Mendoza,

de
de

 

Rodolfo Braceli

Alcón, y Cristo otra vez aquí

Alcón: ¿sinónimo de? Actor / ética / coherencia. Lo celebro: por estos días Planeta ha lanzado el libro “Alfredo Alcón. Biografía en primera persona”. El autor es Jorge Vitti, su amigo más entrañable; compartió los últimos treinta años del actor.

24/11/2017

Me pasa como con las canciones que me gustan: cada tanto vuelvo a escucharlas. Siento imprescindible traer otra vez a Alcón a esta columna, en tiempos en los que reptan tantos monicacos y camaleones. Retomo una pregunta que ya hice. Supongamos que en este 2017, en pleno canibalismo neoliberal, aparece un Cristo. ¿Qué pasaría, qué harían los prolijos con ese Jesús? Dejo el interrogante en remojo.

Estimulado por el libro de Vitti, me asomaré al Alcón que yo conocí. Le hice varios reportajes: el primero en 1963, en Mendoza, para Los Andes; los otros para Gente y para Siete Días. Con Alcón tuve, además, el honor de que le diera voz y respiración a siete monólogos de mi biografía sobre Julio Bocca. Antes de aquella presentación lo noté nervioso, como ante un estreno teatral. Así de hondo era su compromiso.

Voy por mi entrevista de 1981. Alcón tenía 51años, salía de una operación tremenda; estaba delgadísimo, tenue. Me dijo: “Estar enfermo de vez en cuando es muy sano.” ¿Por qué? “Porque cuando uno está grave necesita confiar en los demás. Lo mismo debiera ser cuando uno está sano, porque un sano que no confía está enfermo.”

Desando las grabaciones. Rescato líneas significativas:

–“No sabemos vivir apasionadamente. De las cosas más hermosas sólo se hacen afiches.”

–“¿Quién era Cristo? Un loco, con destino. A Cristo todo el mundo lo nombra, lo pone como adorno sobre las paredes, pero ignorando su apasionada locura.”

–“Estamos en un mundo sin locura. La locura que hay es la mala locura, la asesina (...) Pero no tengo derecho a caer en el pecado de la desesperanza. Vemos oscuro el futuro porque vemos con ojos de poco tiempo.”

–“Hay deleitación en hablar de lo malo. Lo otro no es noticia. Si esta noche naciera un Cristo igual a Cristo, ¿quién se enteraría? ¡Nadie! Porque lo esencial de Cristo no es noticia.”

–“Somos un fraude, un fiasco permanente. Le tenemos un gran miedo a la pasión, a la aventura verdadera. Disfrazamos el aburrimiento buscando en otras vidas lo que nuestra propia vida no tiene por falta de coraje. El aburrido es hipócrita, es envidioso, juzga con mala leche.”

Me detuve en el tema de la muerte, y me dijo:

–Hay muchas clases de muerte... Está la mansa, de los ancianos. Y la de quienes no hicieron lo que querían ni lo que debían. Está la muerte de los desaparecidos. Siento que la muerte nos ayuda a vivir. Sólo por la certeza de la muerte podemos paladear el milagro de estar vivos.

Al Alcón de los 65 años, le pregunté sobre su persistente niñez:

–Siempre soy chico, no añoro la niñez. Nunca dejé de jugar. El teatro es un juego hondo. Me permite seguir jugando con los fantasmas del chico. Soy un chico... a veces tengo 5 años, a veces 10.

–¿Cómo era Alfredo a esa edad?

–Fui de dos maneras, pero algo me cambió. Mi padre murió a los 33. Lo tuve poco. Era muy alto y delgado. Para castigarme me ponía de cara a la pared. Yo era muy extravertido y hasta agresivo. Pero con su muerte esa forma de ser mía cambió. Fuimos a vivir a la casa de mis abuelos maternos. Allí tenía afecto, pero sentía que ésa no era mi casa. Me volví un niño de juegos solitarios, me disfrazaba para mí con sábanas. Una manera de escapar.

–¿Podés recuperar momentos muy intensos?

–Elijo dos: yo tendría 4 años. Uno fue con mi madre, el otro con mi padre. Ella tenía una estampita, con una vela siempre encendida. Un día sentí la necesidad de que pasara algo extraño. A la estampita la rompí en pedacitos, fui al patio donde mi madre estaba tejiendo y le tiré los papelitos. A los papelitos se los llevó el viento. Pero no ocurrió nada, nada.

–¿Y con tu padre qué pasó?

–Fue en una noche de verano. La luna estaba cerca, tocable. Le pedí: “Papá, bajame la luna”. Él no se amilanó: trajo una escalera, se subió, y una vez arriba alzó sus manos, tratando de alcanzarla y después bajó, pero sin la luna. Sentí una gran frustración, como con los papelitos.

–A los 51 años te sacaron un tumor tan grande como una manzana. ¿Cómo viviste eso?

–Lo viví sin literatura, como una cosa animal. A ratos rezaba… Rezar puede ser algo muy irracional. Rezo antes de subir al escenario.

–¿Tenés idea de lo que pasa después de la vida?

–No puedo imaginar nada... Para después de este tránsito por la Tierra quisiera no estar más aislado por el límite que nos impone el cuerpo. Quisiera ser un alma, pero un alma que se caliente y se apasione, desatada de los límites. Quisiera ser uno, pero en un gran todo. Eso en la Tierra sólo lo atisbamos cuando participamos de una gran ideología, o asistidos por el amor.

Posdata.   No voy a irme del lúcido Alcón, sin afrontar la pregunta que dejé en remojo: si en este 2017 aparece un Cristo, en pleno canibalismo neoliberal: ¿qué harían los prolijos con ese Jesús? ¿Llegarían a matarlo con clavos o con picana? ¿O ni eso haría falta porque se lo aniquilaría con la eficaz impunidad de la indiferencia?

Sigo con los interrogantes: si nos toca el timbre ese Jesús, ¿le abriríamos la puerta o, con la urgente paranoia cotidiana, llamaríamos a un patrullero? Ese, ese mismo Jesús, ¿conseguiría trabajo o sería aquí un vulgar desempleado que huele mal?

 (Seguramente muchos, demasiados, dirían: “Ojo con el flaco ese. Ojo, en algo andará el barbudo...”) 

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

Te puede interesar

te puede interesar también...
Visitá la sección Rodolfo Braceli