¡sus carcajadas! Ahora, esposado, lo suben a un patrullero. Piensa: “Esto es perfecto, qué más quiero… por un buen tiempo no deberé buscar en las bolsas de residuos: tendré cama techo y comida asegurados. Viva la Pepa. Y viva el Pepe. ¡A la mierda con la Burbuja Financiera! Pero debo ser agradecido: gracias…jua… ¡buen día apocalipsis!... jua jua!!!”

*  zbraceli@gmail.com   = =   www.rodolfobraceli.com.ar

 

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